Lluvia

Algo se le cruzó por el rabillo del ojo y él apretó el freno, aún con el auto detenido. La calle estaba vacía, con la excepción de otros vehículos casi tan aburridos como él. El semáforo estaba ahora en verde y la lluvia no hacía más que empeorar.

Era de naturaleza nerviosa. Por lo que manejar en el medio de una tormenta ponía más que histérico, la vista se volvía borrosa y la garganta se le secaba. El corazón parecía latirle al punto de una arritmia siempre que temía no frenar a tiempo. Llevaba las luces encendidas y apretaba el volante manejando despacio. El chaparrón decidió jugarle una mala pasada y el parabrisas se empapó súbitamente bajo la nueva fuerza del agua.

Volvió a captarlo a través de un reflejo. Un peatón, vestido como una mancha blanca, vestido como un fantasma, paseó delante de los autos. Alguien tocó una bocina, pero él parecía simplemente tranquilo en la lluvia, paseando distraídamente. La imagen se le reflejó como una niebla sobre la pupila y el hombre intentó contener las náuseas.

La lluvia se volvió aún más pesada y más densa, cuando parecía que era imposible que se volviera aún más pesada y más densa. Su cabeza dejo de pensar en fantasmas para calcular cuánto le faltaba para llegar a casa. Decidió acelerar un poco más, inquieto.

Respiró con dificultad y cuando pudo volver a recordar que estaba manejando, el joven estaba ya en su parabrisas. El golpe fue sordo, apenas más audible que las gotas enormes de agua, el cuerpo hundiéndose en el sólido cristal, haciendo que este formara un arañazo. El pánico le trepo rápido, sin dejarlo reaccionar. Llevado por una fuerza que le era ajena, la víctima se levantó lentamente del suelo, casi adolorido, continuó su marcha calle abajo.

Lentamente el muchacho recobró una parte de su tranquilidad, la suficiente para volver a dar marcha al motor. Los limpiaparabrisas se forzaban ante la intemperie, empezaban a quejarse sonoramente, hasta que dos cuadras más adelante dieron su último respiro y cayeron vencidos. El conductor acerco la cara al vidrio y el vapor que se condensó alrededor de su vista le hizo ver más figuras fantasmales.

La segunda, una mujer, golpeó el frente y se detuvo unos momentos, aturdida por la lesión provocada por el paragolpes. Fue seguida por un niño que rodeo al vehículo en un movimiento violento, apoyando sus manos en los vidrios y sin dejar huella. A los pocos metros volvió a suceder.

Pese a que andaba cada vez más despacio debido a la tormenta, las personas parecían ignorarlo. Cruzaban sobre su auto con paso apurado, indiferentes a su existencia. Entre el vapor dentro del vehículo y la niebla afuera, el hombre pudo ver como una marcha de fantasmas y personas desesperadas inundaba la calle.

Resolvió ignorarlos también y siguió andando. La lluvia era una pared gris, y tan sólida como una pared también, inundando cada espacio vacío y frenando su marcha. Cuando observó por la ventanilla le pareció que los peces eran fantasmas también y que saltaban del arroyo para rodearlo con mirada curiosa. La lluvia era tan densa y todo a su alrededor empezaba a desbordarse que no había diferencia para ellos en nadar en el aire. La multitud se volvió aún más desesperada y la lluvia insistió en caer aún más fuerte y él sintió su ropa mojarse. Empezaba a chispear adentro de su auto.

Finalmente la calle desembocó en una avenida y en el cruce parecía correr un pequeño río. Ahora el paisaje no solo estaba lleno de lluvia y poblado de personas, sino que además era un cementerio de autos vacíos, abandonados con las puertas abiertas y sin orden sobre el asfalto. La multitud, la mayoría niños, golpeaban su auto abalanzándose. Le daban la sensación que estaban huyendo. Decidió intentar cruzar el río, pero la trompa de su vehículo se hundió, se dejó arrastrar y su motor finalmente se ahogó en una última bocanada. El agua trepo hasta sus tobillos.

Se lanzó afuera. La corriente se resistió a que él abriera la puerta antes de que el agua lo abrazara. La tormenta era tan densa que ya no había espacio para respirar. Intento guardar su aliento, el agua se le colaba ya por el cuerpo. No sabía si era incapaz de ver debido a los nervios o a al océano.

Entonces lo sintió, la desesperación del agua misma. Y se echó a correr.

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