Palillos Parte 4

02- Palillos

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Cuando despertó esa mañana, descubrió, casi aterrorizado, que la habitación de su departamento había perdido la puerta. Tardó unos segundos en darse cuenta, mientras tocaba la pared allí donde debía de estar el picaporte. Levantó la persiana, dejando que entrara la luz blanca, azulina, del pre amanecer y volvió a observar su propia habitación, con tanta tranquilidad como pudo. La pared de la ventana, la pared vacía frente a la cama, la pared en la que él mismo había pegado un enorme poster, y finalmente la pared del armario, al lado del cual debía estar la puerta.

Palmó las paredes, arriba y abajo, buscó la puerta dentro del armario y apoyó la oreja contra la pared. No escuchaba nada del otro lado.

Tomo el su celular, prendido y llamó a la policía pero se arrepintió inmediatamente después de que una secretaria atendió su llamada. Colgó y buscó entre sus contactos. No reconocía a ninguno. No recordaba ningún nombre, ni de las patéticas caras que sonreían vacíamente desde la pantalla.

Durante un momento creyó que ese no era en verdad su teléfono, sino que se había equivocado de móvil y había tomado el teléfono de cualquier otra persona, un desconocido. Que incluso la habitación en la que estaba no era la suya, sino una casualmente parecida, a la que había accedido de alguna forma la noche anterior. Sea lo que sea que había hecho la noche anterior.

Sobre la mesa de luz alguien había olvidado un clip. Un cabello largo se había enredado en él. El teléfono vibró, y el sonido lo tomo por sorpresa, tal que lo dejó caer, desapareciendo así bajo la cama.

Habían enviado un mensaje, de un número que no estaba registrado entre los contactos. Lo abrió.

‘Vuelve a dormir. F.’

G se dejó caer sobre el colchón. Echó otro vistazo, la puerta seguía ausente. Tomó el teléfono y escribió torpemente, como si jamás hubiese usado un teclado en su vida.

‘Quién eres?’

‘F. Claro’

‘Tuve unos problemas. Creo que mañana estaré allá’ Agregó. G escribió varias respuestas, pero ninguna lograba convencerlo. Finalmente se decidió.

‘Y después qué? Qué es lo que va a pasar?’

‘Todo se arregla’

 

Dos palillos de metal, curvados y negros, descansaban sobre la loza del baño al lado del cepillo de dientes. G los observó, extrañado. No sabía que hacían allí, para qué servían, ni como habían llegado. En la cocina silbaba la pava de metal. Vertió un poco de agua en una taza y la mescló con el café instantáneo. Comió una tostada ahí mismo, sin manteca ni mermelada, ni preocuparse por las migas que caían al suelo. Se limpió la chaqueta del traje con la mano, se abotonó los dos primeros botones y se acomodó el cuello de la camisa.

Casi nunca iba al trabajo de traje. No recordaba porqué un técnico en sistemas tendría que hacerlo, pero el traje estaba esperándolo, tal vez un poco arrugado, como si otra persona lo hubiese llevado puesto para abandonarlo en la silla de su habitación.

Siquiera el café lograba sacarle la nube que tenía dentro de su cabeza. Era como si hubiese dormido dos días seguidos, como si el día anterior no hubiese transcurrido y en vez lo hubiese soñado todo. Miró el reloj, sin entender los números escritos en el pequeño círculo y decidió que todo transcurría como tenía que transcurrir. Con normalidad.

Hasta que deslizó la mano en el bolsillo y encontró el sobre.

No recordaba como el sobre de papel había llegado allí, pero tampoco estaba del todo seguro que la ropa que vestía fuese de él y dudó sobre si estaba en su derecho o no el abrir una carta posiblemente destinada a otro. No había nada escrito en la parte del destinatario, y del otro lado, alguien había puesto la palabra Cedrones. Palabra que no tenía significado alguno.

Estaba en el baño cuando finalmente decidió abrir el sobre. Tomó uno de los palillos y la usó para desgarrar el papel con torpe cuidado. Dentro había una foto. Un hombre y una chica que sonreían, sobre una pared blanca. El hombre aún sostenía el rodillo, y los brazos estaban manchados de pintura. La sonrisa era arrugada, entrecerraba los ojos. La chica tenía el cabello claro, de un anaranjado color dorado. No podía reconocer a ninguno de los dos. La dio vuelta.

F y G.

Tomó algunas prendas del armario y las metió pesadamente en una valija. Agregó cinco zapatos, dos que parecían ser pares y uno que no tenía par. Al lado puso dos bombillas de luz, el paquete medio vacío de pan y la tostadora. La cerró.

No le gustaba el ruido que hacían las ruedas de la valija al girar sobre el suelo, le pareció que era demasiado fuerte y tal vez demasiado reconocible, así que la levantó con la mano. Cerró la puerta con cuidado detrás de él, mientras observaba el pasillo. Estaba completamente vacío, y en penumbras. Forzó la vista, pero no lograba ver, así que recurrió a la yema de sus dedos para encontrar el cerrojo y en vez de uno encontró tres. Su llavero tenía siete llaves. Decidió que no tenía tanto tiempo como para decidir qué cerrojo quedaba cerrado y cual no, por lo que metió la llave en su bolsillo y se marchó, dejando la puerta abierta.

Caminaba en el medio de la ocupada calle cuando escuchó el gruñido de un motor y una voz que parecía llamarlo. Una camioneta destartalada de un color que habría sido azul brillante pero que ahora era celeste opaco, quemado por el calor del sol, se detuvo casi a su lado. Un hombre, más o menos de su edad, se bajó de ella dejando el motor en marcha y se acercó dando zancadas. Sonreía.

