El Sauco Negro

El árbol se retorcía sobre sí mismo, formando enormes nudos negros, abriendo las filosas ramas como estacas al cielo en una plegaria. Era duro y puro carbón, negro, tan negro como la sombra que producía y la noche que lo rodeaba. Todo el páramo era negro, oscuro, la colina se extendía y nada crecía en la tierra maldita, y lo que lograba crecer era veneno puro para la sangre.

Cuando el árbol aún estaba vivo. Los ciudadanos del pueblo se habían reunido a sus pies para ahorcar a la bruja; las ramas del gran y antiguo sauco eran lo suficientemente fuertes para el trabajo. Y ella lo sabía. Tenía un vestido blanco, tan puro como la leche y como su cabello. Cuando la soga abrazo su cuello, las llamas empezaron a arder hasta que pronto todo lo que lo rodeaba se volvió naranja y se consumió hasta volverse el polvo del suelo mismo.

Y de la antigua madera solo quedo su recuerdo oscuro.

Esto había sucedido hacía muchos años, tantos que era imposible de olvidar. El pueblo, del otro lado de la colina, no murió ese día, siguió creciendo. Y le temían a ese pozo negro, a ese terrible claro. Incluso los más incrédulos sabían que cosas extrañas pasaban alrededor de ese extrañamente enorme sauco. Los niños desaparecían, tragados por la tierra a plena luz del día, mientras a ciertas horas de la noche se podía escuchar un canto. Ni los animales, ni los insectos se acercaban. Los pájaros no se habían atrevido jamás a posarse sobre sus ramas.

Se lo intento talar, creyendo que de esa forma se acabaría con la extraña maldición. Pero el hacha golpeaba el tronco, el hierro producía chispas y la madera no se cortaba. Siquiera fueron capaces de rasguñarlo.

Finalmente, alrededor de mil novecientos cuarenta, se decidió cercarlo, poner una enorme y fuerte valla de metal que rodeara todos aquellos kilómetros dónde la tierra se volvía negra. Se puso unos enormes carteles que avisaban de un peligro y los locales inventaron una tonta historia de que una bomba perdida había caído entre las sierras y que aguardaba, latente, bajo tierra.

 

Gerard creía que había nacido bajo algún mal símbolo, una estrella negra o que simplemente estaba marcado en la lista negra de alguien. Había vivido durante largos años rodeado de tragedias que jamás lo tocaban. Se había quedado solo, se había vuelto temperamental, se había embebido de un humor amargo.

Y en el fondo, tal vez, se había acostumbrado.

Le gustaba manejar. Sobre todo si se trataban de caminos deshabitados y poco concurridos. La sensación de soledad y aburrimiento que podía invadir a algunos, a él lo relajaba, al menos un poco. En ese momento, él estaba volviendo de la gran ciudad tomando por una estrecha y solitaria ruta que solo él creía conocer. El camino era sinuoso y un poco más largo, y nadie iba por ahí porque significaba estar lejos de todo tipo de civilización durante un largo rato. Y no era buena idea arriesgarse a quedarse sin combustible y sin señal.

Aunque, como una segunda opción, en algún punto del camino se escondía la entrada a un pueblito casi abandonado entre las sierras, que tenía un viejo (y dudoso) suministro de combustible y una vieja línea de teléfono. Se decía que sus habitantes eran personas realmente amables, que gustaban de rescatar viajeros a la deriva. Gerard había visto las amarronadas luces varias veces, a la distancia, pero jamás había tenido interés alguno en visitar o en detenerse.

Las aventuras y desventuras de cualquiera de sus habitantes no le importaba en lo más mínimo.

Sin embargo su batería no coincidía con él y decidió morir a la mitad del trayecto. El vehículo avanzo por inercia unos cuantos metros mientras el viejo hombre iba cambiando la expresión de su rostro por una un poco más sombría. La parpadeante luz ilumino el cartel que anunciaba el nombre de la ciudad. Árbol Viejo. Un nombre encantador. Siquiera sonaba como un nombre original, sino como una mala copia de otra ciudad. Un hombre salió de la mal iluminada cabina que se situaba a esa entrada de la ciudad, a través de cuyos vidrios se podía apreciar el pequeño televisor.

