Sangrando

Las encontró en su cama cuando despertó. Pequeñas manchas, no más grandes que la yema de su dedo, perdidas en el medio del universo de las sábanas grises, oxidándose con el paso del tiempo, cada vez más marrones y menos rojas. Le pareció un poco curioso, pero nada más.

Y cuando a la mañana siguiente descubrió un par de manchas nuevas, simplemente cambió el juego de sabanas, poniendo a lavar las que estaban sucias. El óxido humano no se desapareció completamente del algodón, tan solo empalideció un poco. No se preocupó demasiado, ni por las sábanas ni por la sangre, unas gotas así de pequeñas podrían haber venido de cualquier cosa. Podría haber sangrado de la nariz, aunque no había sangrado sobre la almohada o la cabecera de la cama.

Un día de esa semana, dejó el despertador sonar hasta que se hizo demasiado tarde y tuvo que salir de un salto de la cama. Hizo toda su rutina diaria sin fijarse demasiado en nada, apurado, y se marchó de su departamento. Volvería cerca de unas diez horas después y recién ahí fue cuando lo vio. Una mancha de sangre, de tamaño mediano, descansaba a los pies de la cama. Era casi tan grande que no podía taparla con las dos manos, la sangre estaba seca y resquebrajaba. Le dirigió una mirada incrédula al tiempo que se desnudaba y se revisaba el cuerpo.

No había lastimaduras, ni cicatrices, ni heridas. Nada dolía, nada estaba fuera de lugar.

Metió las sábanas en un balde con agua y puso unas nuevas.

El despertador lo encontró despierto,  se incorporó y encendió la luz en la habitación oscura, que se volvió apenas un poco más iluminada. Esa mañana no había manchas, lo que lo tranquilizó y enseguida le hizo creer que todo era un mal sueño. Pero el festejo se terminó enseguida, porque en cuanto se observó a sí mismo descubrió la enorme mancha roja que había teñido su remera de dormir.

Lentamente y temblando un poco, levantó la remera para encontrar su estómago intacto. Luego se la sacó y tiró la prenda a la basura.

Cada vez que despertaba encontraba una mancha, algo que no había estado la noche anterior, y no tardó mucho en arruinar casi todas sus prendas y ropa de cama. Fue al médico clínico, a varios hospitales y guardias, enfermeros quienes le dijeron que a simple vista no tenía patología alguna. No tenía heridas escondidas, él lucía como un hombre común fuerte y sano. Le sacaron aún más sangre, para una muestra. Compró sábanas nuevas.

Fue el sábado cuando se desesperó y volvió corriendo al hospital, así como estaba vestido antes de ir a dormir. Las sábanas, que eran azules, se habían vuelto completamente rojas en el transcurso de la noche. Se había manchado la ropa, y se dio cuenta de ello mientras esperaba luciendo como salido de la escena del crimen. Los resultados del análisis le dieron una baja en hierro y anemia, y probablemente debido al estrés, pero nada que pudiese explicar la sangre.

Una lluvia de ideas le hizo considerar la posibilidad bizarra de que alguien más se colara en su departamento de noche y sangrara sobre él, por lo que con el peor de los temores puso una cámara frente a él antes de ir a dormir. Al día siguiente despertó con la almohada empapada y la sangre secándose en la cabeza. Apuró la grabación donde solo se vio solo en la habitación durante ocho horas, con el mar rojo creciendo lentamente a su alrededor.

Quiso tirar el colchón y la almohada, pero no pudo dejar de imaginar lo peor, donde un vecino encontraba los restos de sus pesadillas y la investigación lo llevaba a él. No podía culpar a cualquiera que quisiese acusarlo de cualquier crimen cuando parecía que había derramado más sangre que cualquier otra persona. Y en estas peores imaginaciones, él tampoco podía explicar su inocencia. Por lo que escondió el viejo colchón detrás del armario y compró uno completamente nuevo, que duró poco más de una semana antes de que la nueva sangre atravesara las telas hasta llegar a él.

Durante un momento se obsesionó, le aterrorizaba que le sucediera en público. Tanto en el trabajo como en la universidad, que de pronto la sangre brotara de su piel, de sus poros, como huyendo de él y lo dejara solo, marcado en rojo. Pero jamás ocurría cuando estaba despierto y él sabía que no podía aislarse del mundo con impuestos por pagar.

Cuando cerraba los ojos, ya completamente vencido por el cansancio, soñaba que estaba a la deriva en un océano oscuro. El cielo era negro y sin estrellas y con la excepción de que podía verse las manos y el cuerpo, parecía como si estuviese ciego. Sentía el agua, a su alrededor, meciéndolo, pero le extrañaba la falta de peces y seres del mar. Estaba tranquilo. Y no se había percatado realmente de esos sueños, sino hasta que empezó a venir la sangre.

Esa mañana se despertó, completamente empapado pero también curado de espanto, y al pisar el suelo sintió el chapoteo rojo entre los dedos de los pies. Un pequeño charco había crecido y se había extendido un poco más fuera de la cama. Goteaba lentamente las sábanas, cada gota replicando rítmicamente. Como un eco en sus oídos, sonando, sonando.

Se dedicó a limpiar el desastre, ventilando también el aroma a óxido y metal que inundaba la habitación. Dejó el colchón secando y se metió en la ducha. La sangre empezó a aparecer. Cuando el agua golpeaba la piel, salía la sangre. Se miró el cuerpo y le pareció que era un río rojo, un río rojo, un río rojo.

Se sentó en el suelo de la bañera y enterró la cabeza en las rodillas mientras el agua le caía por la espalda. Cerró los ojos y estaba de nuevo en ese océano. Los abría y era un río rojo. Los cerraba y lo inundaba el aroma del agua salada y negra, el murmullo del mar que era el mismo que el murmullo de la sangre corriendo por sus venas. En el medio de la oscuridad absoluta, cerró los ojos, sin querer volver a despertar jamás, y se permitió estar a la deriva.

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