Rattenkönig

Cada noche escuchaba los ruidos en las paredes, en el techo, pero nunca pude ver a las ratas. De alguna forma existían y no, eran el ruido pero no la forma, desligados uno del otro. Puse veneno en los rincones, pero no picaron.

Empezaban con su orquestra a la madrugada y no cesaban durante toda la velada, por lo que era imposible dormirse completamente. Parecía que un trámite extenso de algún tipo ocurría tras el empapelado, aun así no me quejaba. Con las primeras luces del alba, la ópera terminaba su último acto y yo me hundía en el colchón, completamente solo. La luz caliente subía perezosa por las sábanas hasta mi rostro. Empecé a relacionar el sol con el silencio absoluto y esto con las no-ratas, la falta de ratas con mañanas funestas y terminé detestándolo todo.

Cuando ya decidía que sería imposible reconciliar el sueño me sentaba a escribir, pero nada salía de mis dedos. Podía culpar al papel, a la pluma, y seguiría siendo lo mismo. Entre todos los borradores desprolijos podía contar con más de veinte pequeños fragmentos sobre las ratas y otros cuatro eran odas del odio al sol.

Hacia la tarde, tras limpiar los suelos, los estantes y lo que sea que estuviese sucio, el calor me hacía entrar en un sopor aborrecible. Entonces palpaba las paredes, esperando despertarlas y buscaba una puertita a ese universo. Cualquier agujero o quiebre entre las vetas de la madera y el papel, pero no encontraba nada. Por un lado me hacía entender que las ratas no se interesaban por el interior de la casa, por el otro me hacía pensar que estaban allí desde que se construyó el viejo establecimiento.

Lo cual también se me hacía imposible.

Llamé al control de plagas, varias veces, pero ninguna de las pruebas profesionales, ni los cebos, demostraron la existencia de las ratas. Hablé con los anteriores dueños, pero también parecían desconocerlo. Al parecer era yo el único privilegiado, el único espectador de la obra. Me daba la sensación de que así como me había obsesionado con ellas, ellas se habían obsesionado conmigo.

Golpeé el techo. Escuché el sonido de los ecos de mi golpe y ningún tipo de música. El espacio entre el techo y las tejas no era el suficiente para que una persona adulta se parase, por lo que tendría que acomodarme de rodillas o encorvarme demasiado sobre mí mismo. De una forma incómoda levanté el hacha afilada, asegurando mis pies sobre la silla y di el primer golpe.

 

El rey rata hundió sus ojillos filosos y pensó, como una voz unánime, ‘aquí está la última pieza de la orquestra’. Baila para mí, ordenó, y tenía miles de patitas diminutas. En el rincón que se me había asignado, obedecí, bailé.

Las ratas subían por las paredes entre la oscuridad, la orquestra recién acababa de comenzar, era un banquete. El rey rata engordaba, se multiplicaba, se enredaba, crecía. Arrastraba también consigo a los anteriores reyes, muertos. Hacía mucho que estaban muertos, desde hacía mucho tiempo que el rey dirigía la orquestra. Incluso antes que la casa misma.

Era una forma monstruosa en la penumbra y podía escucharlo dentro de mi cabeza.

Baila para mí, sigue bailando. Eran uno, dos, tres, diez, quince, cincuenta. No, aún más. El rey rata era interminable y me insistía: No dejes de bailar para mí, sigue danzando y danzando para toda la eternidad.

01 - RattenKönig

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