Durante el Aire Parte 3

01- Durante el Aire

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Final

Al volver, tal desconocido se había movido a su asiento, al lado de la ventana. La había cerrado y estaba durmiendo incómodamente (sé que quieres mi lugar, sé que quieres ambos lugares para dormir mejor) sobre la pared. La medica le había puesto un vendaje, a presión y firmemente, para evitar que siguiera mutilándose la piel con las uñas. El pico crecía, le molestaba, e intentó observar por debajo de la remera si las lunas habían aparecido ya en el hombro o en el pecho. Sentía que estaban escondidas, en alguna parte del cuerpo que no podía ver.

Como si estuviesen esperando el momento en el que él bajara la guardia para volver a atacar.

Agitó la cabeza de lado a lado e intentó tranquilizarse. Le dolía el pecho debido a la creciente ansiedad. Encendió la pantalla y seleccionó la opción de la cámara del avión. Aún estaban cruzando el océano, pero cada vez más cerca de la tierra. Tres horas. Solo tres horas. Y se quedó allí, mirando la pantalla sin querer sacar la vista de allí, observando los colores verdes y azules sin ningún morado, y el dibujo del aeroplano como un juguete que alguien dispuso sobre un planisferio.

Se sobresaltó cuando, una hora y media más tarde las luces volvieron a encenderse y el olor a café y a salchicha, porque algunos seres degenerados seguían mezclando el desayuno de los huevos revueltos con el café, invadió el lugar. Una azafata indistinguible del resto empujó el carro con parsimonia deteniéndose ordenadamente en cada línea.

-Sausage with eggs or pudding?-

Rob señaló a una de las botellas de agua plástica en silencio, y la mujer accedió, dejándole también la bandeja de salchichas. Volvió a mirar la pantalla, intentando, finalmente, procesar la información que titilaba levemente con color azulado. El avión estaba ya sobre la costa, estaba ya sobre la tierra. Faltaban unos cuarenta minutos para aterrizar y Rob pudo sentir en su cuerpo el vértigo del avión cayendo ordenadamente sobre la pista, el golpe de la enorme maquina apoyando las ruedas que, en comparación, eran diminutas.

Como las pequeñas garras de un ave.

Volvió en sí y cortó con el cuchillo la salchicha de terrible aspecto, sin asco. Devoró la comida sin poder saborearla debido a la garganta reseca. Era el primer alimento que había tenido en muchas horas, por lo que el estómago empezó a doler, en forma de queja, al momento de terminar la comida.

-Tranquilo, amigo- Le aconsejó su compañero. Él también estaba comiendo el mismo menú, solo que había dejado la mitad de la carne y se había terminado todos los huevos –Vas a devolver todo si comes tan rápido, amigo-

La idea le hizo revolver el estómago, por lo que se encorvó más sobre sí mismo. Se imaginó que de adentro suyo salía un líquido morado y espeso, como un almíbar, como el interior de aquellos chicles de uva. Sintió la necesidad de sacarse el vendaje y observar su brazo, esperando lo peor. Esperándolo verlo morado, hinchado y putrefacto.

Se rascó arriba de la tela, impaciente.

-¿Qué hay contigo hoy, eh?- Le volvió a llamar la atención –Te pusiste pálido-

Inconscientemente levantó la manga de su remera y se rascó el brazo debajo, allí donde brillaba en su piel una pequeña luna morada.

Rob se abalanzó sobre él, tomándole el brazo y observándole la anomalía en su piel con los ojos bien abiertos.

-¡Hey!- Se quejó el hombre enfurecido, liberándose con un tirón súbito. La bandeja amenazó con caerse de la diminuta bandeja plástica y el agua salpicó fuera del vaso, mojándole la rodilla del pantalón.

Pero le había dado el tiempo suficiente a Rob para darse cuenta del error que había cometido. A lo largo de la piel del hombre habían brotado las lunas, como ojos monstruosos bien abiertos en la oscuridad. Sintió un sabor ácido en el paladar y Rob se atropelló nuevamente por el pasillo, para encerrarse en el baño. Vomitó sobre el inodoro y cerró la tapa sin querer ver cuanta parte de sus paranoias se habían cumplido ya.

