Palillos Parte 2

02- Palillos

Primera Parte

Segunda Parte

La varilla estaba sobre la mesada del desayuno. G se frotó los ojos, aún no lo suficientemente despierto y tomó un sorbo del café, que estaba a la temperatura justa, pero sabía a agua con jabón y café instantáneo barato. Esperó que el brebaje le hiciera efecto, sin demasiadas esperanzas. Habría querido comerse una tostada, pero no encontraba la tostadora por ningún lado.

Tomó el clip negro y lo sostuvo entre los ojerosos ojos. Se preguntó para que serviría, de dónde habría venido, o bien, como había llegado a exactamente la mesa de su living. Decidió usarlo para sostener la corbata en su lugar, puesto que era la única función útil que podía encontrarle. Levantó su maletín y salió al pasillo oscuro. Descubrió que la puerta no tenía cerradura alguna, en vez de eso estaba desarmada y la madera contaba con un enorme agujero donde antes se habría puesto la llave.

Un hombre anciano lo miraba a través de la rendija que formaba su puerta entreabierta.

-¿Sabe que sucedió con mi puerta?- Le preguntó G, intentando sonar lo más amable posible, pero el hombre, con cierta expresión de demencia, le preguntó.

-¿Qué pasó con el chico que vivía ahí?, ¿qué le hiciste?-

La señora que limpiaba la entrada del edificio se abalanzó sobre él y lo abrazó, casi con desesperación. G intentó apartarse, pero la mujer murmuraba casi inentendiblemente como todos estaban haciendo algo raro, demasiado raro. “Parece que no son ellos, parecen que son otros”, balbuceó aterrorizada.

La mujer tenía el rostro redondo, era de contextura rolliza, y petisa. Aparentaba cincuenta años, lucía como una madre cuyos hijos habían crecido ya, y que recientemente se había convertido en abuela. Él no supo cuál fue la expresión de sus ojos, pero provocó que la mujer, al levantar la cabeza, se apartara de él, tomara su escoba y se apretara cuanto más podía contra la pared.

Tomó las escaleras y subió al segundo piso. Los bancos estaban al revés y faltaban todas las sillas. Algunos de sus compañeros de trabajo levantaron la mirada, casi esperanzadoramente, pero al ver que solo se trataba de G, volvían a bajarla. Trabajar durante ese día fue extrañamente complicado.

 

G estaba parado frente a la puerta cerrada de su habitación. No se había vestido aún, estaba en ropa interior, parpadeaba frente a la luz blanca que entraba a golpes desde la ventana. En su mesa de luz, sonaba otra alarma.

“Hoy no vayas a trabajar. Y no abras las canillas de la cocina.

F.”

La letra estaba llena de curvas, como si su dueño se hubiese dedicado a agregar un pequeño rulo en cada punta del alfabeto. Buscó en el cajón de su mesa de luz y sacó un lápiz de entre una multitud de extrañas varitas de metal.

Quiso escribir debajo de la nota. Por alguna razón quería ver su letra. Intentó escribir su nombre, empezando por una redonda y gran G y luego se detuvo. Terminó escribiendo Felicity, la primera palabra con F que se le ocurrió.

Agregó un rulo en cada punta de las letras y observó. Las caligrafías eran completamente diferentes.

Entró a la cocina. Había una caja de cartón sobre la mesada. El bulto sobresaltaba en el medio de la cocina, extrañamente blanca, extrañamente limpia. Se acercó, rascándose la cabeza. Una tostadora nueva, brillante, descansaba adentro.

Se preguntó cuál sería la función del aparato. Conectó el cable al enchufe en la pared y tiró de la perilla hacia abajo. Observó cómo el interior se volvía rojo y emitía calor. Se preparó un café, bien cargado, que sabía a adrenalina, y lo tomó mientras caminaba alrededor de su departamento. Había una mesa en el living, pero no recordaba dónde había puesto las sillas.

Se vistió para su trabajo, ignoró la nota pegada en su habitación y fue derecho a la salida. Giró el picaporte, pero la puerta se resistía.

No recordaba donde había dejado las llaves. No recordaba si alguna vez había tenido llaves. Pegada frente a sus ojos había otra nota.

“Qué te dije.

F.”

 

Le despertó el sol en el rostro. Se quedó allí durante unos minutos, en la incómoda posición en la que estaba, con la espalda torcida en la esquina que formaba el asiento y el respaldo del sofá, una acalambrada pierna sobre el suelo y la otra, aún con el zapato puesto, estirada sobre la mesa de café. Había tirado algo mientras dormía, algo que no recordaba haber puesto ahí, o simplemente qué era y para qué servía. Había cubierto el suelo con fragmentos de porcelana y extraños palillos negros.

