El último hombre

03- Bunker

Las siete figuras lucían casi graciosas, como muñequitos de miniatura en un vasto campo blanco. El viento soplaba con fuerza, incesantemente, desde lo que suponían, la tarde. A la distancia, casi rozando el horizonte, se veía una luz naranja y otra roja, que parpadeaba.

El grupo sólo fue capaz de ver las luces cuando ya estaban arriba  de la pequeña cumbre. Uno de ellos, un hombre de barba cobriza y ojos entrecerrados por el frío, encendió el localizador. La luz verde ilumino las cifras, las coordenadas que indicaban que, finalmente, estaban donde tenían que estar.

La mezcla de blanco y negro que era el vasto paisaje podía convertirse en algo aterrador para algunas personas, como si produjera claustrofobia. Ninguno de ellos, en el grupo, le temía. Sin detenerse a observar, se pusieron rápidamente a trabajar. Hacía ya unos tres meses que estaban inmersos en ese paisaje, y sabían que sol no iba a salir al día siguiente, ni al siguiente. La Antártida los atrapaba en su manto helado.

-No estas usando bien la pala- Se quejó con un fuerte y grave acento uno de los hombres, mientras se la arrebataba y empezaba a cavar con más avidez. Su nombre era Blodwen, tenía sangre esquimal en sus venas pese a que había nacido lejos del norte americano.

Sus hombros anchos se movieron arriba y abajo mientras movían la nieve y el hielo hasta que dio contra algo metálico. El sonido hizo un eco extraño en la atmósfera, como un gemido.

-Acá está- Suspiró la chica de cabello negro.

Un mechón se asomaba debajo de la capucha de piel. Se cubrió aún más la cara y abrió la trampilla torpemente, con los dedos que no reaccionaban debajo de los gruesos guantes. Dentro se acomodaban una serie de gruesos y duros cables, fabricados con un material tan estoico como el clima.

Tras observar con la linterna durante unos minutos se decidió que el problema era realmente una estupidez y cambió los fusiles que se habían quemado. Las antenas y estaciones en la Antártica eran, ciertamente, a prueba de todo, pero nunca nada era a prueba de tiempo. La mujer observó el trabajo, satisfecha, cuando acomodó las baterías en su lugar y la enorme antena se mostró ante ellos.

Apagada no era más que una sombra, una metáfora de algo que había estado allí y luego había desaparecido. Las luces rojas lucían opacas y maltrechas, aun así resaltaban, parpadeando en el medio de espesura.

-Hurra, Cip- Le festejó el primer hombre, el de barba anaranjada. Su nombre era Whitaker, y era algo así como su jefe, el mayor y más experimentado del grupo.

Cip, por el otro lado, era el apodo de la mujer, que en ese momento seguía observando el mecanismo. La voz de otro de sus compañeros la intranquilizó.

-No funciona-

Cargaba el radio portátil, diseñado para tomar la estática de esa antena. La línea, a través del parlante, estaba completamente muerta. Tenían que poder comunicarse con la estación activa más cercana.

Lo necesitaban con urgencia.

Habían empezado la expedición sabiendo que irían a ciegas, descendiendo a un pozo oscuro sin linterna, a arreglar una antena de radio que servía de intercomunicación entre las bases. Mientras estuviesen allí, estarían incomunicados y ahora dependían de la funcionabilidad de la torre para enviar un mensaje de auxilio.

En la base el monte descansaba dos autos de nieve, completamente muertos.

-Fijate en la base de la torre- Propuso Digger, mientras acomodaba algunas herramientas que él creía útiles. Boaz, un chico novato y joven que estaba haciendo una especie de feroz internado, se les había adelantado, e intentaba abrir la pesada puerta de metal.

Dentro de la mínima habitación, donde entraba apenas medio cuerpo, descansaba otra masa sin forma de cables y luces. Cip le dio un largo vistazo mientras el equipo esperaba impaciente. Finalmente lanzó un corto grito de frustración y desprendió una caja metálica de uno de los costados.

