Durante el Aire Parte 2

01- Durante el Aire

Primera Parte

Segunda Parte

Cuando despertó sintió que tenía brazas en la boca. Intentó emitir algún sonido de ayuda pero en vez de eso un hilillo de voz apenas audible logró salir de su garganta. Intentó moverse, aún un poco somnoliento, y fue en ese momento en el que sintió un tirón en el brazo. Abrió la ventana completamente, afuera se veía todo blanco mientras se atravesaba una nube, pero Rob sintió ese blanco solo significaba que dónde sea que estaban, simplemente estaban demasiado lejos como para poder volver.

Cuando sus ojos lograron adaptarse a la súbita luz la sangre en sus uñas. El brazo le ardía. Lo acercó a la luz y vio cómo su piel estaba plagada de lunas moradas, pequeñas, pero visibles. Y sintió el picor insoportable que subía por su brazo hasta su hombro y creyó que su cuerpo estaba también lleno de lunas, como astros, como una galaxia, morada, enfermiza. Se atropelló hacia el pasillo, golpeando con fuerza a su compañero de asiento (Amigo, ¿qué le pasa, maldición?).

Atravesó el lugar en unas pocas zancadas e intentó abrir la puerta del baño, la cual estaba iluminada roja, de ocupado. Golpeó con fuerza la puerta, haciendo temblar el plástico y casi quebrando las ligaduras del esqueleto de aluminio. Una azafata le aferró el brazo, ese brazo, intentando detenerlo.

-Sir, please, calm down- Y luego se apartó con un grito ahogado al ver las manos cubiertas de sangre seca.

Una de ellas le ofreció una toalla húmeda, la cual él aceptó para limpiarse vagamente antes de dejarla sobre la mesada. Intentó hacer la mímica de que necesitaba agua, mientras apoyaba el hombro contra la pared suavemente. La puerta se abrió con un crujido y un hombre salió del baño dirigiéndole una mirada furiosa mientras el entraba atropelladamente. El agua fría le calmó el ardor y observó las largas heridas, como se había rascado la piel mientras estaba durmiendo. Bajo la sangre descubrió aún más lunas y en el momento en que él estaba clavando los ojos le pareció ver como brotaban más y más. Sintió una mano en el hombro y se volteó para ver a la azafata ofreciéndole, con mirada asustada, una botella de agua.

La abrió y la tomó de un sorbo, pero el agua no lograba humedecer su garganta. Era como si hubiese comido arena, como si hubiese tomado puñados y puñados de ardiente arena blanca, bajo el violento sol del mediodía y se los hubiese tragado a la fuerza, sintiendo como cada metálico grano le quemaba la lengua, la garganta, bajando hasta un torturado esófago. Y como el ardor en el pecho crecía, no sobre su piel sino del lado de adentro, como si una duna estuviese bailando en su cuerpo.

Con la voz ronca pidió.

-Doctor- Y señaló, entonces, sin vergüenza, al estado de su brazo. Las mujeres lo llevaron afuera, donde intentaron desinfectarlo con un líquido amarillo y pese a que Rob se dejó (a esa altura cuanto más mal le podía hacer), ni dejó de pedir –Doctor. Necesito un doctor. En el avión. Una persona. Doctor-

Le pareció que alguien se levantaba de esa zona del avión y pasaba a su lado, hacia aquella parte del avión que era la primera clase. Escuchó unos murmullos, mientras él seguía balbuceando, perdiendo cada vez más la voz.

Una mujer, delgada y con una arrugada camisa blanca emergió tras la cortina. Debía tener alrededor de treinta años de edad, tenía el pelo acomodado en una coleta, pero aun así algo desprolijo, y se veían algunas canas cruzando la oscura cabellera. La piel era morena, mucho más que la de él, y forzó un gesto cansado en una amplia sonrisa. Sus dientes eran completamente blancos.

Estaba acompañada de un hombre canoso, de unos cincuenta años de edad. Tenía una leve tendencia a encorvarse, como todas las personas que han trabajado de parado frente a un escritorio alto. Tenía las manos nudosas y le faltaba un dedo.

-Yo hablo español, un poco- Comentó él, sin sonreír –Ella ser doctor, para ayudarlo a usted-

Rob hizo una corta reverencia con la cabeza y se acercó a ella, con el brazo extendido y aferrándose el antebrazo, como un drogadicto que ha tenido un problema y que no puede sacarse la aguja del brazo.

La mujer se inclinó con curiosidad y tomó unos guantes de cirujano del paquete estéril que una de las azafatas le ofrecía. Apretó las lunas, extrañada, y frotó la piel, esperando algún tipo de reacción. Luego intercambió unas palabras con el hombre en algún lenguaje inentendible.

-¿Hace cuánto que están las marcas?- Tradujo con dificultad el hombre y Rob levantó tres dedos en alto. Hace tres horas. Luego intercambiaron una serie de preguntas más, que iban desde ser alérgico a haber sido mordido por algún insecto.

Rob enfatizó en el ardor del pecho, pero la mujer descartó el síntoma, adjudicándolo a algún problema de la dieta.

-Es probablemente una reacción del cuerpo- No es nada de qué preocuparse, completó Rob en su mente. Era eso lo que siempre decían los doctores a los pacientes que iban a su consultorio. Es una nimiedad. Esto le pasa a cualquiera. Tuve quince casos la semana pasada. No es nada de qué preocuparse.

Inmediatamente después de eso, el paciente moría, pero aun así el médico no admitiría su error.

-Esto es solo producto de una fuerte somatización. Usted está exagerando-

Se imaginó muerto, allí arriba, su cuerpo siendo trasladado a través del estrecho pasillo, su compañero de asiento cargando la cabeza descuidadamente y una azafata tomándolo de las inertes piernas. Los pasajeros del avión durmiendo, con los antifaces sobre los ojos, las almohadas en el cuello y la boca abierta, mientras otros reían con la boca llena de snacks fritos con los ojos clavados en la pequeña pantalla frente a ellos.

Finalmente llegarían al final del todo del avión y abrirían un enorme cajón refrigerante, con el vapor del hielo saliendo como nubes blancas, e intentarían que el torpe cuerpo cupiera allí adentro, pese a que él era demasiado grande como para entrar cómodamente. Le apretarían la cabeza con fuerza, quebrando los ligamentos del cuello y cerrarían la heladera de un portazo.

Y se olvidarían de él hasta redescubrir el cuerpo, varios viajes después, donde lo moverían a bodega y lo perderían, al igual que el resto de su equipaje.

Mientras tanto, el desconocido que solía sentarse a su lado se acomodaría largamente en los dos asientos y dormiría a pierna tendida el resto del viaje.

 

Tercera Parte (Y final!)

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2 comentarios en “Durante el Aire Parte 2

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