Palillos

02- Palillos

Primera Parte

 

G observó la varilla de metal sobre la mesada de su baño. Estaba justo al lado de su cepillo de dientes, descansando casualmente sobre la losa blanca. La levantó y la observó. La varilla se curvaba sobre sí misma, como quien ha cambiado de idea, gira sobre los talones, y vuelve por donde ha venido. Sin saber qué hacer con ella lo llevó a la sala de estar y tras unos momentos de deliberación decidió meterlo adentro de un jarrón vacío.

-Sí. Ahí es donde van las cosas- Asintió para sí mismo, satisfecho.

Tomó todo lo que creía que le sería necesario para sobrevivir ese día, se acomodó el nudo de la corbata y salió al pasillo de su edificio. Un anciano, quien suponía su vecino, lo saludó amablemente con un gesto breve de su mano, mientras el probaba las llaves en el cerrojo, para ver cuál era la que cerraba. Ninguna quería pasar, y las que entraban, lo hacían forzosamente y se negaban a girar.

Al cabo de unos minutos decidió dejar la puerta sin trabar. No es como si alguien quisiera entrar a su departamento de todas formas.

Llegó con puntualidad a su trabajo, saludó con un ademán de la cabeza a la señora que limpiaba con tranquilidad la entrada del edificio, tomó el ascensor, subió al tercer piso y se sentó en su mesa de trabajo. Había una computadora frente a él y durante unos largos minutos se preguntó qué era lo que hacía ese monitor allí, hasta que leyó la nota escrita con curvilínea letra.

“Programar del fichero tres al catorce antes de las doce”.

Obedeció. ¿Qué haría después de las doce? ¿Le dejarían ir a su casa? No recordaba. Terminó alrededor de las once y media, con cierta sensación de triunfo. Tomó la libreta que había a su lado, dispuesto a registrar lo que había terminado de hacer cuando leyó otro mensaje, esta vez escrito con una caligrafía un poco más rustica.

“H. pasa al mediodía”

Se preguntó si era H quien había escrito la nota, y si se llevaría los ficheros que acababa de arreglar. En vez de eso paso un hombre un poco subido de peso, que le dejó un USB al lado del mouse y le comentó:

-La han jodido con este programa. ¿Puedes arreglarlo para mañana?-

G hizo todo lo que pudo, sintiéndose como si se golpeara la cabeza contra la pared repetitivamente, una y otra vez. Cuando finalmente creyó haberlo logrado, cuando las líneas de números y comandos empezó a tener sentido frente a sus ojos, observó que sus compañeros de trabajo se levantaban, tomaban sus cosas y se marchaban, con paso torpe, hacia la puerta. Uno de ellos se llevaba uno de los cajones de su escritorio. G tomó su abrigo y los imitó.

 

G observó la varilla de metal.

Lucía como algo que no había visto nunca. Lo dio vuelta, apretándolo con las yemas de sus dedos, mientras pensaba. No debía ser más que una pieza fuera de lugar. Un engranaje, una tuerca.

Fue hacia la cocina, con el cepillo de dientes aún en la boca, y metió el metálico palillo dentro de la tostadora. Allí había también dos más, y media, olvidada, tostada de pan. G asintió, algo alegre, con la cabeza.

-Yo sabía que iba ahí-

Tomó su abrigo y salió al pasillo. Sus llaves estaban en la puerta, abandonadas desde vaya a saberse cuando. Cerró la puerta con un sonoro clac y peleó durante unos segundos hasta que la maldita llave se dignó a girar en el cerrojo.

Le dolía la cabeza. Una punzaba fuerte, aguda, entre ambos ojos.

Al girar hacia el ascensor descubrió a un hombre, bastante mayor de edad, que lo observaba silenciosamente. Lo saludó, moviendo la mano de lado a lado tímidamente, pero no logró obtener ninguna relación de él, salvo la constante sensación de los ojillos negros, dignos de un roedor, que se le clavaban en la espalda hasta que desapareció escaleras abajo.

Entró por la puesta de cristal del edificio donde trabajaba, internándose en los largos y profundos pasillos hasta finalmente encontrar la oficina. Todos los escritorios estaban rodeados por paneles de vidrio translúcido, de tal forma que se veía de afuera hacia adentro y no viceversa. Observar como trabajaban los demás, que ignoraban completamente su presencia, le provocaba una extraña sensación en el estómago.