Era una especie de viejo transistor, el cual lucía como si alguien hubiese querido arrancarlo. Tenía abolladuras y marcas por todos lados, pero los gruesos cables no habían cedido, sin embargo había inhabilitado algunas partes en su interior. Ella se dio vuelta lentamente y les dirigió una mirada al grupo, una mirada que no auspiciaba esperanza.

-Estamos muertos-

 

Descargaron algunas provisiones de los vehículos de nieve. Kits de emergencia que incluían unas tiendas de campaña, completamente inútiles debido al estado del clima.

El viento. No le habían prestado demasiada atención en un primer momento, porque la central meteorológica no había anunciado tormentas para esa zona, sin embargo soplaba cada vez más fuerte. Las tiendas seguían siendo mejor que la nada misma. Una vez que todo estuvo en orden emprendieron el camino de vuelta. Un camino, sin duda, suicida.

Cada uno encendió una luz roja y se la ató al pecho. Las siete luces avanzaron lentamente a través del helado paisaje. La primera luz cargaba una potente linterna y tres pistolas de bengalas. Se llamaba Elías, y era experto en topografía Antártica. La última de las luces avanzaba con paso más lento que el resto, era alta, delgada y enclenque. Apenas tenía voz para algo, y la mayoría de sus compañeros creían que era mudo. Poco a poco se iba quedando atrás, envuelto en la nieve que volaba a su alrededor. Se llamaba Lonan, cargaba un fusil sobre la espalda envuelto en una manta térmica y una pistola completamente cargada  sobre su pecho, dentro de la ropa.

La radio colgaba sobre su pecho, pasando automáticamente de estación en estación sonando a veces como una estática inentendible, pero en su mayoría era el silencio.

Lo encontraron tras casi cuatro horas de ardua caminata. Elías no podía decir que no, que no se había emocionado, pero las probabilidades de finalizar el viaje suicida habían subido bastante. Una estación perdida, abandonada desde vaya a saber cuándo, se veía solamente gracias a la potente luz.

Las paredes de metal y aislante brillaban anaranjadas, quemadas por el sol y despintadas debido al tiempo en la intemperie. Lucía pequeña, parecía ser un centro estacional de los que se abría cuando en primavera y verano. Debía ser una heladera por dentro, pero aun así una heladera era más cálida que el exterior. Podía albergar a los siete durante unas horas.

Se volteó e hizo parpadear la linterna. Sus compañeros entendieron que había algo delante y empezaron a apurar el paso. Lonan, atrás del todo, caminó apenas más rápido. Para cuando éste llegó, su equipo ya había limpiado parte de la nieve, habían descubierto dos ventanitas blindadas y habían forzado la puerta con un martillo. El pesado portón se abrió hacia adentro con dificultad.

El lugar tenía un aspecto normal, pero no del todo. Daba aquella sensación de volver a aquel sitio que uno conoce bien pero donde todas las cosas han sido levemente alteradas. Lo suficiente para apenas uno darse cuenta inconscientemente, aun molestando al estado consciente.

Probaron el sistema eléctrico, que parecía funcional pero que no daba grandes esperanzas, por lo que Cip y Blodwen subieron al techo para acomodar el generador y las antenas. Whitaker se sentó en una desvencijada silla, en la oscuridad mientras Digger y Boaz acomodaban los suministros que traían en las mochilas.

-¿Por qué no haces algo útil?- se molestó al mirar a Lonan, quien se paraba en un costado de la sala. Éste se limitó a apagar la radio y mirar a un costado.

Tres bombillas de luz amarillenta se encendieron e iluminaron pobremente el lugar. Se escucharon los pasos sobre el techo y tras unos minutos se escuchó el salto de las dos personas al bajar. La mujer, el esquimal y Elías, con su poderosa linterna, entraron a la cabaña y empujaron la puerta en su lugar.

