Loren escribe

Palillos Parte 3

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Primera ParteSegunda Parte

Había cuatro cosas en su escritorio. Una caja de cartón rosa pastel. Una pelota de ping pong de color naranja. Una naranja, de plástico. Una calculadora.

Habían sacado todas las cosas de su oficina de cristal, su helecho que daba verde pero que se olvidaba de regar, la bandeja dónde ponía el trabajo a realizar y la bandeja dónde ponía el trabajo realizado. El reloj de escritorio. Incluso habían vaciado los cajones, privándolo de su taza para el té o café, y de la foto. Foto que no recordaba haberse sacado, o quien era quien lo acompañaba a su lado.

Solo le habían dejado sentarse allí, con las cuatro cosas frente a él. Estuvo a punto de tocar la pelota de ping pong, pero se detuvo a último momento. Estaba extrañamente seguro de que la pelota, tan inocente como lucía, era el objeto equivocado.

Por esas mismas razones descartó también la naranja de plástico y la caja de cartón rosa pastel, que ahora que la miraba más de cerca le hacía recordar a las cajas de cartón que tomaban los niños en los dibujos animados. Finalmente tomó la calculadora.

La encendió. Aún tenía los números grabados de la anterior cuenta. Mientras observaba la altura en la que se paraba su edificio y el piso y número de su departamento, un hombre entró a la habitación.

-Bien. Resolviste esta-

Luego puso ante él una caja de cartón, llena hasta el borde retorcidos clips negros.

 

G observó la varilla de metal sobre la mesada de su baño. La tomó, y mientras que con la derecha seguía cepillándose los dientes, con la izquierda la hizo rodar entre el dedo índice y pulgar. Abrió el diminuto armario tras el espejo y depositó la varilla en una cajita.

No recordaba si ese día tenía que trabajar o no, pero por las dudas se puro la ropa vieja que usaba para pintar y se preparó un café para antes de salir. Mientras revisaba el armario de la cocina buscando el café instantáneo, con el agua silbando a sus espaldas, encontró un extraño bulto de metal negro. Parecía que se había sido consumido por fuego, su cuerpo metálico negro y vencido por el calor. Había tenido una perilla de metal en uno de sus costados, pero ahora yacía, derretida en enormes gotas de plástico gris oscuro.

Volvió a meter la máquina en su lugar y fingió que no la había encontrado.

Llaman a la puerta. G se acerca, con los pies descalzos rozando el suelo y deja caer la mano sobre el pomo. Duda, vuelven a llamar. Con fuerza. Se pone de puntas de pie y observa a través de la mirilla. La lupa le devolvió la, casi deformada, imagen de un hombre. Vestía un traje azul.

G no recordaba ese color. O si era un recuerdo, era uno inconsciente, como el sabor de la fruta cuando es verano, el aroma que tenía tu abuela cuando te abrazaba, la sensación de caída constante cuando uno está recostado en la cama antes de irse a dormir.

-Soy su vecino- Dijo la voz del otro lado de la puerta –Sé que está usted ahí. Tenemos que discutir lo del alquiler. Lo recuerda, ¿verdad?-

La voz sonaba gruesa y cansada.

El color no era un azul pastel, ni un celeste, había sido un azul profundo y brillante, eléctrico, al que habían apagado a fuerza de suciedad y mentiras.

G dio un paso hacia atrás, con cuidado. Se escuchó el sonido del hombre, apoyándose contra la puerta y observando a través de la mirilla, del lado contrario. No recordaba si se podía ver a través de la mirilla de ambos lados, pero creía que no. Dio otro paso más hacia atrás, y luego otro, y lentamente se volteó, aunque no se sentía seguro dándole la espalda a la puerta.

-Abra, por favor. Es importante- Volvió a decir con un tono de voz que no era para nada convincente.

Luego empezó a golpear la puerta tan fuerte que parecía que los golpes la curvaban, la sacaban del marco, le rompían los goznes.

G cerró con cuidado la puerta de su habitación, y procedió a hacer algo que debía lucir bastante infantil, pero que era lo único que lo hacía sentir al menos un poco seguro. Se escondió bajo la cama, y se puso a contar de cien para abajo.

