Bailando

Parte 1

Los escuchaban bailar, estaban seguros que escuchaban los golpes de los pies y de las palmas de un montón de parejas que bailaban de una forma que ella pensaba que ya no se bailaba más. Entre sueños, le había parecido que la danza había retumbado de tal forma que los cuadros de las paredes habían golpeteado, a ritmo, siempre a ritmo. Mai se desvelaba con los ojos entrecerrados, observando la luz dorada que se colaba por las ventanas.

A su lado la cama estaba vacía, Enoch ya se había marchado a trabajar desde hacía unas cuantas horas. Ambos enfermeros conocían el cansancio en el cuerpo, pero la mujer, con la cabeza ardiendo, recordaba que no lo extrañaba.  Se mordió los labios, salió lentamente de debajo de las sábanas, y arrastró los pies hasta el final del pasillo. Con cuidado abrió una rendija en la habitación de la derecha.

La delgada y pequeña figura de un niño de cuatro años parecía desaparecer en el medio de la cama, en el medio del pandemonio que formaban las máquinas que se reunían a su alrededor. Rem respiraba débilmente, y de no haber estado conectado a la pantalla que medía su pulso hubiese parecido que él ya no respiraba.

La casa estaba poseída por un desorden ordenado, conformado por notas de medicina, papeles, libros y ropa, todo lo característico de una mudanza. Bajó las escaleras de madera hasta llegar a la pequeña y oscura cocina, dónde se hizo un desayuno improvisado y disolvió dos aspirinas en un vaso de jugo. Al voltearse, la silenciosa y pálida figura de su niño la sobresaltó. Él tenía esa mirada vacía y cansada, y cuando le cavaba esos enormes ojos negros en completo silencio, que Dios la perdone, le hacía creer que era imposible que él fuese su hijo.

-Cariño, vuelve a la cama- Le pidió dulcemente, escondiendo el leve temblor de su voz.

La maldita danza había empezado en algún momento de la madrugada, pero solo los gritos de su hijo la habían despertado. Otro ataque de una fiebre extraña que le aquejaba desde hacía unos días, un síntoma que no era de su enfermedad. Cuando lo encontró estaba sentado, ojos abiertos de par en par, empapado por un sudor frío, como si pudiera observar la danza invisible en la oscuridad. No lo pudieron arrancar de su estado hasta que lograron desconectarlo y llevarlo a un médico de emergencias.

-Ya no quiero dormir más- Pidió él. La madre le dio un beso en la frente, lo envolvió con un abrigo y lo sentó en la silla mientras abría las ventanas. El día nublado afuera, con negras nubes cargadas de lluvia, le parecía hermoso.

Se habían mudado a una casa en los suburbios, un lugar casi despoblado que recién en los últimos meses había sido punto de las empresas inmobiliarias para construir. El barrio artificial se extendía, cada casa igual a la otra salvo por uno o dos detalles. La gran mayoría de las viviendas estaban aún despobladas. Ella había pintado su puerta de un hermoso azul eléctrico, esperando disfrutar la tranquilidad de la lejanía de la ciudad, lo que debería detener un poco el avance de la enfermedad. Les daba la posibilidad de estar juntos, el tiempo que les quedaba.

Y sucede esto. En su primera semana los vecinos desconocidos los habían despertado ya tres veces a altas horas de la madrugada. Más tarde intercambiaría unas palabras con ellos, aunque no sabía cuál de las tres casas que la circundaba era la culpable.

-¿Quieres ayudar a mamá con la huerta?- Le propuso mientras servía las tostadas y la mermelada.

Le sirvió también el vaso de agua y las cinco pastillas de colores. Le invadía una sensación extraña cuando las veía porque lucían como pequeños juguetes con color a arcoíris, redondas y con caritas de animales impresas en sus lados. Rem nunca se quejaba del sabor amargo, ni de la aguja siempre clavada en su vena ni del suero que mamá cambiaba todas las noches.

-Sí- Tenía la voz suave.

El niño nunca sería capaz de ir a la escuela, fue el medico diagnosticó hacía ya un año. La inestabilidad de su sistema, sumado a la agresiva reacción de la enfermedad ante el estrés, le recomendaba no abandonar su casa. Por lo que tanto Mai como Enoch habían acordado que el niño sería escolarizado de forma particular. Y tal vez un jardín con una huerta y un pequeño granero sería una forma de tener un contacto con la naturaleza.

Por eso Ami se enamoró de la facilidad con la que el jardín crecía flores de todo tipo. Estaba, aún en el medio del otoño, tapizado de florecillas rojas, mientras que a los costados sobre las paredes crecían enormes rosales color sangre. La huerta que ella había preparado con jóvenes plantas adultas había prendido al suelo con mucha facilidad. Y empezaría a cosechar.

Trabajaron en la tierra hasta tarde, arando un poco, acomodando las plantas y regando. Incluso los tomates, que son más bien exclusivos del verano, habían amanecido grandes, rojos y jugosos. Casi cuando estaban a punto de terminar y cuando un fuerte viento parecía querer levantarse fue cuando vio la cara sobre la cerca, observando.

