Eso en el Mar

Primera Parte de la historia

Segunda Parte acá

El lugar hormigueaba de gente y de vida cuando él desembarcó. Los muelles de madera estaban llenos de barcos pesqueros, de barcazas de viaje, de puestos de comida y de aroma a la sal del mar. El océano rugía con hambre pero el sonido de las olas era tapado por el bullicio. Las discusiones en el mercado, el olor al pescado fresco y los rayos del sol que caían con fuerza.

Él debía rondar los treinta años, y no había tenido ocho horas de sueño seguidas en todo el maldito viaje. Dejó atrás el barco intercontinental y se perdió entre la multitud. Llevaba una pesada valija llena de rocas y dioses escondidos entre la ropa. Recuerdos de religiones perdidas y abandonadas, de eso se trataba el tráfico: no importa que tan olvidado sea, se paga mucho por lo raro y lo antiguo.

Se detuvo en un puesto de comida, dónde el dueño le dirigió una mirada extraña al hombre que llevaba sobretodo un día de verano y luego siguió la marcha. Dejó atrás el puerto para internarse en la ciudad, la cual también apestaba a gente, a turistas desenfadados, al smog producido por los autos y al oxido de los carteles viejos, calles que estaban siempre en movimiento sin importar la hora. Caminó hasta que se alejó del centro y se internó en una callecita oscura. Llamó a la puerta, dejó su sobretodo y se marchó mucho más liviano y tranquilo.

Fue solo cuando llegó a su casa que se dio cuenta que uno de los dioses se había negado a su propósito original y descansaba descuidado en su bolsillo. Pensó en devolverlo pero se perdió mirando la forma del dios, la cabeza con los ojos perdidos, la boca en una sonrisa grande, el cuerpo trazado en complicados patrones, el color verde agua de la piedra malaquita. Sonrió, lo dejó descansar en su mesita de luz y no tardó nada en caer dormido.

Despertó casi dos días después. Golpeaban fuerte a la puerta, mientras llamaban su nombre con voz ronca.

-¡Abre la puerta!, me prometiste que pagarías la cuota al llegar. Cuidé de tu departamento, ¿recuerdas?- Se arrastró con el cuerpo adolorido y atendió la puerta –Luces bastante mal- Reaccionó el otro personaje.

El cabello le caía despeinado y las ojeras se le hundían en la piel pálida. Dejó el dinero sobre la palma de su compañero de edificio y cerró la puerta tras gruñir algunas frases complejas. Había dormido treinta horas de corrido, y le costó un poco reaccionar ante ello. Pero el sueño había sido reparador, constante y profundo, se había sentido como si flotara en el vacío negro.

Miró por la ventana. En el horizonte se veía el mar y si se concentraba lo suficiente podía imaginar el sonido de las olas rompiendo en la costa, la risa de un niño que las salta en la orilla, los gritos de un hombre y una mujer mientras son arrastrados para siempre por la corriente. Pero eso no importaba ahora y el hombre le dio la espalda a la vista y se internó en el baño. El dios le sonreía desde la mesita.

 

El pescador tarareaba una canción esa mañana. Todavía no había amanecido, pero el cielo tenía ese resplandor claro de un sol que estaba a punto de desperezarse. Saludo a su compañero en la otra punta del muelle y pasó entre los barcos casa dónde se podía ver a algunas personas durmiendo a través de las ventanas. La mañana tenía esa clase de aroma hermoso que le relajaba y que le pronosticaba un buen día.

Se subió a su propio barco, acomodó la carnada y las redes. La pesca era tan abundante y tan buena esos últimos días que ya se imaginaba volviendo a la hora del mediodía con el barco repleto. Arrancó el motor y empezó a navegar mar adentro.  Fue en ese momento cuando escuchó un ruido extraño. Bueno, tal vez no era exactamente extraño pero había algo que no encajaba en él.

Sin detener el motor miró a su alrededor, pero todo lo que podía ver era mar y más mar. Ni una gota de agua dulce. El sonido se volvió más fuerte y más claro, y él se asomó por el borde. Abajo, el agua marina no era más que un pozo negro sin estrellas. Ahogó un grito cuando se percató de como su compañero le tocaba la sirena desde su otro barco. El motor se detuvo, ahogado y sobrecalentado, la costa parecía un hilito en el paisaje. Se había internado demasiado, demasiado para lo que una barcaza como la suya podría soportar.

En el muelle se empezó a reunir un público imprevisto, atraído por los gritos y las sirenas. El pescador le hizo señas con las banderas, todo iba bien. Pescaría y arreglaría el motor, eso no sería problema.

-Esto me pasa por distraído- Se quejó para sí mientras acomodaba las herramientas y lanzaba los cebos.

El ruido volvió, más fuerte, más cerca y un escalofrío helado le recorrió la columna. Se asomó por el borde de la embarcación nuevamente y los ojos no le mentían. El mar era un pozo negro, como si estuviese flotando en el espacio mismo. Ni las estrellas ni el recién levantado sol se reflejaba en él y de golpe el hombre sintió la necesidad de huir hacia la costa. Pero la voz le llamaba y había algo irresistible en ello. Se descalzó y se paró en el borde de la barcaza.

Y desde lejos se vio como la sombra, no mucho más grande que un dedo pulgar, saltaba y desaparecía, tragado por el agua.

 

La noticia no tenía pies, tenía alas, y se imprimió en los periódicos del mediodía. El hombre observó el titular mientras dejaba una caja de leche y unas verduras en el mostrador. Le pareció curioso, para empezar, porque no se solían poner los casos de suicidio den la primera plana.

-¿Viste eso?- Le preguntó el encargado de la tienda mientras sacaba las cuentas –Mi esposa conocía a ese hombre. Era una persona normal, sin problemas, tan común como tú y yo. Y una mañana va y se deja ahogar por el mar. Una locura-

Él dejó el dinero justo sobre la mesa y saludó.

Fue tan solo unos pasos más adelante cuando se dio cuenta que algo no lucía bien en la calle a la que acababa de retornar. Para empezar porque estaba vacía. El asfalto estaba completamente vacío, de turistas y habitantes, de autos, solo recubierto por una gruesa capa de sal marina. Los edificios lo miraban como gigantes huecos a punto de caer sobre él, blancos y quemados por la luz solar, carcomidos hasta la médula por la misma sal, que trabajaba desde adentro como si todo fuese un cementerio dejado por las termitas.

El paisaje, completamente blanco, le quemaba la vista.

Volvió en sí cuando sintió el sacudón en el hombro. El sonido se deslizó por sus oídos, el murmurar constante de la gente, la frenada de algunas ruedas desprevenidas, los ladridos de los perros. Se dio vuelta para encontrarse con la cara del encargado de la tienda que lo observaba con los ojos negros, como dos agujeros.

-¡Hey!, hombre, ¿estás bien?, estuviste ahí parado casi diez minutos, me estas volviendo los pelos de punta-

Él se libró de la mano y asintió pesadamente.

-Todo bien- Y se volvió a escabullir entre un grupo de gente. El hombre de mediana edad no volvió a su puesto de trabajo sin murmurar algo sobre el eminente problema de drogas que parecía azotar la ciudad.

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