-Hombre, ¿qué haces vestido así? Dale, subí que vamos- Le insistió. La camioneta estaba a unos cuantos pasos, la música salía fuerte del viejo estéreo, tal que escuchaba aún sobre el traqueteo.

-¿A dónde?-

-A trabajar, claro- Respondió, ahora levemente irritado –Ya cargué los botes de pintura. Dale, que faltó el otro y no quiero pintar toda esa casa yo solo-

G miró la camioneta y luego volvió a ver al hombre.

-¿Cómo me llamaste?-

-No te llamé nada, G- Le respondió. Estaba observando la chaqueta de su traje. G sintió la urgencia creciente de irse, como si no pudiese perder el tiempo, no justo en ese momento.

-¿Qué harías si no tuvieras que trabajar?- Le cuestionó, ya visiblemente inquieto –Si tuvieras dinero y no tuvieses que trabajar, ¿qué comprarías?-

-Canicas, por supuesto. Me pasaría todo el día comprando y contando canicas, al por mayor-

G desabotonó la chaqueta y se la entregó. Tras unos momentos agregó sobre ella la corbata y el cinturón a juego.

-Esto vale plata. Bastante. Tomate el día libre, véndela en algún negocio de usados y compra lo que quieras comprar- Le ordenó, a lo que el hombre no ofreció resistencia alguna.

Le agradeció rápidamente, y se marchó casi sin mirar atrás. G estaba seguro que él se olvidaría, casi instantáneamente de quien era o quién había sido, y apuró el paso calle abajo.

Sacó dinero de una tarjeta que no sabía cómo usar, y lo gastó todo en un pasaje de autobús, destinado a la ciudad más lejana que le podían ofrecer. Más tarde se dedicaría a buscarla en el mapa, sin encontrarla. Era pasado el mediodía cuando se subió al vehículo, y durante horas no pudo hacer más que recostarse sobre el asiento y mirar el cielo brillante pasar sobre su cabeza.

En una de las breves paradas de descanso, G metió la tarjeta, el documento y el celular apagado, dentro de la cisterna de un inodoro abandonado en un baño hecho ruinas. Estaba llena de agua podrida. Cerró la tapa, se lavó las manos y se compró algo de comer con un vuelto que había encontrado en su bolsillo. Cuando el cielo dejó de ser brillante, G se quedó dormido y soñó que viajaba a través de una oscuridad espesa.

 

No hacía mucho que vivía en el pueblo. No era demasiado grande, pero se estaba bien, no necesitaba mucho más. La casa en la que vivía era diminuta, dormía en el living porque la única habitación aparte era la del baño, pero no le molestaba. El fotón era cómodo y el alquiler casi regalado. Tenía electricidad para que la tostadura anduviese por la mañana. Estaba bien.

Trabajaba cortando madera. Estaba aprendiendo a construir muebles, sillas, camas, armarios. Le gustaba ese trabajo porque no tenía que quedarse sentado todo el día y mientras caminaba de lado a lado se permitía descansar las piernas. Le habían ofrecido trabajar pintando los frentes de las nuevas casas, pero lo rechazó.

Ya nadie lo conocía como G. Se había cambiado el nombre, a uno no demasiado original que era E. A las personas le gustaba E.

A él le gustaba recordar lo que había hecho el día anterior.

El baño se parecía un poco a un sauna. La bañera era enorme y de madera, no había repisa de losa blanca, sino que alguien la había improvisado con una mesa de luz. Hacia un costado unas tablas hacían de repisas para poner los productos de higiene. Contaba con un espejo, sin marco siquiera, simplemente una forma de vidrio apoyada en un costado. E reconocía al hombre del otro lado del reflejo. Mientras se estaba lavando los dientes alguien llamó a la puerta.

E se acercó, con despreocupación, y la abrió sin cuidado de mirar antes.

Una mujer se paraba en la entrada. A sus pies tenía una valija, lo suficientemente grande como para meter un armario entero. Ella tenía el cabello castaño y corto, casi como un varón, solo que algunos de sus mechones eran un poco más largos y más rebeldes. Le sonrió. Ampliamente, sinceramente.

-Me costó encontrarte- Le dijo, con un dejo de alegría frustrada –Pero lo logré-

-¿Cómo hiciste?- Le preguntó E, aún sin dejarla pasar.

-Pregunté en los pueblos aledaños. Pueblos por los cuales pasaba el autobús- Se encogió de hombros. Ella también olía a pan tostado.

La dejó pasar. La mujer arrastró la valija al centro de la habitación, la subió pesadamente arriba de una silla y sacó su ropa de ella. Un esqueleto de metal, con el tablero de botones a un costado y una maraña de cables azules asomándose, ocupaba la mayor parte del espacio. E dio un paso atrás, con una parte recóndita de su memoria reconociendo la máquina.

La máquina que hacía desaparecer puertas, días, y noches.

La chica reconoció su inquietud casi al instante y se apresuró a aclarar.

-No te preocupes. Está rota. Es la última que queda y está rota- Y para demostrarlo tiró aún con más fuerza de los cables. Se escuchó un crujido y algunas partes se desprendieron. Una placa de metal partida a la mitad se balanceaba al final de uno de los cables

-Necesito que me ayudes a enterrarla. Hoy mismo. Con la valija y todo-

-Seguro- Musitó. Iba a enterrarla en un lugar que solo él conocía, donde la tierra era blanda y fácil de cavar. Tirarían semillas y plantarían algunos bulbos, y pronto ese lugar sería una parte más del bosque.

Ella le sonrió, se acercó y le plantó un beso en la mejilla. Después se dirigió, en silencio, al baño. De su cabello sacó dos varillas de metal oscuro y los mechones cayeron sobre sus ojos. Mientras se cepillaba el cabello, E observaba las varillas.

 

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