Repetición

Él empezaba a verla en todos lados. Lo frustraba, porque ella había prometido volver a llamarlo. Y esto había sido hace una semana, cuando se despidieron en la puerta, y desde ese entonces el celular, en su funda roja, aguardaba sobre la mesa cada noche. Silencioso.

Tenía que admitir que tal vez no la conocía tan bien. Es un pequeño detalle que él escondía al momento de extrañarla, sentía que no hacía falta conocerla o dejar de conocerla para desearla. Se aferraba a un par de rasgos que estaban marcados en su memoria, su risa estridente (le recordaba a algo así como una ardilla), la nariz redonda, un tatuaje secreto, el color de las uñas pintadas. La imagen de ella despidiéndose en el marco de la puerta esa noche helada de narices rosadas.

Empezaba a repetirse en cada mujer que cruzaba por la calle. Empezaba a verla en todos lados.

El pelo. Todas las que eran ella lucían el mismo corte, los mismos mechones detrás de la oreja, el mismo color, castaño, cobrizo, anaranjado (aunque ella, la verdadera, llevaba el pelo aún más castaño, más cobrizo, más anaranjado), y la calle parecía un mar de cabecitas rojas. Desde lejos, la ciudad parecía solo una caja de fósforos rojos, destinada a arder en altas llamas anaranjadas.

Él quería empezar el incendio. Con ella siempre había sido así, tenía la pólvora y el aportaba la llama que le quemaba adentro y ese fuego era hermoso porque calentaba en invierno.

En ese mar de cabecitas rojas y bufandas heladas, él podía reconocerla con facilidad. Estaba en cada cara, en cada edad, en las manos cuando se entrelazaban con manos que no eran las de él y en labios cuando besaban otros aparte de los suyos. La observaba durante largos momentos, más que seguro que no estaba equivocado y cuando la mirada se cruzaba se volvía cómplice. Los ojos eran castaños, como un nogal, y se clavaban directamente en los suyos.

Con esa mirada nadie habría dudado que ella fuera un fósforo a punto de hacer arder.

Tuvo que ceder ante la súplica de un compañero, que le insistió una visita al psicólogo. Pero cuando ella abrió la puerta, solo lo invitó a pasar y lo atendió amablemente, pero con indiferencia. Le preguntó cómo había estado su día, con los ojos nogal en el cuaderno de notas, bajando los lentes ajenos por el puente de la nariz y cruzó las piernas como siempre solía hacerlo. Le reconoció la pulsera en una de las muñecas, él se la había regalado.

Respiró profundo antes de inventarse un tema de conversación normal, y cuando la sesión finalmente llegó a su fin, le estrechó la mano, salió por la puerta y jamás volvió.

Se parecían bastante, incluso entre sí, especialmente cuando caminaban juntas. Los maniquíes vestían su ropa y ellas se aferraban a las prendas que había utilizado la tarde que se había despedido y se acordó de su rostro, la nariz rosada debido al frio, su cuerpo en la esquina.

Ahora la veía en cada cruce de calle, fingiendo esperar un taxi, un autobús o simplemente el semáforo. Al principio él no dudaba de que lo esperaban, pero cuando pasaba silenciosamente a su lado, no se animaba a quebrar el silencio. Podía esperar a que ella empezara la conversación, pero entonces el taxi llegaba, frenaba el colectivo o simplemente la luz verde se volvía roja.

Una luz roja. En un río de cabecitas rojas, siempre moviéndose, alejándose de él.

Los fines de semana, decidía no salir ya de casa y se limitaba a espiarla por la ventana. Podía ver cuando cruzaba la vereda y no se detenía en su puerta, y cuando tocaba su puerta pero no se detenía en él. Podía verla caminar, con ese andar que le era tan característico, la veía correr mientras bajaba la calle. Cerraba las cortinas, frustrado.

Dio vuelta todo lo que tenía en la casa, buscando una foto de los dos que probase su existencia, pero no la encontró. Y entonces abría los periódicos, temiendo encontrar una noticia sobre ella, pero nadie había escuchado sobre su desaparición, ahora repentina. Siquiera su familia o sus amigos parecían preocupados, ni la buscaban entre la gente.

Nadie parecía interesarle una chica que se multiplicara, en cientos de semáforos y cerillas rojas.

 

Era pasada la medianoche cuando tocaron a la puerta con los nudillos helados y una canción en la garganta. La casa estaba a oscuras, pero el insistente golpeteo lo arrancó de su cama. De todas formas sufría de insomnio. Cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre la madera.

-Soy yo. ¿Me abrís?-

La escuchó frotarse las manos en los guantes. Escuchó el sonido de las campanillas en su pulsera. Destrabó las cerraduras en completa oscuridad y la luz de la luna que invadió el portal no era realmente una ayuda. Ella rió, recordó entonces que reía como las campanillas, y lo abrazó y sintió la nariz fría, el aroma dulce.

Prendió la luz. Su cabello era negro.

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