El Señor Fuego

Nota de la Autora: El cuento es, tal vez, demasiado largo para un solo post. Por eso mismo, lo divido en dos partes.

Primera parte

Las llamas naranjas parecían lenguas, crecían, violentamente, llegaban a lamer el techo, pintándolo de negro. La habitación parecía diminuta frente al cuerpo del fuego que crecía, que pronto devoraría la cama de sábanas azules, el empapelado blanco y celeste. Los peluches observaban la situación como una audiencia de la muerte, el fuego se estiraba sobre los pies diminutos del niño, y pronto pesaban sobre sus piernas.

El niño estaba inmóvil, paralizado por el calor, ahogado por el humo, y la figura negra que se paraba a los pies de la cama parecía estar complacida. En silencio le clavaban los ojos profundos, donde el fuego se reflejaba como dos pequeños soles. Aún no le quemaba, pero ya empezaba a sentir el calor sobre la piel, y la fuerza hambrienta que empezaba a subir sobre el pecho. Cuando estas lenguas naranjas empezaron a lamer su cara, la sombra negra se movió.

Atravesó el fuego y apoyó los blancos, helados dedos, sobre el pecho del niño, apretando. Acercó su rostro y lo observó con esas cuencas que parecían vacías.

Todavía sentía el sonido crepitante cuando despertó.

Cuando abrió los ojos no vio más que la oscuridad. El cuerpo le ardía, como si adentro de su pecho se hubiese escondido el incendio y pronto se dio cuenta de cómo la piel le quemaba al contacto con las sábanas. Estiró la manito torpe hasta dar con la tela peluda y cálida del Señor Conejo. Aferró al peluche y lo abrazó contra su pecho, y peleó por tomar una bocanada de aire.

-¡Mamá!- Gritó con fuerza. En el silencio de la noche, el grito aterrador resonó en las paredes, entre los cuadros.

-¡Mamá!-

La mujer se atropelló hacia la habitación del niño, con el temor en los ojos. Sin decir nada se acercó y levantó su cuerpo en la penumbra. El colchón mojaba de transpiración, su bebé ardía de fiebre y se empapaba de un sudor caliente. El padre llegó más tarde y prendió la luz de la habitación. Las paredes empapeladas blancas y azules, esta vez sin el fulgor naranja, mostraban el motivo de los autitos de juguete. Los peluches sobre el sillón infantil y el armario observaban con los mismos ojos vacíos.

-¿Qué sucede?- Su tono de voz denotaba cansancio, y los observó con el ceño fruncido. No era un hombre viejo, pero su rostro estaba surcado de arrugas de frustración y enfado. Eran las cuatro de la mañana, en unas horas tendría que ir a trabajar, pensó mientras observaba apático la situación. Pero el niño insistía en llamarlos cada noche.

-¡Está hirviendo en fiebre!- Replicó ella, alarmada, mientras le secaba la frente con el borde de la sabana –La fiebre no baja, hace días que no baja. Tenemos que ir al hospital-

Candie estaba al borde del llanto. Su cuerpo delgado largo y frágil temblaba mientras abrazaba al niño. Los brazos lucían casi esqueléticos mientras lo rodeaba en un abrazo cálido de fiebre y mojado de lágrimas. Y Kennth le dirigió una mirada de hartazgo.

Entonces empezó de nuevo la discusión, que no era realmente nada, que la devolverían de vuelta a la casa con un par de aspirinas, que solo era una laringitis, que había que esperar, pero que no, que él nunca estaba, que él nunca se preocupaba por la familia. Que no sabía nada de lo que estaba pasando. Que se calle, que él tendría que trabajar en unas horas, que si se preocupaba, si no, no trabajaría. Continúo en el pasillo, en el auto, en la puerta del hospital.

 

Desde hacía un par de días que el sol brillaba fuerte, los rayos calientes atravesaban la atmósfera doblando la perspectiva. Pero dentro de la casa reinaba el silencio absoluto y las penumbras. Los personajes en las fotos familiares, los armarios llenos de recuerdos con ojos vacíos, todo estaba rodeado de una oscuridad que peleaba contra el calor. Edan había cumplido seis añitos y medio hacía ya unos días. Había empezado el primer año de escuela, con mucho orgullo para Candie que le había sacado una foto y la había mandado a enmarcar.

Pero hacía más de una semana que no iba a la escuela ni salía de casa. Sentía, incluso, que sus amiguitos ya se habían olvidado de él. La fiebre, que bajaba durante el día y subía por la noche era la culpable directa. Él tomó los crayones de colores con una mano y los deslizó sobre la hoja de papel.

En su falda se sentaba el Señor Conejo. Era su peluche favorito, su abuela lo había cocido para él cuando este era apenas un bebé. Había usado una tela suave, castaña y naranja, y dos botoncitos para los ojos negros. Edan lo había llevado consigo todos los días al jardín, pero cuando los años de salitas de colores terminaron no pasó mucho tiempo hasta que la profesora escribió a casa, informando que el niño no podría llevar al muñeco a la escuela. Eso era, sin excepciones.

Claro que al niño le costó mucho esto, lo mantuvo silencioso y solitario los primeros meses. Frunció un poco el ceño en la carita redondeada mientras se concentraba. Dibujó la figura, la máscara blanca, los ojos profundos y negros. Le hizo las orejas y luego intentó dibujar el fuego, como siempre lo hacía, pero fallaba. Las llamas naranjas no lograban quemar como lo hacían las llamas de verdad.

-¿Dibujando al Señor Conejo?- Le preguntó ella, sentándose en el suelo a su lado. Él asintió, pese a que sabía que no era el Señor Conejo -¿Y qué son esos?-

Señaló, claro, a las llamas anaranjadas. Él se sintió un poco decepcionado.

Había un silencio tenso en la mesa durante la cena. La televisión estaba encendida, como siempre, y el padre, con un dejo de cansancio, pasaba de canal en canal. Se detuvo en la hora de las noticias, bostezó. Kennth sentía que sus días se hacían más y más largos desde el resfriado. Al menos el hombre, en su completa y sabia ignorancia suponía que era un resfriado. Observó a su hijo, quién apoyaba la cabeza sobre la mesa. Ya había tomado los medicamentos, y el sueño empezaba a hacerse pesado. Ella lo levantó y lo tomó en brazos.

-Espero que duermas esta noche. No me pienso levantar más- Le espetó con un tono de voz que no sabía si tenía algo de empatía o era pura frustración. Candie le devolvió una mirada furiosa y aún con el niño en brazos, discutieron a murmullos.

Él nunca le había levantado la mano a su esposa, y ella tenía la leve sensación de que no lo haría, pero siempre terminaba decidiendo por no empujarlo a esa situación. A veces hay que ceder, se podría decir, mientras él hablaba con una voz cargada de enfado y violencia. Finalmente se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras ella.

Segunda Parte

Anuncios

Un comentario en “El Señor Fuego

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s