Tengo hambre

Tengo hambre.

El hambre me gruñe, como un perro rabioso, cuando me acuesto, cuando me levanto. Me gruñe antes del amanecer y me obliga a despertarme, doblado sobre mi estómago, pensando en manjares y en desayunos interminables.

No entiendo como tengo tanta hambre adentro.

Una vez cada mes, y me arrastro hasta la cocina, en penumbras, y alumbrándome tan solo con el viejo foquito de la heladera. Me doy cuenta de que ya ha empezado, de nuevo, cuando devoro los restos de la cena fría. Con el plato ya vacío, mastico los huesos del animal cuando estos ya no tienen carne, en busca de un poco de consuelo. Finalmente me canso del duro sabor y decido que ya está avanzada la mañana para desayunar la mermelada, sobre la tostada, sobre el pan fresco, el viejo, las galletas y saborear las migas perdidas.

Mis compañeros de trabajo me dirigen una mirada curiosa antes de saludarme, así que les sonrío con todos mis nuevos colmillos. Estrecho manos, saludo a la secretaria, les tranquilizo, “No se preocupen. Esto mañana se va”. Y antes de escabullirme, robo algunas galletas de un escritorio distraído.

Me como una golosina para aguantar la media mañana, pero no me es suficiente y termino mordiendo el envoltorio con un dejo de voracidad. Estoy frustrado. Tengo hambre, miro el reloj, clavo los ojos en la pantalla de la computadora, tengo hambre, afuera hace frío, está nevando, está nevando hambre.

Me hago un café, un capuchino, un té lavado y una leche chocolatada con leche en polvo que alguien ha olvidado detrás del mueble. Tomo tres vasos de agua. Se hacen las doce, apuro a la puerta.

En el mostrador me pido una hamburguesa. Si se puede, cuádruple, con triple de queso. El cocinero me mira extrañado, y empieza a freír las papas. Descubro un chicle en mis bolsillos, lo uso para entretenerme mientras espero la comida y marco el ritmo frenético con mis pies. Piso, piso, piso, piso, mi apetito va creciendo. Me olvidé de decirle que le ponga aún más tomate.

La comida llega, la devoro. Es poca, para mi nivel de voracidad. Sentía que estaba comiendo no por dos, sino por tres, por muchos. Saboreo la sal en las yemas de mis dedos y pido cuatro helados. Con chocolate, salvo el último, que debería tener caramelo. El cocinero me sigue mirando, extrañado, incluso después de pagar.

Vuelvo al trabajo con tranquilidad pasajera, mis colegas me esquivan en los pasillos y termino tomando el ascensor vacío. Una vez en el escritorio distraigo la cabeza en los archivos. Cada uno de ellos luce como deliciosas galletas virtuales,  me vuelven las ganas de lamer la pantalla. Escribo ‘Tengo hambre’ dentro de las estadísticas y la barra del gráfico se sale de la representación. Maldición, el apetito volvía a crecer. Lo aguanto.

Me como la piel alrededor de las uñas, me muerdo los labios descascarados, el interior de los cachetes, me relamo las encías, respiro hondo. Golpeo rítmicamente la mesa con las uñas, escribo otro párrafo del informe, clavo los dientes en el borde de la camisa. Han pasado dos horas y media, un record para ese día.

Me doblo, me caigo al suelo, el estómago ruge furioso. Pienso en algo rápido y recuerdo un paquete de galletitas olvidado en el fondo de uno de los cajones del escritorio. Las devoro de a dos en dos y son las suficientes para volver moverme, pero no para saciarme. Pido una pizza por teléfono discretamente, robo tres manzanas de la cocina y sigo trabajando. Más tarde me haría otro café. Descafeinado incluso.

Me como un paquete de papas fritas, seguido de otro más de galletitas saladas y me compro un sanguche de camino a casa. Paso por el supermercado y enseguida lleno mi carrito. Recuerdo los números de la tarjeta, es fin de mes, vacío un poco mi carrito. No sabía si cenar un paquete entero de fideos o tres platos de polenta. Con salsa y con albóndigas. Incluso brócoli. Compre brócoli. Para mi hambre no es suficiente.

El guardia de seguridad me felicita, cree que tanta comida es para donaciones y no sé con qué vergüenza decirle que es solo la polifagia de una vez al mes. Tenía que esperar a media noche y se iría. Una vez afuera escondo la piel del frio exterior y camino a casa dando zancadas.

Las campanadas mecánicas del reloj virtual dan las doce, por lo que apago el televisor y dejo el tenedor, limpio, brillante, sobre el plato vacío. De golpe me sentía mejor, me sentía realmente bien. Me acomodo, me arremango, incluso practico un poco de elongación. Luego me estiro, de un golpe. ¡Pac!, sentí a todos mis huesos separarse. Me estiro, para los costados, una vez más ¡pac!, aún no era suficiente. Aferró un brazo al marco de la puerta y doy un último golpe. ¡Pac!.

Nos levantamos del suelo. Siempre que nos separábamos nos caíamos, de alguna forma, para terminar con moretones en los brazos y en la espalda. Le estrecho la mano a mi otro yo, que recién nacido se marcha. Se pone mi abrigo, mi bufanda, y me dice que le mande saludos a mamá cuando la vea. Lo despido en la noche, nunca sé a dónde van.

Mañana empiezo la dieta.

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