La calidez del frío – Parte 3

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La mala noticia aún no había recorrido la ciudad, cuando Matthew se dirigió, al amanecer, minutos antes de que la ciudad despierte del todo, al anfiteatro. Tomó ambas cadenas y se rodeó el cuerpo con ellas. Apretó un poco y pasó el candado. Paró el cartel a su lado, una enorme madera con grandes letras rojas que rezaban ‘Dios me salva’.

Se sentó allí, aún vestido en su mejor ropa de misa, mirando al suelo. Tras una hora unos cuantos curiosos se arremolinaban a su lado. La mayoría se reía con burlona crueldad, solo un par de transeúntes se detuvieron para rezo breve. Era ya la media mañana cuando se le acercó un policía. Golpeó las cadenas con el bastón, pensativo, mientras le preguntaba algo a lo que el cura respondió casi inmediatamente, sin levantar la vista del suelo.

-Esto es una huelga de hambre. Protestaré hasta que esta ciudad le deje de rendir culto al Anticristo-

El hombre en el traje azul largo un silbido.

-Anticristo. Por favor, necesito que se marche. No está permitido hacer esta clase de exposición en este lugar-

-No tengo las llaves-

-Entonces llamaremos un cerrajero o a alguien que corte el metal-

-Me pondré otro candado y otra cadena- Resolvió, paciente, el cura.

El policía negó con la cabeza mientras hacía un chasquido con la lengua, desaprobando la situación. Discutieron un rato, al principio amablemente, hasta que al final ambos terminaron intercambiando las opiniones a los gritos. La discusión, que no iba a ningún lado, se resolvió con la salida enfurecida de uno de ellos, mientras que el otro no tenía a donde ir.

El monaguillo, el ayudante joven, se acercó con paso apurado. No llevaba uniforme de Iglesia, y lucía realmente frustrado. Se agachó a la altura de su superior y le interrumpió la vista con las manos.

-Tierra a Matthew, ¿qué, ya te volviste senil?- El cura tomó su mano y puso algo en la palma de ella.

-Cuida de esto- Era la llave del candado. Había cometido el pecado de la mentira, que Dios le perdone, aun siendo Dios un ser que no se destaca por su piedad.

El joven observó de cerca el candado que unía la tensa cadena, uno viejo, grueso e increíblemente pesado. Iba a ser difícil cortarlo pero no imposible. Iban a necesitar un soplete.

-No. Nos vamos- Y se acercó, dispuesto a sacar la cadena del senil anciano.

El hombre le impartió un codazo en el estómago, que lo sorprendió sin aire y lo hizo caer al suelo con un gesto de dolor. Intercambiaron dos miradas pesadas. El chico, que ya era un adolescente, lo taladró con la mirada.

-Está bien, que así sea- Y guardó la llave en uno de los bolsillos.

La iglesia cerró esa mañana para no abrir al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente. Mientras los suplicantes se reunían alrededor del convaleciente mártir, el edificio se abandonaba a su suerte. Sin cuidador alguno, la pequeña rendija en el techo que dejaba caer el hilillo de nieve se ensanchó. Y no tardó demasiado en inundar el lugar con ardiente blancura, quemando la cruz, las velas, las paredes, volviéndolo todo negro, todo carbón.

 

La falta de comida se notó tras ese fin de semana. Los medios no sabían cómo llamar esta situación sin salida. Aún por cualquier medio, eligiendo cualquier camino e incluso cruzando los campos, no había salida de la ciudad. El muro los separaba del mundo exterior. Cada día avanzaba unos metros.

Resolvieron trasladar a las personas más allá de la pared a por mar. Se acomodaron dos botes pesqueros y los primeros turistas capaces de pagar el pasaje se subieron con sus maletas. Solo unos kilómetros adelante fue cuando se percataron, cuando chocaron con la pared. El capitán logró detenerse justo a tiempo y dar señal de alarma. Frente a él se extendía hasta el horizonte una llanura de mar congelado. El hielo brillaba con los cristales de sal y se extendía a paso lento como un manto helado.

El pescador se asomó por la borda y extendió la mano hasta tocarlo, luego cayó hacia atrás en el piso del bote, moviendo la barca violentamente, impulsado por gritos aterradores. Se aferraba la mano ampollada.

-¡Quema como la brasa!- El más inteligente de los pasajeros dio vuelta una heladera llena de hielo y pescado fresco.

