Bailando

Link a Parte 1

 

Parte 2

El viento le silbaba en los oídos y las gotas de lluvia empezaban a caer, enormes, heladas y sin piedad. El hombre se enterraba hasta casi las rodillas y pudo descubrir que no estaba vestido con una ropa convencional, estaba casi desnudo con su remera y sus pantalones de algodón, el frío debía de colarse por los huesos, pero el calor del ejercicio le hacía ignorarlo.

-Ya voy, maldición- Gritaba.

-Hey, ¡fuera de mi jardín!- Y Enoch aferró la pesada herramienta de metal entre las manos.

-Les dije que apagaran la maldita música- Respondió la figura, completamente fuera de sí, retorciéndose sobre sí misma, sin voltear para verlo a la cara

-Que apaguen la maldita música, me está volviendo loco- Gritó, la figura lucía enorme en la penumbra.

E hizo algo inesperado. Empezó a asestar con furia la pala contra la tierra, como si de alguna forma la estuviese atacando, una y otra vez, hasta caer agotado en pequeño pozo. Empezó a cavar con las manos, furioso, ignorando las piedras, la grava, todo lo que le estaba cortando las manos y le enterraba debajo de las uñas.

Enoch estaba detenido en su lugar, los músculos que antes se sobresaltaban con cada sonido ahora se congelaba. La lluvia cayó más fuerte y empapó al hombre que gemía en el barro. Con el rabillo del ojo vio un destello y unos segundos después, un estruendo lejano. Luego todo sucedió al mismo tiempo; el hombre se levantó y se abalanzó contra él, él blandió su maza la cual atravesó todo el espacio vacío que los separaba sin acertar en nada, un destello que lo tiñó todo de blanco y un estruendo inmediato que lo inundó todo. Luego se escuchó un grito y el sonido de la puerta trasera abriéndose.

Cuando recuperó la conciencia la maza estaba a unos cuantos metros de él, sobre el césped esmeralda. Se levantó con cuidado, aun temblando por los restos de la electricidad en su cuerpo. El rayo había caído violentamente en el jardín de al lado, pero había recorrido por sus venas y le había hecho temblar sus huesos. Los oídos le silbaban, y se mantendrían con ese fuerte pitido durante varios días. Ami lo estaba desvistiendo para secarlo e iniciar primeros auxilios. Todo parecía estar bien, solo estaba en shock.

Su mente se fue a la rendija entre el marco y la puerta, espacio por el cual podía ver el cuerpo de un hombre inmóvil.

La policía tardó menos de media hora en llegar. La ambulancia tardó mucho más. El jardín se llenó de luces azules y rojas, como si se tratase de una fiesta a la que nadie quiere asistir y uno a uno los oficiales atravesaron la casa. En la cocina, Ami, aún sin cambiar, aún helada hasta los huesos, preparó café para los uniformados, que escribían un informe de lo sucedido. Como eran padres de un niño con graves problemas de salud, decidieron escribir los detalles del informe en la misma casa, para evitar un movimiento innecesario, aunque aún quedarían trámites por hacer. Les hicieron varias preguntas mientras a sus espaldas los médicos forenses hacían las pericias.

La mañana se apuró y el sol empezó a teñir el lugar de color ámbar. Ambos acordaron que no habían reconocido bien al hombre en la oscuridad, y no conocían a nadie que tuviese razones para hacer eso. Lo que había sucedido. Un oficial llamó de afuera y tuvieron que salir a reconocer al atacante inmóvil, ahora cubierto por una sabana. El cuerpo tenía ahora un rictus relajado, como si estuviese durmiendo profundamente y la mujer ahogó un grito al recordarlo.

-Sí, lo conozco. Es nuestro vecino, el de aquella casa- Declaró y le sorprendieron las lágrimas de sorpresa. Se vio entonces obligada a contar la conversación que habían tenido tres días antes respecto a los ruidos molestos.

