Impaciente

Ya no se mordía más las uñas cuando esperaba.

En algún momento de su vida se había empezado a morder las cutículas y pronto cada objeto a su alrededor exponía una mordida de cualquier tipo de morfología. Ahora se le había picado la mala costumbre de morderse los dedos de la mano izquierda.

No se comía la carne, no de una forma grotesca y sangrienta. Esperaba pacientemente, al lado de la puerta, del teléfono, saboreando lentamente con los molares posteriores los músculos suaves y allí donde el hueso hacía la articulación dura. Le resultaba una sensación gomosa. No tenía cicatrices visibles a primera vista, pero si se lo miraba detenidamente la superficie de la piel se veía como estaba costeada por múltiples montañitas irregulares.

Con la mano derecha destruía lo que estuviese cerca. Se había regalado un bolígrafo, el cual la entretuvo durante varias semanas, rayando círculo tras círculo en los cuadernos. Siempre tenía un papel a mano, para cuando viniera, porque sabía que tendría una o dos cosas para anotar.
No siempre era un cuaderno. A veces era una boleta vieja, ya pagada, pero que encontraba su fin rápidamente bajo el poder destructor de esa mano. Más tarde esa semana, decidiría que la vida efímera de los papeles era contraproducente, y entonces acomodaría pilas de cartones cortados prolijamente. Los cartones entretenían tanto a la mano derecha, debido a su longevidad, que pensó que jamás se aburriría de ellos.

A veces se cansaba de esperar.

Era su principal trabajo, esperar hora tras hora, pero cada tanto decidía tomarse unos minutos de descanso en los que recorría los tachos de basura y las veredas en busca de cajas vacías de electrodomésticos. Adentro de ellas podía aguardarle un tesoro aún mayor: las burbujas de plástico que la esperaban intactas.

Así le daría a sus manos un descanso que duraría una hora o dos.

Y entonces se observaba en el espejo y se daba un ataque de pánico. Las mechas rojizas, secas y duras, las uñas inexistentes y las manos destruidas, la piel de los muslos acosada, las pecas rascadas, los labios mordidos. Cuando llegara, ¿qué iba a pensar de ella estando así, un bosquejo de lo que alguna vez había sido?, intentaba arreglarse un poco, pero no tenía demasiado éxito. Como una solución a corto plazo serviría, parecería menos ella, parecería como si jamás hubiese esperado.

Pero la fachada duraba  tan sólo unos pocos minutos y pronto volvía a masticar lentamente la suave carne de los dedos, detestando el sabor del esmalte rojo, manchándose con el labial.
Y pensaría, ¿para qué, de todas formas?, no viene. No viene. No es bueno tener pensamientos negativos, así que aún espera.

Pero no viene.

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