El Señor Fuego

Primera parte del cuento

Segunda Parte

Sentía al Señor Conejo en la mano, sentía la calidez de la piel de algodón, pero no sentía la tranquilidad que se le había prometido. Sintió la pesadez en el pecho, la sombra se deslizó sin hacer ruido alguno. Luego empezarían las llamas pequeñas. Luego la presión de las manos, de largos dedos, de la sombra, sobre el pecho, buscando el cuello.

Pero ahora las llamas crecían y la figura actuaba dubitativa en el borde de la cama. El niño no se podía mover y sintió las gotas de transpiración de su cuerpo, que sabía, de alguna forma, que traspasaba la dimensión del sueño y de la realidad. El personaje le tendió su mano.

Tenía unos guantes blancos. Esperó pacientemente hasta que el niño, a punto de envolverse en llamas, recuperó la movilidad parcial de su cuerpo. Él se aferró a los dedos con la mayor fuerza que podía tener. Ambas manos unidas en el abrazo se comparaban, eso tenía una garra enorme y los dedos largos y flacos como alambres, Edan tenía una palma redondita y dedos diminutos. Se desprendió de las sábanas con un movimiento torpe y camino. La casa estaba a oscuras, sentía el piso fresco bajo los dedos descalzos y la respiración leve de la protectora sombra.

La habitación a sus espaldas desaparecía envuelta en el color naranja, en un festín violento.

Pero había fuego que restaba y que le quemaba por dentro. Los pasos se hicieron más cortos y se detuvieron cuando llegaron a la sala principal. El niño sentía las náuseas subiendo por su espalda y su cabeza latiendo, sentía el frío y el calor, súbitamente. La sombra le soltó la mano y se separó unos pasos.

Luego se inmoló. El fuego lamió la ropa negra y consumió su cuello. La máscara crepitó a medida que el fuego se colaba debajo de ella, de las pupilas negras. Trepó y prendió al techo, a las lámparas, mientras que a los pies devoraba la alfombra roja y azul. Cuando todo a su alrededor era un todo rojo, la sombra no pudo más y cayó de rodillas. Todo lo que tocaba se volvían cenizas y Edan podía sentir el mismo dolor, el mismo ardor.

La habitación era mucho más divertida para consumir y las llamaradas necesitaban correr, correr, correr. Y él, de nuevo, estaba paralizado.

Ya había llegado a sus pies, quemaban sus dedos y trepaba por la ropa de algodón. El calor se hizo insoportable.

-¡Mamá!- Gritó el niño. Abrazó al Señor Conejo con fuerza y las lágrimas rodaron por las mejillas – ¡Mamá!-

Gritó, en el medio de la sala fría y oscura. Ella corrió, confundida, encendió las luces y lo encontró ahí parado, casi en silencio, gimoteando. Lo tocó, la fiebre había subido aún más.

-Dile que vuelva a la cama- Gritó el padre sin levantarse de la cama. Se dio vuelta frustrado, y volvió a dormir.

Candie empezó a temblar y a llorar con su hijo, porque sabía que no iba a poder convencerlo de que la llevara al hospital.  Abrió la canilla y el agua tibia salió con fuerza. Logró arrancar el muñeco de las débiles manos de su hijo y lo metió bajo el chorro de agua, aún con el piyama puesto. Esperó unos momentos hasta que finalmente Edan volvió a reaccionar y le dirigió una mirada compasiva. La fiebre bajaría de a poco.

 

Cuando el electricista rompió la pared a medio camino entre la lámpara del techo y la toma de corriente encontró los cables mordidos por dientes, cortados, húmedos y podridos. Se deshizo de parte el yeso húmedo, haciendo un agujero desprolijo y sucio en la pared. Tironeó, tendría que cambiar gran parte de la instalación. Eso solo le llevaría toda la tarde, y que ellos se encarguen de la pared porque él no era albañil.

-Si no fuera por mí, estarían peleando contra una serie de cortocircuitos. Esto es peligroso- Le regañó. El hombre, sedentario y con un poco de sobrepeso le daba la espalda a la delgada mujer.

-Y pensar que solo llamé porque no lograba prender la luz- Comentó ella con un dejo de inocencia -¿Me podrías instalar esto aquí también?-

Le tendió una caja anaranjada. Dentro había una alarma de incendios, al parecer usada, regalada por alguien que pensaba que era útil. El hombre asintió, limpiándose las manos en el uniforme azul. Vaya mujer estúpida, las alarmas de incendio siquiera necesitan estar conectadas a la red. De todas formas se lo cobraría como extra.

El hombre trabajó con los ojos de niño clavados en su espalda, en un silencio incómodo. E, incluso horas después de que el electricista se marchara, el niño no sacaba la vista del pequeño aparato gris. La alarma de incendios, el fuego. Una corazonada le decía que sería inútil.

Candie lo levantó en brazos, para arrancarlo de sus pensamientos y él abrió y cerró la boca, pero no lograba que las palabras se formaran en su garganta. Señaló la pared rota, señaló los cables conectados.

-Sí, ¿viste?, que despelote- Le comentó ella con dulzura de madre, pero él señalaba, insistente, al aparato cuya luz titilaba en la oscuridad.

