Eso en el Mar

Segunda parte

(Primera Parte acá)

 

Una pareja caminaba, haciendo estallar los faroles del muelle con sus piedras. La puntería era perfecta, dos pasos en salto, se lanzaba, se escuchaba el crujido de los cristales rotos, una oscuridad súbita. Cada tanto escuchaban las quejas de alguien que intentaba dormir en uno de los barcos. Las risas se escuchaban desde lejos, con los pies corriendo. Luego se volvió el silencio, y los habitantes de los barcos de dedicaron a dormir el resto de la noche.

Para el fin de semana eran veinte las personas que habían desaparecido en el muelle. Ese lunes, el hombre de treinta años llevaba la estatua de malaquita, que cabía en sobre su dedo índice, en el bolsillo derecho de la camisa. Y observaba las imágenes en blanco y negro de las veinte personas desaparecidas, junto a los desesperados mensajes de las familias y las descripciones de cómo lucían la última noche que habían sido vistos.

El encargado se callaba. El hombre, que parecía drogadicto, se perdía en las vacías miradas de papel. El dios en el bolsillo sonreía y soñaba con todos los niños perdidos flotando en la negrura del mar.

-Que tenga un buen día- Le saludó, tomó su bolsa y se marchó, sumido en sus pensamientos. Tenía esa mala sensación en los huesos que se negaba a irse.

Y las alucinaciones de una ciudad abandonada por el tiempo y atacada por la sal se volvían cada vez más y más comunes. Cada vez que miraba por la ventana de su departamento veía la imagen misma de la desolación. El paisaje también cambiaba, entre alucinación y alucinación, parecía que cada vez que lo visitaba pasaban años. Años y la cara de la ciudad se demacraba cada vez más, se hundía entre la arena, se ahogaba con la garganta reseca.

Se encaminó al puerto, sosteniendo la pesada bolsa sobre su pecho. Cada poste de luz, algunos aún con la lámpara rota, llevaban uno o dos carteles de los desaparecidos. Y no por eso la gente dejaba de asistir al mercado, que funcionaba casi tan bien como siempre.

Pero la pesca había dejado de ser abundante. Los peces que salían de las redes lucían en su mayoría enfermos, pero los vendedores se encargaban de ocultarlo mientras fileteaban y acomodaban las espinas. Entonces volvió la ilusión como una oleada y se encontró a sí mismo, con los pies sobre la húmeda madera del puerto. A su alrededor y sobre su cabeza lo cubría un mar oscuro y muerto, lo inundaba como una pesadilla y esa voz que se me metía dentro de los huesos y le hacía arder.

Se lo llevaron, a rastra, con todos los objetos de la compra desparramados por el suelo, el hombre gritando.

Estuvo cerca de media hora observando el cielo raso blanco, tan blanco como la sal, tan blanco como lo era de negro ese mar, hasta que se dio cuenta que había despertado en una sala médica. Escuchaba el goteo del suero y sentía la incomodidad de la aguja en su vena. Se incorporó lentamente justo cuando una enfermera entró a la habitación.

-¡Buenos días, chico shock!- exclamó con extraña alegría. Acercó la bandeja con el instrumental médico -¿Cómo te sientes?-

-Bien- Dijo en un gruñido, en voz baja y aún confundido -¿Qué sucedió?-

-Te arrastraron del puerto. Estabas en estado de shock. Golpeaste a un par de enfermeros mientras te transportábamos- Dijo ella con un tono de voz que al hombre le resultó que era demasiado simpático y despreocupado. Recordó la escena en el mercado y se palpó el pecho.

La estatuilla del dios seguía donde la había dejado. La mujer observó la reacción de las pupilas, le tomó la presión y el pulso, resultando ambos estables. Luego le hizo la señal para le abriera la boca y le sacase la lengua, y fue en ese momento cuando se apartó de un grito.

Llevaba la boca negra, como un pozo profundo, sin estrellas, como el carbón, como el mar.

Ya había amanecido desde hacía rato cuando la mujer se encaminó al puerto y empezó a chapotear sobre los tablones de madera con un bostezo que la dejaba satisfecha. Llevaba el uniforme turquesa del trabajo y era hora de acomodar su puesto de comida, calentar las hornallas y esperar la primera pesca del día. Y le resultó vagamente extraño que fuese la primera en llegar al lugar. Chapoteaba, chapoteaba con una humedad que no le era propia y con un olor que sobrepasaba el aroma de las entrañas de los peces cuando se acumulaban en la basura.

Observó los barcos a su alrededor y los habitantes que solían despertar en ellos no estaban adentro. Flotaban como carcasas vacías y huecas. Molesta, miró a sus pies, observó la extraña madera teñida de rojo y ahogó un grito ante la soledad en el lugar.

El ruido que eso hacía, el canto, se le volvía antiguo, incomprensible y lo estaba volviendo loco. Dejó las llaves sobre la mesa, aún confundido por todo lo que acababa de pasar, y despertó la mañana en la que lo dieron de alta con el sonido de las sirenas yendo y viniendo pero sin acarrear ningún cuerpo con ellos.

El sonido, lo que eso le susurraba. Me quiere a mí ahora, me quiere como me había querido esa tarde en la playa, cuando era un niño que jugaba en la orilla. Jamás se había metido al mar. Lo detestaba y lo odiaba, sin embargo vivía en una ciudad puerto. Sostuvo al dios en la palma de su mano y algo le hizo entender que si había sobrevivido el último mes era por él, pero ningún dios está hecho para hacer milagros. El poder en la estatuilla de malaquita tenía un límite.

Sentía el ruido de las olas rompiendo, dentro de los oídos, el canto de eso que estaba en el agua. El corazón le dio un vuelco al observar al mar en el horizonte. Ahora podía entenderlo, a eso que esperaba debajo del agua. Tan tranquilo, tan antiguo como los mismos valles marinos en los que se escondía. Lo llamaba, lo llamaba. Tan solo y tan hambriento.

Tomó las llaves, cerró la puerta, lanzó el llavero por la ventana y bajó las escaleras. Atravesó la ciudad en el medio de la noche, los edificios que parecían dormir, pero tenía el presentimiento de que nadie dormía. La sal se empezaba a pegar a los cuerpos y los habitantes solo cerraban los ojos en la oscuridad. Se dio cuenta de que estaba rodeado por sonámbulos como él solo un par de cuadras antes de llegar al muelle.

Pasó por debajo de la cinta amarilla y sintió la madera roja e hinchada crujir bajo su peso. La multitud sonámbula arrastraba los pies y seguía el canto. En cuanto llegaron el final del muelle, los hombres, las mujeres, algunas con los niños en brazos, cayeron al agua negra, oscura como un pozo que no se dignaba a devolver reflejo alguno, y se hundieron como piedras sin siquiera volver la cabeza para despedirse.

El hombre aferró al dios sonriente en la mano y lo lanzó furioso al agua. Le preguntó, entre dientes, si era eso lo que él quería y eso en el agua le susurró que no. Le susurró que se acerque, como le había dicho a aquel pescador que se acerque, aquellos niños que se acerquen, y entonces le contaría las historias más maravillosas del mundo.

Se balanceó durante unos segundos en el borde y, finalmente, saltó.

 

 

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Un comentario en “Eso en el Mar

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