La casa de las tablas de madera

El piso crujía cuando caminabas sobre él. Los pies de Emma, acompañados por los de la asistente, atravesaron el vestíbulo hasta llegar a la pequeña habitación. La habitación, también con pisos de madera, tenía una simpática cama pintada de azul, un escritorio frente a una ventana con flores y un cuadro colgando de una de las paredes. El cuadro estaba un poco torcido. Y pese a que la habitación lucía salida de un cuento de hadas, lo único que era raro de ver era un viejo y pesado martillo colgando de la pared.

-Estas son tus llaves- Le comentó la chica, tendiéndole el juego a Emma mientras ella observaba por la ventana. Desde allí se podía ver el barranco, el río y la polución de la ciudad en la orilla contraria.

Una columna negra como alquitrán subía desde las chimeneas de las fábricas. Aun mirándolo de lejos podía sentir el hedor de los químicos bajando de forma espesa por su garganta, tapando las vías respiratorias. Sentía ya las dos manos sobre el cuello. Tomó las llaves y acompañó a la mujer hacía la puerta, donde se despidieron.

-Es acogedor- Intentó convencerla una voz dentro de su cabeza cuando volteó a revaluar el lugar.

La casa era pequeña, parecía hacer sido construida en el espacio restante entre las otras viviendas, más grandes y más lujosas. Se apiñaba entre las dos paredes en una larga calle donde la sucesión de construcciones lucían como gemelas, como una calcomanía repetida a medida que subía o bajaban los números. Y esa casa, con un diminuto jardín delantero que parecía una broma, una cerca de madera despintada, manchas de humedad en las paredes y quejosos suelos, era el paria de la familia.

El alquiler era demasiado barato para ser real. Pero era real, solo que, por alguna extraña razón Emma parecía no haberse enterado, nadie quería tomar esta oportunidad. Por eso dudó un poco antes de aceptar el contrato, pensando en letras pequeñas y fallas en el sistema, pero al final decidió que estaba ya demasiado enferma como para seguir preocupándose por el dinero.

Pintaría las paredes algún día.

-De un bonito color morado- Afirmó la voz.

 

La pequeña construcción de madera había estado deshabitada tanto tiempo que había que volver a conectar la instalación eléctrica, por lo que esa noche y durante una semana, acostumbró a prender y apagar velas mientras recorría tres habitaciones. No tardó mucho en hacer de la casa su casa, decorando con imágenes algunas paredes, acomodando todas aquellas cosas que le gustaban en los rincones, mientras que en su habitación se limitó, solamente, a dejar un enorme jarrón de girasoles.

Durante el primer mes no tuvo complicación alguna. Fue durante el segundo mes cuando se dio cuenta que algunos tablones de madera del suelo estaban mucho más flojos que la vez anterior. Los viejos y gruesos cortes se curvaban y resistían a la presión de sus pies que intentaba volverlos a la normalidad a través de saltos. Desde hacía algunos días que estaba lloviendo bastante, afuera el río rugía ante las fábricas y la humedad debía de estar jugándole una broma. Emma se alegró de la generosidad de su jefe con respecto a larga licencia médica; y por no tener que salir en un clima tan violento.

-Encender la estufa. Mantener el lugar lo más seco posible-

Finalmente entendió el uso del martillo que colgaba solitario en la habitación, e intentó recuperar el suelo clavando un enorme clavo de acero que debía conectarlo al esqueleto. Pero no tuvo suerte alguna; el clavo hundía pero no llegaba a ningún lado y el lugar empezaba a parecerse al oleaje de un mar.

Sentía los crujidos y durante un momento le pareció que le hablaban.

Esa noche fue la primera de una serie de sueños dónde el suelo se levantaba mostrando el debajo de la casa, donde no había ni tierra ni piedra, sino un abismo oscuro. Y de ese abismo brotaban manos, que trepaban por la cama azul para tocar su la piel. En el sueño, ella tenía la piel helada y las fantasmales manos eran cálidas y tibias.

-Son niños- Decía la voz en su cabeza, pero no estaba segura si esos niños, renacidos del polvo mismo, querían ayudarla o lastimarla.

La mañana después de esa primera noche la encontró agitada en su cama, envuelta en un nuevo ataque, los ojos desorbitados y abiertos de par en par. Peleó durante unos cuantos minutos hasta que se tranquilizó, perdiéndose entre las manchas de la pared, el cuadro torcido y el martillo que ella no recordaba haber dejado en la pared.

Tardó una semana en reconciliar la calma completa.

-Es estúpido estar asustado por algo así-

 

Era lunes. Buscó en internet el número de un carpintero al cual contratar, pero pese a que llamó a varios números, ninguno se molestó en atender. El tono de llamada, repitiéndose hasta que cortaba la ponía cada vez de un peor humor. La tormenta seguía, y cuando no llovía a cántaros se podía sentir la estática en el aire.

Llamaría al carpintero a día siguiente. Hacia el atardecer decidió quedarse leyendo en el pequeño sofá, hasta que oscureció. Prendió las luces, resuelta a terminar la novela pero, tras un parpadeó, la conexión eléctrica volvió a fallar y la bombilla de luz explotó.

