La calidez del frío – Parte 2

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La pared medía más de tres metros de alto, y parecía alargarse hasta no tener fin. Algunos hombres se largaron a la carrera, a través de campo traviesa, para descubrir que el muro rodeaba a la ciudad. En ambos lados se organizaba un embotellamiento entre las personas que querían entrar y las que querían salir.

-Algo que se podría ver en invierno, tras una ventisca o una larga tormenta, lo vemos aquí, en pleno verano. Las causas de este enorme montículo de nieve que impide el paso son tan misteriosas como las causas de este fenómeno en sí- Una reportera de la capital que se había instalado en la ciudad desde la semana anterior para cubrir la noticia, casi vociferaba–Se estima que es un trabajo para dos días, tres en el caso de alguna complicación, pero se cree que todo volverá a la normalidad-

El televisor se llenaba de interferencia cada quince minutos, el viejo modelo lucía como una enorme caja negra a la cual le habían pegado dos alambres y seguía sobreviviendo a la era de los anoréxicos electrodomésticos. Solo el hombre detrás de la barra, que preparaba los tragos y los daiquiris casi de forma mecánica y el hombre que había arreado las ovejas hasta la misma pared le prestaban atención a las imágenes borrosas en la pantalla.

El lugar estaba lleno como lo había estado nunca, un pequeño puesto de madera a cielo abierto en una noche limpia, estrellada y llena de nieve. Era increíblemente romántico, algo mágico, anunciaba otra voz en los parlantes y el público se volvía loco.

-Lo bueno es que solo hay que cavar el agujero de un solo lado- Comentó un amigo al otro.

El dueño de las ovejas había terminado su trabajo temprano y había conducido a la ciudad. Se había bañado, pero sabía que siquiera la más romántica de las noches iba a conseguirle una compañía, ni tampoco estaba demasiado interesado al respecto. Incluso había olvidado frotar ese lugar detrás de las orejas y la parte de atrás de las rodillas.

-Te digo, a mí me sacaba unos cuantos metros. Y yo estaba arriba de Negro- Negro era su caballo, irónicamente, de pelaje plateado.

-Tres metros no son muchos metros- Agregó un tercero. Los tres hombres se apiñaban en ese rincón de la barra, tres ancianos en un mar de jóvenes –Igual, te lo juro yo por la mujer que no tengo, que quemaba. Me arden las manos y tengo ampollas por todos lados. Imposible de apalear-

-Mañana llevo yo mis palas. Seguro que si cargamos todo arriba del carro, Negro nos ayuda a despejar la nieve- Acordó con un poco de esperanza el segundo hombre. Ya se había destinado un grupo de hombres para trabajar en ello, pero los ancianos habían decidido adjudicarse parte del trabajo.

El bartender preparó otro mojito más y miró con desconfianza el cielo. Estaba completamente despejado, una oscuridad clara sin ningún manchón de nube, y aún así la nieve aparecía en el aire.

 

El muro, ahora claramente de más de tres metros de alto, se levantaba burlón.

Los hombres clavaron las palas, frustrados, mientras escuchaban el sonido ahogado de una grúa trabajando en el otro lado. La pared no solo había crecido, había engordado también en ancho. Ellos ya habían cavado esa parte, pero algo sucedía durante la noche que hacía retroceder el progreso que se había logrado con un día de trabajo. Cada mañana amanecía la niebla blanca y espesa como el algodón; y la pared risueña e inmóvil, devoraba el paisaje con voraz apetito.

El primer cadáver le pertenecía a un joven de unos veinticinco años. El cuerpo descansaba boca abajo en la calle, cubierto por una manta blanca que solo dejaba entrever su cabello de colores. Estaba desnudo de la cintura para arriba y le faltaba una bota. Descansaba en la esquina, con los ojos cerrados y los brazos un poco abiertos, tal que parecía que dormía. La frazada que lo cubría le ahogó con su peso, con un abrazo que no lo dejó respirar mientras le quemaba la piel, lentamente.

Un pequeño grupo de personas, como una audiencia nerviosa, se agolpó alrededor del joven, mientras lo cubrían con una sábana y cargaban su cuerpo sin vida en la parte de atrás de una ambulancia. Matthew resaltaba entre el público, como una enorme figura negra que se tragaba las palabras,  porque bien sabía que cualquier comentario estaba de sobra en la situación. Acomodó sus papeles y sus biblias en los brazos y cuando los paramédicos finalmente se llevaron cadáver que aún quemaba y cuya piel se había tornado negra como un carbón, el sacerdote dio media vuelta y se marchó.

El terrible descubrimiento recorrió rápidamente la ciudad de boca en boca, incluso antes de que los medios cubrieran la noticia de una forma tranquilizante, asegurando que las causas de la muerte no tenían que ver con la nieve sino con las drogas y el alcohol. Que los turistas podían seguir disfrutando del inocente fenómeno.

Los negociantes de la ciudad se sumaron al movimiento, culpando al muerto cada vez que su nombre se murmuraba en alguna cercanía.

-Ese chico se murió de sobredosis. Yo lo vi, bueno, en realidad lo vio mi primo; y me dijo que aún tenía la aguja clavada en el brazo. Te puedo ofrecer este suvenir, un recuerdo perfecto para su familia y amigos, le dejo dos al precio de uno. Ya no me quedan juguetes para la nieve en la playa, pero dentro de poco voy a tener más. Por el momento puede llevarse el frasquito original de nieve mágica, atrae salud y buenas vibras a la casa-

Los restaurantes sacaban los carteles afuera:

-Tragos helados en nieve caliente. ¡Solo acá!-

Era como si no quisiesen admitir su miedo, una semilla en lo profundo de su pecho que poco a poco iba arraigando sus raíces. Todos parecían dispuestos a distraerse, incluso aquellos cuya estancia se alargó forzosamente, y recurrían a diversiones cada vez más frenéticas.