Cuando terminó la primera ronda, el hombre de azul seguía allí. Cuando terminó la segunda, lo sentía rondando en la casa de al lado y un hombre, anciano, que le repetía.

-Sí, es él. Al principio no era ese que buscan ustedes, pero después cambió y sí. Es él. Tienen que hacer algo-

G se sintió un poco traicionado. Jamás le había hecho daño a nadie, menos a su compañero adyacente de edificio. Cuando el sol empezó a amenazar con esconderse una vez más fue finalmente cuando pudo comprobar que el hombre de azul se había marchado.

En la cocina la pava chillaba suavemente. El agua que había en ella se había evaporado completamente y el metal se había tornado de un rojo fosforescente.

Observó el sol ponerse a través de la ventana de la cocina hasta que quedó completamente a oscuras.

 

Esta vez habían puesto tres cartas frente a él. Una estaba dentro de un sobre rosa, cuyos bordes tenían bolados de imitación, y en la parte del destinatario llevaba escritas las palabras ‘Para mi querido’. La letra era femenina, con pequeñas curvas en los bordes, pero tras mirarla detenidamente decidió que era demasiado grande.

La segunda carta estaba dentro de un sobre color arena. Tenía una estampilla que representaba la imagen de un girasol pintado al óleo. Dónde estaba el destinatario, una letra simple informaba ‘Para Lily’. La tercera carta venía en un sombre común. La parte del destinatario estaba vacía, completamente en blanco. En la estampita, alguien había pintado un pez con fibrón naranja, sobre la imagen original de una flor violeta. Del otro lado, una letra masculina había escrito ‘Cedrones’. La ce era tan redonda como un círculo.

Con el dedo índice y medio tomó la última carta, apartándola del grupo, y la arrastró por el escritorio hasta ponerla frente a él. Escuchó una voz que parecía no venir de ningún lado, hasta que logró descubrir el parlante, blanco, escondido en una de las esquinas de la cuadrada y vacía oficina.

-Bien. Lo has resuelto. Necesito que trabajes en otro para antes de las tres-

La voz sonaba un poco distante y G estaba seguro que pertenecía a alguien que jamás había conocido. Empujó el sobre hacia su falda, casi disimuladamente, mientras se tapaba con su brazo. La oficina era de vidrio hacia un lado, él la veía blanca, pero quienes sean los que les traían la el próximo trabajo a realizar podían verlo del otro lado. Como un animal de un zoológico, expuesto a una audiencia fantasma dentro de una jaula de cristal.

Abrieron la puerta. Dos hombres entraron, uno tomó, sin demasiados miramientos, las dos cartas utilizando una pinza de metal. El otro dejó la pesada caja sobre el escritorio de madera, se frotó las adoloridas manos protegidas por gruesos guantes plásticos.

-Vaya día de trabajo, ¿eh?- Dijo el hombre, no demasiado convencido. Tenía una expresión en la mirada que le hacía a G pensar que podía llegar a ser la clase de hombre que hace cosas irracionales como pintar un piso de cerámicos con un rodillo.

-Lo es. No puedo esperar a irme a casa- Concordó G.

-Pero no antes de las tres. Yo agradezco no tener que estar sentado todo el día como usted, con el perdón de la palabra. Al menos parado puedo descansar las piernas- Musitó, con el mismo tono de voz casi completamente neutral.

Desapareció por la puerta. G observó el reloj frente a él, un reloj que se parecía más bien a un reloj despertador que a uno de mesa de oficina. Observó durante unos segundos como las agujas se movían, hasta que empezó a dudar si era así como debían moverse. De izquierda a derecha tres veces la primera, mientras la segunda daba un sólo paso hacia el lado contrario. La aguja más corta giraba sin parar.

Supuso que debía ser mediodía.

Abrió la caja. Estaba vacía salvo por algunos mechones de pelo castaño. Volvió a mirar el reloj y se preguntó si verdaderamente estaba en el lugar correcto.

 

Cuarta Parte

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