Emma exclamó un insulto al aire. Encendió la única vela que le quedaba y se envolvió en una manta mientras se sentaba en el mismo sofá. Observó el horizonte de luces tras la orilla del río, del agua furiosa y maldijo la fábrica que producía esas enormes nubes negras por haberla enfermado de los pulmones y haberla empujado lejos de su familia y amigos. Y entendió porque la casa estaba tan barata, aunque agradeció que no hubiese goteras.

 

Se despertó con tres fuertes golpes en la puerta. Afuera caían unas pocas gotas, enormes e igual de mojadas. Se había quedado dormida ahí mismo, en la sala de estar, en el medio de la oscuridad. Observó las luces lejanas y se percató de que se estaba más oscuro que de costumbre. Este lado del río estaba sin luz. Los golpes volvieron a resonar, aún más fuertes e impacientes.

-Huye y escóndete- Se atropelló, en el ruido de la noche y corrió hasta su habitación. Sentía el picaporte girar a sus espaldas, pelear contra el cerrojo.

Asustada, se escondió debajo de la cama y empezó a rogar para que eso, sea quien sea, no entrase  su habitación. Escuchó el pestillo ceder y la hinchada puerta crujir al abrirse. Eso avanzó con pasos pesados, haciendo la casa crujir lastimosamente. Entró a la habitación y mientras Emma cerraba los ojos con fuerza y se mordía los labios, pudo escuchar cómo se agachaba y se acostaba en el suelo para mirarla. No quería abrir los párpados, porque algo dentro de ella decía que si los abría y se perdía en esos enormes ojos como pozos blancos, entonces estaría acabada.

Emma perdió la cuenta del tiempo que pasó en esa posición, cada vez más helada, horrorizada, entumecida. Atrapada en ese juego dónde ella fingía que eso no la veía y dónde eso fingía que Emma creía que él no la había descubierto. Cuando allí estaba y Emma sentía su respiración suave, caliente.

Finalmente escuchó el crujido del pesado cuerpo levantándose y marchándose. Le pareció escuchar la puerta cerrándose  pero aun así no quiso salir de debajo de la cama. Con las primeras luces del sol la lluvia menguó y la luz pintó la casa con llamas anaranjadas. Emma, aun aguantando la respiración, se deslizó afuera. La habitación estaba vacía, pero en orden, a excepción del martillo, que faltaba. Tomó su campera y se marchó.

 

Hizo la denuncia en la comisaría cercana, pero la mitad de la denuncia quedó incompleta debido a la falta de descripción del atacante. Pesado, oscuro, posiblemente sin pupilas en los ojos y un macabro sentido del juego no era una descripción viable. Luego compró algo que comer y unas velas, solo por si las dudas de que los electricistas no trabajaran un martes. Quiso estar lo más lejos posible de esa casa y evaluó la posibilidad de ir a dormir a otro lado. Finalmente decidió sentar la cabeza. Contrató un cerrajero que cambió el cerrojo y agregó aún más seguridad a su puerta.

Recién cuando se encontró dentro de la casa, con una falsa sensación de seguridad, fue cuando se percató del pobre y casi hilarante estado de las maderas, ya casi sin ningún tablón sano. Decidió que en el fondo le gustaba el lugar. Pero la idea de volver a vivir lo que había sucedido la noche anterior la ahogaba de terror.

La lluvia volvió con fuerza al atardecer y una serie de escalofríos la hizo aferrarse a su teléfono celular, donde él número de la policía estaba marcado. Las voces estaban volviendo, le hacían arder su cabeza mientras hablaban a unísono y el corazón latía desbocado.

-Va a volver. Está viniendo-

Empujó la silla, con la que volvió a trabar la puerta y finalmente empujó la mesa. Con el celular aún en la mano y los dedos sobre los botones, esperó, agazapada sin sacar los ojos de la única entrada.

Fue solamente cuando la última vela ardió y el lugar lucía como la boca de un lobo, cuando los golpes volvieron a resonar con violencia. Eso, impaciente, golpeaba la puerta tan fuerte que la hacía latir como el pecho de Emma. Apretó el botón de llamar, pero el celular se limitó, nuevamente, a dar dos tonos y luego cortar. Bajó los brazos, entre traicionada y desesperada.

-Escóndete debajo de la cama- Le recomendaron las voces y ella se atropelló a la habitación. Pero una vez allí recordó la respiración sobre su cara.

Eso sabía que ella estaría debajo de la cama. Ya lo sabía. Aterrorizada, tomó con las manos, enterrándose astillas en las uñas, el tablón de madera y empujó.

Abajo había espacio suficiente en el hueco suelo, y le parecía que en cualquier momento se asomarían esas manos del abismo mismo. La puerta estalló, dejando entrar la tormenta a su interior. Emma tragó saliva y se deslizó por el agujero, tapándose con el tablón. Contuvo la respiración cuando sintió la presión de eso que caminaba y se recostaba sobre el suelo para observarla debajo de la cama.

Una parte de ella se alivió, creyendo que eso se iría en cuanto viera que ella no estaba allí para él.

Y ahí fue cuando lo escuchó. El martillazo terrible sobre la madera, clavo por clavo. Emma golpeó el suelo, desde el otro lado, empapada en sudor, le gritó, pero no obtuvo respuesta. Una a una, las dobladas maderas recobraban su forma original y se aferraban al esqueleto. El suelo se cerraba sobre ella, como un cielo, como la tapa de un ataúd, para siempre.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s