El hielo real, el propio, el original calmó la sensación de la mano chamuscada.

No fue sino hasta dos días después que el hielo finalmente cubrió toda la costa. La rapidez con la que avanzó los últimos metros, con ansiedad de devorarlo todo, había helado las olas a medio romper, con su espuma como una nieve brillante, transparente, engañosa. Se cercó la playa, porque el mar helado ardía tanto que incluso el pararse a unos pasos hacía que uno se quemara por el calor emitido.

-No se desesperen. Es imposible que estemos atrapados- Dijo esa tarde el intendente de la ciudad, en un acto público.

Arriba el cielo ya no brillaba, se tapaba una bóveda de lluvias negras, pesadas, amenazantes.

-Pronto vendrá la ayuda. Por el momento hemos de pedirles que no se queden afuera durante mucho tiempo, cada uno en su casa o en su habitación de hotel. Los suministros que quedan se dividirán, con prioridad de porciones a aquellas familias con niños, bebes, o embarazadas. Juntos y unidos, podemos-

Las góndolas empezaban vaciarse y los restaurantes, tras varios días de tachar opciones del menú, empezaron a cerrar.

Siquiera se llegó a la segunda semana desde el encierro cuando se organizó la primera revuelta. Hombres y mujeres empezaron a empujar las puertas cerradas de un supermercado haciendo temblar los vidrios y rompiendo otros. La reja protectora dividía al dueño, que se había encerrado con su esposa y sus cuatro hijos adentro. Él sabía que no tenía forma de volver a salir al exterior y se preguntaba cómo reaccionaría él mismo cuando pasaran dos semanas sin comer, un mes, dos.

Una mañana se levantaron y la nevada llegaba hasta las rodillas. Tibia y amigable, era la primera vez que había caído tanta, tan de golpe. Se llamaron voluntarios para apalearla nieve, al menos amontonarlas en las esquinas, para así facilitar todo el tránsito.

Fue recién cuando se descubrieron los primeros metros cuando se percataron de que abajo, incluyendo las plantas, incluyendo los ventanales, incluyendo las piernas de los mismos voluntarios, todo se había vuelto negro. Como la noche, como la ceniza, como la madera que arde, como la oscuridad.

Al día siguiente, la nieve duplicó su altura, llegando así hasta la cadera. Cuando llego al pecho fue cuando nadie se ofreció de voluntario, sin importar la red de llamadas y de contactos virtuales que comunicaban hogar con hogar. Pronto la nieve tapó las casas. Y la cuidad quedó en silencio.

 

Matthew se sentaba solo frente a una audiencia de fieles muertos. Había dejado que sus ojos se cerraran, la noche anterior, había dejado caer la cabeza sobre su pecho, y cuando despertó, unas horas más tardes, la nieve había tapado a los creyentes. Ellos seguían sentados, pero con las cabezas ladeadas en un movimiento terrible, sin respirar. Aún se seguían tomando de las manos por arriba del nivel de la nieve, manos que enrojecían por el calor.

Poco a poco vio como nevaba hasta que el manto blanco traspasó el nivel de las casas, como si un enorme pozo blanco estuviese hundiéndolo. Pensó que estaba delirando, enfebrecido por el hambre y la sed. Pero en cuanto recobró la consciencia se percató de que la nieve no caía sobre él.

Quiso comprender que Dios lo había elegido, de que Dios lo había salvado, a él, solo a él y que podría caminar entre la nieve sin pasar por sufrimiento alguno porque era el elegido. Las cadenas tintinearon cuando el cura, desesperado, intentó incorporarse.

Las cadenas tintinearon con el golpe, pero no cedieron. Le rodeaba las piernas y el pecho, mientras lo ataba fuertemente contra la columna. Observó el enorme candado y buscó en sus bolsillos, pero no tenía la llave. Y dejó caer hacia atrás la cabeza, observando el profundo cielo gris.

Pidió por agua, pidió por comida, repitiendo los rezos sin parar, hasta que volvió a delirar, producto del hambre. La realidad se mezclaba con la fantasía mientras su cabeza le daba vueltas. Fue allí cuando se percató de que Dios, si había uno, no lo había salvado. Le había otorgado una muerte especial.

Blanco, todo era blanco. El cura se dejó caer, agotado y cerró los ojos, buscando un poco de oscuridad.

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