La calidez del frío – Parte 1

El calor se deslizaba lentamente por las calles y las avenidas, invadiéndolo todo con su naturaleza viscosa, cubriendo cada centímetro de la turística ciudad. Abajo, las veredas, la playa y el mar eran invadidos por turistas alegres y risueños; arriba, desde las nubes, caía la nieve. Una nieve brillante y perlada, como pequeños diamantes que brillaban con colores, la nieve caía y se acumulaba en los techos, en los rincones.

En las afueras de la ciudad, dónde los limpianieves no pasaban, la iglesia resaltaba sobre el blanco fondo. Matthew se arrodilló frente a la cruz, temblando. En el altar, la cruz del hijo del Dios se alzaba alta, y en los ojos agonizantes de la figurilla parecía no haber piedad. El rostro sin pupilas, tallado en la nudosa madera, abría la boca en una mueca, pero ante los ojos del sacerdote esa mueca era la única señal de esperanza a la cual podía aferrarse.

De una forma casi irónica para el cura, desde una pequeña rendija entre las tejas del techo se colaba un diminuto torrente de copos de nieve, el cual caía perezosamente haciendo pequeños patrones en el aire con sus fractales perfectos, hasta caer sobre la madera del altar. Se derretía en un sonido parecido al agua hirviendo y allí donde caía dejaba una marca levemente negra, como si se tratase de una quemadura.

Allí dónde la nieve se amontonaba en mayores cantidades durante demasiado tiempo, la superficie se quemaba y se volvía color carbón incluso la piedra. Pero a nadie parecía importarle. Los turistas hormigueaban entre el paisaje helado, acarreando cámaras grandes o pequeñas, haciendo reportajes y sacando de sus bolsillos enormes billeteras; tal que los negocios empezaban a organizar las actividades para la temporada de nieve cálida del año siguiente.

Pero primero tenían que sobrevivir hasta el siguiente año. Matthew se levantó con cuidado, limpiando el arroz de sus rodillas y miró la catedral casi vacía. Los asientos estaban ocupados solo por un par de personas, la mayoría mujeres mayores que iban a dar las gracias por la buena temporada, por nieve cálida, milagro de Dios. La puerta chirrió al abrirse y un joven atravesó la sala, con sus zapatos sonando fuertes con cada paso y replicando cada pisada con un eco.

-Buenos días Matthew- Era lunes, temprano por la mañana, y la ciudad estaba ya en movimiento –No deja de nevar, ¿eh?- Agregó con media sonrisa el monaguillo.

Al parecer era al amanecer dónde se podían conseguir las mejores fotos de este fenómeno, con los colores anaranjados del cielo volviéndose un caleidoscopio entre las nubes cargadas de nieve.

Matthew respondió con expresión seria y luego entregó su llave al joven.

-Nieva sin parar- Repitió. Desde que eso había empezado a caer que no dejaba de nevar –Tengo que marcharme. Cuida de la iglesia- Se acomodó la ropa negra y encaminó hacia la puerta.

El monaguillo lo observó, sonriendo para sus adentros. Incluso para ser un monaguillo, él creía que todos los curas terminaban locos, pero Matthew, a sus casi cincuenta años, era demasiado joven incluso para eso. Es la falta de sexo, solía decir. Lustró la mesa y encendió las enormes verlas doradas.

El día empezaba temprano. Los niños hacían angelitos en la nieve, aún en sus trajes de baño, mientras sus padres tomaban sol a su lado en la playa. Las parejas más acomodadas desayunaban en algún restaurante. El hombre se abrió paso entre la multitud que cargaba sombrillas, bolsos y sillas. En el medio de la plaza central se paraba un anfiteatro, una plataforma de un metro de alto rodeada de césped blanco por la cálida helada.

Un copo de nieve se coló en el cuello de su camisa, haciéndolo estremecer. Parándose allí, revisó una vez más sus papeles y se aclaró la garganta. Con voz solemne y fuerte empezó entonces a narrar.

-El fin del mundo ha llegado, y está disfrazado de blanca nieve. ¡Esto no es sino un síntoma del apocalipsis, la fiebre de la infección!- En su cabeza, Matthew era levemente consciente de que estaba siendo ignorado, pero aun así blandía los papeles en su mano haciendo amplios arcos.

-¡No le den las gracias a la nieve cálida!-

El cura no podía competir. El agua tibia de nieve con pequeños copos brillantes flotando sobre la espuma, la arena caliente, blanca y fina cubierta de hielo blanco, el crujido del mismo hielo al caminar sobre él, la atmósfera nevada y el buen clima no dejaban que a nadie se le bajara el ánimo.

 

Tenía un pequeño rebaño. Unas pocas ovejas nerviosas, que temblaban con cada balido, y que de no lucir tan simpáticas con su lana castaña, darían una triste y miserable impresión. El hombre tenía ya unos sesenta años, de los cuales cincuenta y cinco había trabajado en el campo. Pero por razones económicas, el terreno se fue reduciendo con los años y ahora no le quedaba más que una parcela mediana.

En algún momento de ese largo proceso, decidió que dejaría de preocuparse tanto, siempre y cuando el dinero le alcanzara para una botella de cerveza cada semana. Caminaba el pequeño rebaño por campos amigos y por el costado de la ruta, dónde los animales eran libres de mascar el pasto fresco.

Esa mañana se despertó aún más temprano que el amanecer, incómodo por el calor. Saludó a la foto de su esposa y caminó a la vieja heladera, dónde encontró un plato de arroz, pollo y agua. Desayunó, se puso una vieja camisa, y se guardó los restos para el almuerzo. Hizo todo este ritual con nerviosa tranquilidad. Cerró la puerta con llave y marchó, acompañado de sus fieles perros.

El paisaje cambiaba antes sus ojos. La ruta había estado demasiado transitada debido al fenómeno, tal que hacía un par de días casi había perdido una de sus ovejas a manos de un conductor desprevenido.

-¡Mire lo que hace con sus animales!- Le habían gritado desde el auto.

Él podía darles de comer dentro de los establos pero no era lo mismo, simplemente necesitaba que ellas hiciesen ejercicio. Él conocía bien a sus animales y sabía que se ponían contentas con el paseo. Además él también lo necesitaba, aunque salía a caballo en un trote suave, el ejercicio descontracturaba sus huesos. Con un grito las arreó hacia la ruta, por el momento, desierta.

Amaneció y la niebla cálida no se disipó pero se volvió más espesa. El camino seguía estando completamente vacío, lo cual era raro, pero el efecto no duró mucho cuando el tránsito empezó a aparecer poco a poco. Llegó la media mañana y no mucho más tarde, el mediodía. Esto no diluyó la niebla sino que la compactó, todo a una altura menor. Ahora era solo una opaca nube a la altura de las rodillas. Le pareció observar como algunos autos intentaban salir de la ciudad para luego cambiar de opinión y volver.

Arrió el rebaño, que lucía extrañamente inquieto, y los hizo caminar al costado de la ruta. Al principio pensó que se trataba de un espejismo, por lo que lo ignoró; hasta se encontró frente a él. El muro de nieve se levantaba, alto, más alto que dos hombres, como una pared blanca o como un horizonte finito. Miró hacia sus costados, pero la nieve se extendía aún más allá.

Se acomodó la gorra sobre los ojos, casi incrédulo.

 

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