Se lavó la boca y la cara varias veces, escupiendo en el torrente de agua. Sintió como llamaban suavemente a la puerta y una mujer le preguntaba.

-Sir, are you all right? Do you need medical assistence again?-

Él lo había contagiado. Tenía que avisarle, tenía que decirle que en aproximadamente una hora empezaría a tener sed y mareos, luego la piel empezaría a picar y, maldición, sentía que todo su interior estaba en llamas. Se miró al espejo y descubrió que un hilillo de sangre mesclado con agua y saliva corría desde la comisura de su boca. ¿Había vomitado sangre o se había mordido la lengua? Tendrían que ponerlos en cuarentena, a los dos, antes de que fuese demasiado tarde.

Abrió la puerta, pensando como lograría conseguir nuevamente al médico o a un traductor que les hiciera entender la gravedad del asunto. Pero se detuvo en seco. La azafata, con un morado gesto de preocupación en sus labios, le extendía una bandeja con unas toallas calientes. Tanto en la mano derecha como la izquierda, brillaban dos lunas moradas, apenas asomándose a través de las mangas del uniforme, casi del mismo color.

Y recordó como se había lavado la sangre, como había dejado el vaso sucio tras beberlo, sobre la mesada donde después de ponían las bandejas de los alimentos. Como había caminado a lo largo del pasillo sin poder evitar rozar con el brazo maldito a una o dos personas dormidas.

Se vio a sí mismo, aterrizando la enorme máquina de la muerte como el caballo de peste, conquistando el aire y conquistando la tierra con su espada de enfermedad y tortura. Se vió a si mismo bajando primero, encabezando la salida del avión y una multitud abucheándolo. Esperando su muerte para recordarlo como la persona que había unido los continentes en una misma enfermedad.

-Médico- Pidió, con el tono de voz en creciente urgencia –Un médico, necesito un médico-

A él no lo escucharían, pero si lograba que la médica le entendiera, tal vez ella lograría convencer al piloto. Alguien que se comunicara con tierra, alguien que les avisara lo que había sucedido. No podían salir del avión, no podían dejar que las personas bajaran del avión.

Intentó tomar a la inmóvil mujer por los hombros para que reaccionara cuando el avión dio un golpe violento y una turbulencia que le hizo perder el equilibrio. Cayó pesada y sordamente sobre la alfombra y su cabeza dio un vuelco. Se sentía cada vez más enfermo y más mareado, tal que le costó varios segundos lograr enfocar la vista nuevamente. Algunos compartimentos se habían abierto ante el súbito movimiento y algunas azafatas reían, nerviosamente, intentando calmar a los pasajeros que habían entrado en pánico.

Rob se abalanzó hacia la puerta de emergencia del avión y abrió la ventanita a un costado. El vidrio exterior estaba empapado y solo se veía una enorme nube gris. La tormenta.

Un sonido a interferencia salió por los parlantes y una voz dificultosa informó, primero en inglés y luego en castellano.

-Lamentamos informar a los pasajeros que el aeropuerto de destino está siendo azotado por una tormenta tropical. El nivel de visibilidad es demasiado bajo para las maniobras de aterrizaje, por lo que haremos una vuelta de unas dos horas- Se escuchó una tos lejana, como si hubiese apartado el micrófono –haremos una vuelta de dos horas de vuelo extra antes de intentar aterrizar nuevamente-

En la pantalla principal Rob observó como el mapa cambiaba al avión, un juguete en las manos de un niño caprichoso, volteaba para dirigirse nuevamente hacia el océano. Pero no era eso lo que lo había aterrorizado hasta helarle la médula. Sino la voz del piloto, carrasposa, propia de una garganta seca y como las maniobras de vuelo se hacían cada vez más torpes. Una azafata salió apresuradamente de la cabina alarmada y comentó alarmada, en portugués, que el copiloto había vomitado todo rojo y que estaba fuera de estado.

Y Rob entendió, con una calma aterrorizante, que el avión no estaba destinado a aterrizar, sino que volaría por los aires cada vez más lejos de destino, hasta abrazar el océano, cayendo violentamente, golpeando el agua sin oleajes, y todos desaparecerían en una enorme burbuja, entre el profundo mar azul y la alta luna color púrpura.

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