 

Kennth no estaba contento con el arreglo.

-Maldición, mujer, yo podría haberlo arreglado perfectamente- Insistió, metiendo la mano y tocando los cables nuevos. Uno de ellos le devolvió la patada y el soltó un quejido molesto.

-Es un trabajo complicado- Comentó ella, mientras ponía los platos en la mesa. El niño dormitaba sobre la silla, aún aferrado al Señor Conejo. Edan sentía esos suspiros dentro de su oído, y solo el peluche lograba calmarlo un poco.

-¿Para esto trabajo yo?, me despertás todas las noches y de día gastas mi plata- Caminó con paso enfadado hasta la mesa.

-No es nada. No exageres- Candie intentó calmarlo, con prudencia.

-Que sea la última vez que llamás a alguien para este tipo de cosas. No trabajo al pedo yo, para gastar la plata en boludeces- Observó a su hijo, quién aún tenía las mejillas coloradas debido al llanto, la fiebre y el cansancio. Con la mano enorme y gruesa lo tomó del hombro y lo zarandeó, despertándolo del ensueño.

El sacudón y el apretón sobre la piel le hicieron doler, pero también el ardor de su cuerpo le quemó las yemas de los dedos.

-Yo pienso dormir bien hoy- Le espetó – ¿Me escuchaste?, por una vez quiero ocho horas de sueño sin interrupciones- Apretó aún más y Edan le clavó los ojos llenos de lágrimas sin salir.

Volvió a señalar a la alarma, con la garganta seca y la fiebre, sin poder pronunciar palabra.

-Habla, no sé qué querés que entienda- Le espetó su padre, ahora levantando la voz. Candie se acercó, alarmada y los separó a los dos. Secó la cara del niño con su pañuelo estampado y claro, que hacía juego con el vestido, también pálido.

 

Lo arropó en la cama. Le dio un beso en la frente y un abrazo largo, el niño la apretó como apretaba al Señor Conejo. Sin querer dejarla ir. Ella se rió, se soltó y finalmente apagó la luz. Escuchó a sus padres discutir en la oscuridad, pero las voces eran solo murmullos incomprensibles, que no lograba entender y que lo hundieron más en el sueño.

-No te va a hacer nada. Te va a ayudar a dormir, vos tomalo- Le insistió irritado, hasta que finalmente ella asintió y tomó una pastilla entera con un vaso de agua.

Kenneth siquiera la había comprado en una farmacia común, ella lo sabía y lo sentía. Pero por una vez tendría que obedecerle, sobre todo cuando la miraba con esos ojos tan pesados. Si tenía suerte tal vez no le afectara tanto. Pero la droga corrió por su sangre y no tardó en arrastrarla a la cama.

La figura alta, delgada y oscura se detuvo a los pies de la cama. El fuego empezó, de vuelta, puntual, y él le tendió la mano de dedos esqueléticos. Lo miró con la mirada vacía y negra y torció sus largas orejas. Esperando. Paciente, tanto como el fuego que engullía las sábanas con fuerza.

El niño sintió las brasas en la boca, ardiendo, rojas. Quiso abrir para dejar entrar una bocanada pero el aire estaba caliente y espeso. Apretó al Señor Conejo contra el pecho y quiso gritar, pero no pudo. El fuego ahora lo cubría hasta el cuello. Atravesó las llamas y tomó la mano.

La figura lo alzó en el aire, sacándolo de la cama y lo dirigió hacia el pasillo. Edan, aferrado fuertemente a los dedos tironeó, por primera y única vez él lo obedeció, siguiéndolo hasta el final del pequeño pasillo, a la derecha. Los dos padres se tendían en la cama, profundamente dormidos.

Con la mano con la que aferraba al Señor Conejo tocó la cara de su madre, pero ella no logró reaccionar. Insistió una vez y otra vez, pero nada quería arrancarla del sueño. La sombra empezó a tironear del brazo. Se hacía tarde.

Atravesaron la sala dónde se detuvieron durante un momento. La figura empezaba a arder, otra vez, pero se negaba a soltar su brazo. Podía sentir el hedor fuerte del fuego, el mareo que sacudía su cuerpo debido al humo. Podía sentirlo chispear, mientras devoraba la tela y la piel. La alarma observó todo esto, muda, sin pronunciar un sonido. Las llamaradas se extendían por la alfombra, ahora completamente roja, subían rápidamente por las paredes, saludando los muñecos y los cuadros, el empapelado y los recuerdos. El señor y el niño siguieron su camino.

 

Cuando los bomberos llegaron el fuego parecía consumir el cielo. El incendio era indomable, la forma en la que bailaba de un lado a otro era tanto hermosa como violenta. Los hombres se bajaron rápidamente del vehículo y pusieron en funcionamiento el sistema hidrante.

Allí, frente a la casa, se detenía una figura que observaba el fuego con los ojos enormes y oscuros. Frente al gigante rojo, el niño no era más que una partícula diminuta y sin embargo allí estaba, enmudecido y sin lágrimas en los ojos. Apretaba al Señor Conejo contra su pecho, y el muñeco parecía arder en comparación con la piel helada del niño.

Fin

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