-Pusimos una luz roja en la punta de la antena. No es demasiado alta, tendrá unos tres metros, pero creo que se verá bien en la llanura- Informó Cip. Arriba de sus cabezas la luz roja deletreaba S.O.S en código morse.

-¿Qué hacemos ahora?- Preguntó Boaz, mientras corría una cama de madera. Arriba de ellas descansaban algunas mantas, pero el colchón no estaba desde hacía tiempo.

-Propongo descansar acá y esperar por ayuda. La antena no se ha arreglado y no fuimos capaces de mandar ningún mensaje, si alguien de nuestra base sale a buscarnos, nos verá. En todo caso, saldremos, una vez que el viento haya aminorado- Propuso Digger en voz alta y todos asintieron, menos Blodwen que miraba serio a un costado, completamente en desacuerdo y Logan, que tenía su vista clavada en un rincón.

El lugar era solamente una habitación rectangular. Lucía casi como un bunker, aunque gracias a su forma exterior les hacía recordar a un container. Dentro descansaban alacenas de metal con latas que habían pasado largamente de su fecha de expiración y que algunas habían explotado derramando un contenido que no había ido lejos antes de congelarse.

Un escritorio de madera gruesa, con tornillos ya oxidados, descansaba en un costado, con la silla a su lado. Al lado de la puerta estaba la vieja cama y en el medio se paraba una pesada salamandra de metal. Boaz metió la cabeza adentro, sin preocuparse por el hollín y revisó si la chimenea aún funcionaba. Lo hacía, pero claro, estaba tapada con hielo.

Decidieron juga a su suerte y volver a encender el fuego cuando el agua cayera y lo apagara, por lo que se pusieron a desarmar la cama con la intención de usar la madera. Las mantas, querían pensar, no eran del todo inservibles.

-El generador es ruso- Irrumpió Elías. Detestaba el silencio –Pude verlo desde abajo. Tiene un nombre ruso y debe de datar de los setenta. Bueno, creo que todo este lugar grita que ha sido abandonado en los setenta- Comentó, leyendo el costado de una lata.

-No está registrado tampoco- Nombró Digger que revisaba las paredes. La puerta tenía algunas perdidas, por lo que decidieron cubrirla con las tiendas de campaña para evitar que se escapara el calor y reforzar los agujeros con cinta adhesiva gruesa –Debe ser alguna central espía rusa o alguna estupidez de la Guerra Fría. Lo construyeron y jamás lo registraron, siquiera como lugar abandonado-

Sin embargo el golpe de suerte les decía que estaba más que habitable y que podía salvarles la vida. La madera ardió, tras varios intentos y pronto el lugar irradió un poco de calor. El grupo movió las articulaciones, que pesaban y ardían. Todo estaría bien.

-¿Puedes dejar de mirar el rincón como un maldito niño autista?- Le gritó Whitaker por segunda vez a Lonan, que se había perdido en sus pensamientos.

Las paredes no eran regulares. El metal presentaba varios golpes, de diversos tipos y cuanto más lo observaba más creía que las paredes le hablaban. Más creía poder escuchar las voces de los hombres que habían habitado el lugar. Extendió la mano y rozó la superficie helada  con los dedos aún tras los gruesos guantes. Había arañazos en la pintura del metal. Luego, simplemente, se volteó a su compañero que le mantenía la mirada, enfadado.

-Ve a hacer algo útil- Le ordenó el hombre, perdiendo la cabeza, a lo que Lonan decidió salir afuera a dar una vuelta.

Antes de cerrar por completo la puerta, llegó a escuchar a Cip regañando a Whitaker mientras este se rascaba el mentón casi con indiferencia.

-No necesitas insultarlo a cada momento. No estaba haciendo nada malo-

-No es útil. Ese tipo no es normal y le están pagando por estar acá. Es una pérdida de dinero con piernas- Se quejó.

 

Segunda Parte

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Un comentario en “El último hombre

  1. Pingback: El último hombre Parte 2 – Loren escribe

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