Extracto

Las vías tenían, de alguna forma, un rol importante para mí. Caminaba sobre ellas para ir a la escuela y para volver a casa, porque las vías estaban, literalmente, a tan solo unos pasos de mi puerta. Jugaba entre los tablones de madera, saltando entre los rieles de metal, con un pie, con dos pies. La prueba de valor la ganaba el último en saltar cuando el tren se aproximaba con su marchar rápido y su estruendo. Era un juego peligroso, sí, pero éramos niños pequeños y había muchas cosas que no temíamos.

El tren era lo que me despertaba. Puntual, cada día a las siete de la mañana, sonaba la bocina a la distancia. Yo despertaba, me vestía y desayunaba tan rápido como podía, para así ir a la escuela que quedaba a unas pocas casas. Pero tenía que pasar justo antes que pasara el tren, sino llegaba tarde. Era entonces una carrera, entre el él y yo, a veces ganaba uno, a veces el otro. Y lo miraba pasar y pasar, con todos los vagones cargados de harina y maíz, hasta que su recorrido se hizo menos seguido y menos puntual. Al poco tiempo dejó de pasar del todo y lo único que quedó de la descuidada vía fue su cadáver.

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