Para su tranquilidad, el médico forense anunció

-Puede dejarlos en paz, este hombre murió de un paro cardíaco. No hay señal alguna de pelea o de violencia en este cuerpo, salvo, claro, las hechas por sí mismo-

Ami apartó la vista del brazo del hombre que se estiraba por el césped, la mano en garra que aferraba la tierra a unos pasos de ella. Miró hacia arriba y vio el rostro de su hijo pegado a la ventana. Pero también volteó al otro lado y buscó la ventana donde había visto aquel cadavérico retrato.

-Creo que él vivía con alguien más- Les informó, algo incómoda.

Acompañó a los policías a la casa de al lado, para un reconocimiento fugaz. Empujaron la puerta delantera con los dedos y esta se abrió suavemente, la madera crujiendo ante el movimiento. Al final de las escaleras, en el medio de la habitación caía una silla de ruedas golpeada, el cuerpo de la mujer se había arrastrado por el suelo  y se retorcía, congelada, fría, con los ojos abiertos de par en par y la boca en el medio de un aullido.

Rem bajó lentamente las escaleras, propiamente abrigado y se detuvo en el medio de la cocina, observando con timidez al enorme policía que escribía el informe en una pantalla que parecía un juguete minúsculo en las enormes manos. Abrazó el osito contra su pecho, mientras su madre ponía en un plato las tostadas color caramelo y preparaba las pastillas que debía tomar.

-¿Cómo estas, campeón?- Le saludo amigablemente el hombre al observar la forma en la que le clavaba los profundos ojos oscuros.

-Hay más allí afuera- Le dijo el niño.

-Perdona, ¿qué?-

-Hay más allí afuera- Repitió, entre silencios.

-¡Oh!, sí, hay más señores policías trabajando. No te preocupes pequeño, pronto los dejaremos solos, cuando terminemos-

-No. No ustedes. Hay más allí afuera, entre la tierra- Pronunció cada palabra, lentamente.

La puerta de la cocina se abrió de par en par y un oficial joven y novato, con el rostro pálido y los ojos abiertos, dijo con voz fuerte y temblorosa.

-¡Hay más! ¡Encontramos más cuerpos enterrados!-

Entre la grava negra y oscura descansaba la muñeca pálida y sin pulso de un desconocido.

 

Estuvieron varios días hasta que lograron sacar todos los cuerpos. Ami dio su informe a la policía y decidió mudarse a una habitación de hospital con su hijo, porque simplemente no podía soportar la visión de todos esos cadáveres pasando a través de su jardín. Y a medida que la pala clavaba y se hundía más y más entre los escombros, más antiguos se volvían los cuerpos en descomposición hasta llegar a las blancas y limpias calaveras con huesos. Los acomodaban en unos cajones dentro una vagoneta oscura, hasta que la misma se llenaba y debía irse para ser vaciada y luego volver. La mujer no podía entender como nadie lo había visto, como habían estado debajo de sus pies.

Los policías resolvieron no tocar la huerta, la mantuvieron intacta, mientras desenterraban lo que debía de permanecer enterrado. Para el final de la semana, cuando el jardín entero no era más que una masa de tierra uniforme y negra, finalmente habían exhumado a quienes parecían ser todos.

El cómo todos estos desaparecidos habían llegado a un cementerio sin lápidas ni tumbas era todo un misterio. La pareja quería estar al tanto de las autopsias, temiendo realmente vivir dónde antes había vivido un asesino serial. Pero todos ellos, según informes que jamás entraban en detalle, habían muerto por causas naturales.

Lucía como si algo los llamara a morir en ese lugar. Como si algo los hiciese arrastrar, situación que se había repetido año tras año desde hacía décadas, incluso antes de que la pareja hubiese nacido. Como un cementerio de elefantes.  Lo extraño del caso no los dejaba pasar por desapercibidos.

La enfermedad de Rem no hacía más que empeorar. En su inesperada estadía en el hospital empezó a perder levemente la movilidad de las piernas, y la fuerza de los músculos. El pecho le ardía con cada respiración y el médico a cargo tuvo que resolver cambiar la medicación súbitamente.

Y él jamás se quejaba. Miraba, en silencio, sin pronunciar palabras durante días enteros, sin reaccionar a los pinchazos de las agujas ni a las palabras de aliento de su mamá cuando le tomaba la presión, la temperatura, los reflejos. Miraba al frente, como si viese más allá de todo eso, miraba al frente con una expresión vacía y los ojos cargados de negrura.