-Buenas noches, señor- Intento ser amable. Tras escuchar algunas quejas, animó la noche llamando a la grúa -No se preocupe, esto pasa cada dos por tres, estamos acostumbrados ya. Hay un hotel acá. Puede quedarse a pasar la noche-

Una vez que la grúa (un vehículo improvisado con un enorme gancho de metal) se llevó el vehículo y vio como lo arrastraba a través de corta avenida, el policía se desanimó. Sentía ese nudo en el estómago, había algo en la mirada del anciano que lucía extraño. Sentía, fuertemente dentro suyo que había cometido un error terrible.

La grúa tiró del inútil armatoste hasta dejarlo en la puerta de un taller mecánico. Sería atendido a la mañana siguiente. Mientras tanto había un hostal cómodo y económico donde esperar. El anciano escuchó las indicaciones y echó a andar. No se preocupó por recorrer el pintoresco y excéntrico lugar, en vez de eso decidió que estaba demasiado viejo y cansado de todo como para hacerlo. La dependienta que esperaba tras el mostrador empalideció al ver la figura delgada, casi esquelética del hombre, pero pronto se sacó la imagen de la cabeza y le ofreció una bonita habitación con televisión por cable y vista a la colina.

Claro que desde allí no se veía ni el páramo ni el árbol. La ciudad había organizado su arquitectura para que ninguna casa tuviese vista al funesto lugar. Aun así temían por el día en el que la ciudad creciese tanto que un edificio con esas condiciones se volviese imposible de construir. Mientras tanto se cuidaban e intentaban no pensar mucho en ello.

Gerard ignoro todas las comodidades. Se dio un baño y se acostó sin cenar. Pronto todas las ventanas tenían las luces apagadas y el pueblo hundió en un sueño profundo e inquieto.

Las pesadillas se deslizaban desde la colina misma.

Gerard despertó con la visión de llamas enormes que lamían el cielo y que lo rodeaban. La imagen de un montón de rostros que desconocía pero que, al mismo tiempo, le eran familiares. Se volteó, acomodó su almohada y allí fue cuando escucho los cantos.

Vamos, vamos a jugar

Bajo las ramas del enorme sauco

Vamos a bailar con los pies descalzos

Sobre las raíces del viejo sauco

 

Enseguida se dio cuenta que la voz no venía de adentro del edificio. Pese a ser un anciano su sentido de la audición era aún mejor que el de la gente joven, aunque si había tenido otros problemas, como lumbago o artritis en las manos. Abrió la ventana y saco la cabeza afuera. Escuchaba el canto bajando la calle.

 

Te estoy esperando bajo el sauco

Se siente mucha soledad aquí…

 

La dependienta del hotel no se había molestado en decirle que no se fuese de paseo demasiado lejos o que no atravesara la larga valla metálica. Se lo diría a jóvenes más revoltosos, pero ancianos como él estaban hechos para estar en la cama. Así que Gerard  salió tan fácil del lugar como le fue entrar; y pronto se encontró caminando por la helada colina. Vio la valla a unos cuantos pasos y vio aquel lugar donde se había doblado el alambre.

Sabía que le iban a doler los huesos intentando pasar, pero sentía que tenía que hacerlo.

 

Vamos, vamos a festejar

Bajo las ramas del anciano sauco

Cuando dé sus frutos

Cuando no queden flores

Vamos a festejar

 

Sintió la hierba reseca crujir bajo sus zapatos, frente a él todo el páramo lucía tan oscuro como el cielo. Pero no necesitaba ver, solo seguir la voz que se había hecho aún más fuerte y más clara.

 

Vamos, vamos al árbol

 

La sentía tan familiar como su propia voz. Bajó la ladera empinada, tropezó sin caer y siguió la llamada, hipnotizado. Pronto sentía el calor de la madera, el aroma de la tierra chamuscada, la ceniza fresca. Extendió la mano que palpó la oscuridad hasta dar con los nudos del enorme y retorcido ser.

 

La espera es larga

Bajo el árbol de sauco.

 

Sintió la carne viva debajo de la madera moverse y abrirse; pronto se volvió luz, el brillo proveniente del esqueleto que descansaba. La calavera conservaba aun esos largos mechones color de leche, como su propia cabellera que siempre había sido blanca y pura. Y tocó los huesos que resplandecían bajo la luna y se dio cuenta que no había sido el azar, que había llegado al lugar correcto.

 

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