 

Del otro lado de la pared de nieve, del lado de aquellos que no podían entrar, la grúa había desaparecido esa mañana. Dónde antes se había parado había ahora solo una enorme pared blanca. Del lado de adentro, las palas apenas lograban rasguñar al monstruo blanco. Los trabajadores se comunicaron con dificultad en una llamada que se cortaba, tal vez debido al pobre estado de las antenas telefónicas.

Finalmente, los hombres de afuera  de la pared decidieron que sin la grúa era imposible continuar el trabajo, dejando así al equipo de trabajadores de adentro completamente solo. Los esfuerzos se duplicaron y trabajaron por turnos, sin detenerse, durante cuatro días, al cabo de los cuales lograron hacer un túnel, tan grande como para dejar pasar un auto. La construcción, sostenida por pilares de madera, era estable.

Negro, el caballo color claro, dio una vuelta dificultosa mientras su dueño lo tranquilizaba. Cinco hombres cavaban, con la esperanza de que no quedase demasiado trecho, con la esperanza de que cada clavada con la pala fuese la última. Se daban ánimos con las voces cansadas, mientras cargaban la nieve en la vieja carreta. El caballo movió las patas y relinchó, haciendo que el viejo campesino le palmara el cuello y lo convenciera de quedarse quieto.

Las manos callosas del viejo hombre estaban enrojecidas debido al constante trabajo con ese material caliente. Tenía otro amigo que le ayudaba, haciéndose cargo de sus ovejas, pero cada noche al volver a casa veía como el rebaño se volvía cada vez más flaco y aún más nervioso.

-No comen. El pasto está demasiado caliente, no lo sé. Pero yo las llevo y lo único que hacen es balar al cielo, temblar y no comer- Le había dicho el viejo amigo al otro.

Pero esto ya estaba por terminar. En cualquier momento las palas se clavarían en la nada misma y el túnel llevaría al otro lado. Por alguna razón la idea de terminar con el túnel era igual a la desaparición de todos sus problemas. Se aferraban con demasiada fuerza a esa esperanza, tal que.

La pala hizo un ruido extraño al clavarse y Negro relinchó nervioso, tal que el anciano creyó que estaba a punto de perder el control del caballo.

-¿Qué fue eso?- Dijo con voz carrasposa el anciano, y los hombres empezaron a cavar alrededor.

Limpiaron con las manos enfundadas en los guantes y grueso metal pintado y el calor traspasó la tela protectora. El metal ardía.

-No sé, parece un auto- Dijo uno de ellos, aunque bien sabía que no parecía un auto. Afuera el sol salía sobre la niebla multicolor que caía sobre la zona, y el hombre tenía la mente cansada y confundida.

Fue el segundo hombre del grupo el que entendió lo que estaba pasando, al descubrir la enorme pala amarilla. La grúa lucía como un cadáver, como los restos fósiles de una esperanza largamente muerta y abandonada. Siguieron trabajando, extrañados, intentando rodear el vehículo mientras el anciano caminaba, un poco adolorido hacia afuera. Negro volvió a relinchar y movió nervioso las patas, dando unos pasos adelante, pero el viejo campesino le ordenó.

-Tranquilo Negro. Ya vengo, amigo- A lo que el caballo volvió a hacer lo que estaba haciendo, nervioso y frustrado.

 

Otro de sus compañeros estaba afuera, cortando la madera que hacían los pilares del túnel y cargándola en la parte de atrás de una camioneta. El anciano le llamó la atención con un silbido y le gritó.

-¡Hey! ¿Podrías llamar a alguno de los trabajadores del otro lado? Necesito hablar con ellos-

-Me fijo que puedo hacer- Le respondió y dándole la espalda, marcó el número. Mientras escuchaba el tono de llamada afectado por alguna especie de estática, pudo escuchar los relinchos del caballo, los gritos del anciano y las voces de sus compañeros.

El anciano volvió hacia el interior del túnel, con paso cansado y decidió apoyarse brevemente en uno de los pilares. Fue en ese momento en el que se dio cuenta que algo estaba mal, que la madera se estaba quemando lentamente, como una brasa negra y cuando quiso apartarse fue demasiado tarde.

El intento de llamada se interrumpió y el carpintero se volvió para avisarle a gritos que seguía sin funcionar la línea. Frente a él se cerraba una pared blanca. Una pared, redonda, suave, un blanco ininterrumpido. Tardó unos momentos en darse cuenta de lo sucedido y cuando lo hizo empezó a gritar, mientras hundía las manos y el cuerpo en la nieve. Desesperado, con la garganta ardiendo y no fue hasta varios minutos después que se dio cuenta de dos cosas.

La primera, que era realmente inútil. Todo el equipo de trabajo y el caballo plateado habían muerto inmediatamente, al momento en el que la avalancha muda cayó sobre ellos. La segunda es que toda su piel estaba roja y que lo invadía un calor impresionante. No se había quemado, y se apartó a tiempo, necesitando de golpe nieve verdadera, nieve helada.

Lo encontraron allí, con el cuerpo enfebrecido, maldiciendo a la nieve con los ojos perdidos en el cielo.

 

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