Movió el cuello, adolorido, lado a lado. Estaba vestido ya para ir al trabajo.

-Bueno, al menos ese paso ya lo tengo hecho- Se dijo a si mismo con la clase de alegría que le hacía hablar entre dientes.

Arrastró los pies hacia la cocina, dónde encontró el zapato del pie izquierdo arriba de la heladera. Se preguntó si había tomado alcohol la noche anterior, y si habría llegado a ese punto de la embriaguez que te evita la resaca al día siguiente. Mezcló una cucharada de bicarbonato de sodio en un vaso de agua y se lo tomó, por las dudas.

Se preparó un café y puso las últimas rebanadas de pan a tostarse. Observó la tostadora durante unos segundos, preguntándose qué era lo que había de raro en ella. Barrió las filosas piezas del living, tomó las llaves que estaban sobre la mesa y salió al pasillo.

Un hombre vestido de azul tomaba nota. Su columna realizaba un signo de interrogación perfecto, con los hombros duros y bajos, la cabeza estirándose hacia abajo mientras acercaba la libreta a los ojos. No lo observaba, le daba la espalda mientras hablaba con un hombre a través de una puerta entreabierta.

G cuidó que sus zapatos no hicieran ese característico ruido de la goma dura sobre un suelo levemente resbaladizo, y cuando estaba a mitad de camino por las escaleras, una bajada lenta, nerviosa y no lo suficientemente silenciosa, se relajó y echó a correr.

G no sabía porque lo hacía, pero lo hacía. Era como un recuerdo lejano, impreso en lo más profundo de su mente. Debía huir de los hombres de azul. No importaba qué, pero no podía dejar que los hombres de azul lo atraparan.

Se detuvo a recobrar el aliento, mientras se sentaba sobre el alfeizar de la ventana de una casa de pintura. Después de un minuto o dos, cuando le pareció que recobraba un poco el aliento, sintió un golpe en el cristal a sus espaldas. Giró la cabeza con un poco de temor, un hombre vestido con remera blanca y pantalones manchados parecía hacerle señas.

-¿Qué sucede, amigo?- Le preguntó, pero las palabras se atoraban en su garganta y terminó balbuceando en vez de hablando.

Se incorporó y observó al hombre adentro. Estaba intentando meter un rodillo, definitivamente más grande que el diámetro del balde, dentro de la pintura. Terminó mojando torpemente uno de los extremos, para luego ponerse a pintar el suelo de cerámicos. G se preguntó porque haría eso, los cerámicos estaban bastante bien por sí solos, y observó como la espalda del desconocido subía y bajaba en un movimiento que se parecía un poco al de barrer. El hombre volvió a levantar la mirada y le hizo una seña, molesta, para que entrara.

G se apartó de la ventana y caminó con paso apurado calle abajo.

Estaba llegando tarde al trabajo. Abrió la puerta del pequeño hall del edificio, de paredes color crema pero amarillentas, dónde alguien había colgado impresiones enmarcadas de la serie de los girasoles de Van Gogh. Una mujer estaba limpiando el suelo con la escoba al revés. Lucía frustrada, porque veía un polvo imaginario que le hacía caso omiso. El cepillo de la escoba le molestaba el rostro y dificultaba aún más su trabajo.

Cuando lo vio se le iluminó brevemente el rostro, como si le reconociera de algo, pero pronto recordó que no era así, y volvió a bajar la confundida vista al suelo, con una leve expresión de tristeza.

-La estas usando mal- Se apiadó G. Ella le observó con el ceño fruncido –Todos saben que hay que dejar la escoba horizontal al suelo. La mugre la barre cuando está sola- Le señaló antes de entrar al ascensor y marcar el botón al quinto piso.

El mail le llegó a las tres de la tarde. Estaba a punto de irse. Cerró el archivo en el que escribía aquella sensacionalista noticia sobre un robo de autos y, tras asegurarse que nadie le miraba, abrió el correo.

“Están en casa. Quédate donde estás, o escóndete en algún lado. No vuelvas a casa aún. Intentaré estar allí dentro de dos días.

F.”

Debía referirse a los hombres de azul. O más bien al único hombre de azul que había visto. Solo su espalda, el apagado azul eléctrico, como si se hubiese bañado en polvo, eran suficientes para hacer que un escalofrío recorriese su columna. Recordaba ese color, pero no sabía de dónde.

¿Quién era F?

 

Tercera Parte

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3 comentarios en “Palillos Parte 2

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