Se detuvo en la caja D-19. Una mujer escribía casi sin detenerse, con los ojos fijos en la pantalla de su computadora. Tenía el cabello atado en una trenza que rodeaba su cabeza. El teléfono a su lado sonó, y ella lo respondió con la mano izquierda, apenas interrumpiendo su escritura.

Apoyó el tubo entre su hombro y la oreja. Un mechón rebelde, castaño y largo cayó entre sus ojos y la hizo fruncir el ceño.

Súbitamente su mirada se encontró con la de él, una mirada que no era para nada invitadora. Durante unos segundos G creyó que ella, genuinamente, podía verlo.

Cuando finalmente llegó su oficina, encontró su escritorio de madera completamente vacío, salvo por una raqueta de pin pong, una lapicera de tinta blanca y una brújula rota, marcando al este.

Se quedó allí sentado durante unos minutos, meditando sobre lo que podía a llegar a significar todo eso, hasta que finalmente decidió dar uso del teléfono de emergencia, un aparato gris escondido en uno de los cajones. Llamó a la secretaría que lo atendió tras dejarlo sonar un par de veces.

-Señor, está claro que es lo que tiene que hacer- Dijo la estricta voz antes de colgar.

G observó los objetos sobre la mesa.

 

G corrió los dos escarbadientes con el dorso de su mano y los hizo caer, con un tintineo extrañamente metálico, de la mesa de luz al suelo. Se desperezó en la cama, con dificultad, caminó pesadamente a la cocina, donde puso a tostar pan y hacer café, y volvió de vuelta a su habitación. Tomó una remera blanca, un pantalón un poco sucio, pero no lo suficiente como para lucir mal usándolo, y sus fiables zapatillas.

Sintió el aroma a humo y volvió corriendo a la cocina, donde la tostadora ardía en llamas. Aterrorizado arrancó el cable de la pared y tiró de él arrastrando el aparato hasta el lavamanos, donde lo bañó con un chorro de agua fría. Los ojos le ardieron con el humo.

Se preguntó si era solo un defecto de fábrica, o una premonición de mal augurio.

Se compró un sándwich en el café de siempre y lo fue comiendo de camino al trabajo. Cargó los baldes de pintura en la vieja camioneta y subió él a la caja. El viento le helaba los brazos al descubierto, y cada tanto golpeaba el vidrio hacia el asiento del conductor, por molestar. Su compañero, al volante, subía el volumen de la radio.

La casa se iba a pintar de blanco. La construcción posmoderna bien podía parecerse a un cuadro cubista, deteriorado y deprimente. El cemento gris, los bordes rectangulares y afilados. Adentro, las habitaciones subían y bajaban por escaleras de tal forma que parecía no tener sentido.

Tras pintar la mayor parte del frente, se dividieron las habitaciones vacías entre los tres. Hacia media tarde estaba terminando ya con las paredes de algo que, pensaba, debía ser un dormitorio, cuando descubrió que no había puerta al exterior que lo dejara salir.

Observó cada una de las paredes con detenimiento. Había una pared con una ventana al exterior, una caída libre de unos cuantos metros. Una pared lisa. La siguiente pared, también lisa, sin ningún tipo de abertura. Y la última pared del cuadrado, también, lisa, solida, blanca. Luego, otra vez, la ventana.

G se frotó las sienes fuertemente con las yemas de los dedos mientras bajaba la cabeza y cerraba los ojos. Debía de estar cansado. Cuando los abrió, unas estrellas plateadas cruzaron su campo de visión y recordó que una vez, cuando era niño, había asistido a una lluvia de meteoritos. Volvió a observar a su alrededor. Nada. No había puerta alguna.

Pero, si no había puerta alguna, ¿cómo logró entrar en un primer momento? Si estaba adentro, entonces la puerta tenía que existir, si la puerta no existía, entonces G no estaba dentro de la habitación. G jamás había entrado a la habitación.

La puerta estaba ahí donde había estado siempre y G se preguntó cómo había podido no verla. La abrió, tomó sus cosas, y preparó todo para volver a casa. No miró atrás mientras bajaba por las escaleras.

Segunda Parte

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3 comentarios en “Palillos

  1. Pingback: Palillos Parte 2 – Loren escribe

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