-Buenas tardes, vecina- Dijo el anciano hombre. Tenía una sonrisa propia de los abuelos que le destilaba inocencia.

-Buenas tardes- Le sonrió  – ¿Qué tal ha dormido?-

-No demasiado bien. Esa música sonaba terrible, pero no fue usted, ¿verdad?-

Ami le dirigió entonces una mirada fulminante, llena de ojeras y cansancio. Claro que no fui yo.

-Nosotros tampoco pudimos dormir- Expresó lentamente las palabras, con cuidado.

-Entonces habrá sido el vecino de atrás, pero estoy casi seguro de que los sonidos venían de este lado. En fin, que tenga un buen día- Pronunció con tono casi cortante.

Mientras observaba la casa vecina con una expresión molesta, distinguió la cara pálida y escuálida de una anciana en la ventana que apoyaba suavemente su cabeza contra el vidrio. Tenía los ojos blancos por las cataratas y una expresión serena. Ami sacudió la cabeza, ella no se dejaba asustar. La saludó con la mano, y si los saludos con la mano fuesen sarcásticos este lo sería, para luego volver adentro.

 

No fueron sino dos noches después que volvieron los ruidos, no se escuchaba música alguna, pero si dos voces cantando. Algunas parecían un suspiro, una risa entre murmullos. Ambos, aún aturdidos por el sueño, les pareció distinguir que el sonido provenía de las paredes mismas, lo cual era imposible. Tras unos momentos, mientras despertaban los sentidos, lograron distinguir lo que la voz profunda estaba diciendo.

-Ven aquí, ven aquí conmigo- Se repetía una y otra vez, a veces más fuerte. Sonaba como un niño, como una mujer, como un hombre. Una y otra vez –Ven con nosotros, ven conmigo- Parecían felices.

Y entre cada silencio distinguieron la suave y fina voz de un niño que le respondía.

-Ya voy-

Ami se quedó paralizada y Enoch se atropelló afuera. El oscuro pasillo estaba completamente vacío. Los cuadros de la familia, el empapelado a rayas, nada lucía extraño, nada estaba fuera del lugar. Parecía que la casa estaba completamente desierta, salvo por la vocecilla que se escapaba de la última puerta entreabierta.

-Ya voy, ya voy, ya voy, ya voy, ya voy-

Apretó los puños mientras empujaba lentamente la madera. Él era un hombre delgado, la clase de persona que suele pasar su tiempo haciendo trabajos de oficina, recetando medicamentos. Pero si había alguien ahí adentro, a punto de saltarle entre la penumbra, era ese el momento para atacar. La puerta se abrió complemente y el joven padre se quedó paralizado en el marco de la puerta, con todos los músculos tensos, a punto de saltar hacia delante. La pequeña habitación estaba suavemente iluminada por la luz intermitente de las máquinas, la cual reflejaba en la minúscula figura de su hijo en la cama, los peluches en el armario y nada más. No había nadie allí adentro. Aguzó el oído y pudo escuchar a Rem respirando suavemente en su sueño.

-Ya voy, ya voy, ya voy-

Mientras que la voz que lo llamaba había enmudecido súbitamente.

El grito de Ami en la habitación lo hizo sobresaltar y volteó tan rápido que golpeó una foto que cayó al suelo, con el cristal estallando en pequeñas partículas.

Se apuró a la habitación y la descubrió con las ventanas semi abiertas, aún en penumbras, con la nariz pegada al helado vidrio. Señaló, enmudecida, mientras gesticulaba sin sonido alguno.

-Hay un hombre con una pala en nuestro jardín-

Una sombra se retorcía desesperada sobre la tierra. La espalda del hombre subía y bajaba a medida que la pala revolvía con fuerza la tierra sobre su cabeza. Sonaba como si estuviese increíblemente furioso, con su cuerpo atacado por los espasmos y el viento helado que corría. Enoch se apuró al teléfono que descansaba en la mesita de luz, pero la tormenta había cortado tanto la luz como la señal. Con la excepción del generador que mantenía encendidas tan solo las máquinas de su hijo, ellos estaban insolados en el medio de la nada.

-Iré afuera- Resolvió, poniéndose las botas y un abrigo. Mentalmente ubicó cualquier cosa que pudiese usar para defenderse del posible atacante y mientras bajaba decidió utilizar la puerta del garaje antes que la de la cocina.

Ami intentó detenerlo, gritándole en susurros.

-No, no vas a salir. Es peligroso, dejalo ahí. Ese desquiciado no está intentando entrar a la casa, no te arriesgues- Pero dio un paso atrás cuando su esposo levantó la maza. Si era lo suficientemente rápido podía golpearle en una pierna antes de que él le golpease en la cabeza. En el peor de los casos.

Lo escucharon gritar afuera.

-Ya estoy aquí. ¡Ya estoy aquí, solo callate!- Y los sonidos de la furiosa pala que clavó con fuerza en la tierra húmeda.

-Cerrá la puerta con llave y no le abras a nada ni a nadie, salvo que te diga que soy yo- Dijo con la voz apagada.

 

Parte 2

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