Cuando al fin pudieron volver, por primera vez en mucho tiempo, la noche estuvo completamente calma, enteramente silenciosa, solo interrumpida por la respiración, por fin tranquila, de los habitantes de la casa. El silencio era tal que Ami se encontró con los ojos abiertos. Sentía en el pecho que eso era más que silencio, que era sino el sonido de una ausencia forzada.

Era como si la tierra se quejara de su vacío.

Y en la habitación de al lado se lo podía escuchar susurrando en su sueño.

-Ya voy, ya voy, ya voy, ya voy-

Y cuando cosechó al fin las zanahorias, las papas, los zapallos y todas las verduras que su huerta había hecho crecer tan rápido, descubrió que eran rojas. Las tenía un rojo brillante, un color hermoso y extraño. Miró a su alrededor, observó la tierra destruida y removida de su jardín. Rem, silencioso y con los enormes ojos grandes y redondos también observaba.

-La tierra no está feliz- Murmuró.

 

El viento que pasaba entre los árboles hacía un sonido vibrante, mientras los grandes troncos se balanceaban sin su consentimiento. Azotaba las ventanas con fuerza, aún protegidas por las contraventanas de madera, se sentía el dolor de la casa que se quejaba desde su esqueleto. Ella despertó cuando el golpe en la puerta sonó por cuarta vez. Se levantó, automáticamente en la oscuridad y se arrastró afuera. Fue solo cuando se encontró en el pasillo oscuro que se percató de lo que estaba haciendo.

Esperó en silencio, sin poder escuchar nada más que la furia de la naturaleza hasta que los duros golpes en la puerta de la cocina se repitieron, fuertes, rítmicos. Se abalanzó sobre Enoch, despertándolo, avisándole que un loco estaba tocando la puerta a las cinco de la mañana. La luz no estaba cortada, no estaba prendida tampoco, así que decidieron llamar a la policía. Fue cuando ambos salieron al pasillo cuando vieron la delgada, prácticamente inexistente, sombra de su hijo pequeño bajar las escaleras.

Ami se acercó silenciosa, para detenerlo, y lo tomó de un brazo.

-Cariño, vuelve a la cama- Y Rem, en la oscuridad, le clavó los ojos negros, como un pozo infinito, y respondió con un tono de voz que la dejó helada.

-Adiós mamá- Se volteó y siguió bajando los escalones, lentamente –Ya voy, ya voy, ya voy-

Y entonces escucharon esa voz terrosa, esa voz profunda y cavernosa que parecía venir de adentro y de afuera de la casa misma. Esa voz de niño, de hombre, de mujer.

-Ven conmigo, ven con nosotros, ven para siempre-

-Ya voy, ya voy, ya voy- Le respondía, casi en trance.

-Para siempre-

Como un dueto en la orquestra de una catástrofe.

La tormenta viró y las ventanas estallaron, la luz plateada se coló a través de las astillas y los cristales rotos y la música que pasaba a través de los árboles se volvió más fuerte y más furiosa. Rem caminaba lentamente sobre ellos, dejando la huella de sus pies llena de sangre, mientras Enoch los pisoteaba con dureza, intentando detener a su hijo.

Pero cada vez sentía como si se hundiese más y más en el suelo, como si la arena lo rodeaba y lo frenaba mientras que su hijo cruzaba el portal y se detenía en el medio del jardín. Aferraba aún a su osito de peluche. Luego se agachó, y a diferencia de la figura inesperada, furiosa, que se había detenido una misma noche, removió la blanda tierra.

La luna iluminaba levemente el rostro del niño, la piel pálida y ya sin vida, cuyo interior no era más que polvo que volvía al polvo. Se enterró con suavidad, se acostó en el barro y la piedra y se tapó con el manto, el suelo se le cerró encima como un abrazo cálido. Y él pensó que realmente no tenía por qué volver arriba, si allí abajo se estaba tan bien.

Y la tierra misma bailó, contenta de volver a llenar su colección.

Anuncios

Un comentario en “Bailando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s