Loren escribe

El último hombre Parte 2

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Primera Parte

Segunda Parte

Lonan dio una vuelta alrededor del perímetro. El clima parecía haber empeorado, hacia dónde mirara el horizonte era inexistente, tan solo había nubes tormenta acercándose. Le pareció que estaba frente a la premonición de que el temporal duraría días. A unos metros del refugio había un tanque de agua, caído sobre un costado, y vacío. Más allá había una pequeña caseta, la cual debía de haber funcionado como un baño. Se acercó a las dos construcciones, dirigiéndose primero al tanque.

Le dio una vuelta. El cilindro de cemento había estado suspendido a un metro del suelo sobre una plataforma, parecía como si alguien hubiese drenado su contenido y lo hubiese empujado a la nieve. Le habían tallado un agujero, una abertura casi circular. El hombre se puso en cuclillas y sacó la linterna de su bolsillo. Apretó el fusil contra sí.

Había ropa humana, zapatos y botas de cuero, guantes, papeles arrugados, y basura. Cables, piezas de metal desgarradas, tornillos. Algunas latas pinchadas yacían en un costado. Todo se cubría de una leve capa de nieve, uniendo todo el material en una masa de hielo uniforme. Levantó la cabeza y observó las paredes. Alguien había escrito con lápiz de carpintero desesperadas frases en cirílico, pero aun así el idioma extranjero era ilegible debido a los rasguños. Rasguños no animales.

Sintió una mano en su hombro y se sobresaltó, golpeándose la nuca contra el borde. Volteó, Boaz intentaba gritarle pero el viento violento se interponía entre ellos y se llevaba las palabras lejos, antes de que pudiesen ser oídas.

-Lamento eso que pasó antes- Se disculpó el chico. Tenía esa consideración propia de la gente joven cuando quiere que todos se lleven bien entre ellos –Vamos adentro. La caldera está encendida y estamos calentando las reservas-

Se arrastraron entre la nieve, volviendo otra vez a la construcción de metal, Lonan, cada tanto, volteándose hacia atrás.

Charlaron durante varias horas. Hablaron un poco de la vida en el refugio principal, contaron anécdotas de su pueblo, debatieron sobre la disputa del territorio internacional. Incluso discutieron algunos descubrimientos que se habían llevado a cabo ese último mes. Tocaron cualquier tema, con tal de distraer la mente de su condición actual. De lo que estuviese a punto de suceder.

Podrían encontrarlos, la ayuda podía estar a punto de llegar en cualquier momento. Pero también podía suceder que Cip no lograse arreglar el transistor, que las provisiones y el combustible se agotaran, forzándolos a realizar una travesía suicida a través del inhóspito páramo helado.

Hasta ese momento nada había sucedido, aun así sentían la más terrible de las resoluciones pendiendo sobre ellos como la espada de Damocles.

Lonan se paraba en un rincón. Había comido el interior de una lata de pasta cremosa y marrón, aparentemente con sabor a estofado. Pudo sentir la textura de algunos vegetales entre los dientes, aunque en sí había sido, en su mayoría, grasa. Se había sacado parte de su abrigo, pero a diferencia de sus compañeros que habían puesto las prendas en el suelo para poder sentarse cómodamente, él las tenía a su lado.

Se podía observar su delgada contextura, el rostro ovalado y flaco, los ojos cansados y las arrugas que surcaban su piel quemada por el áspero clima con demasiada anticipación. El hombre era joven, no debía llegar a los treinta años, y sin embargo lucía casi diez años mayor. La mirada perdida y la forma en la que apretaba los pálidos y delgados labios hacían creer a la mayoría de las personas que lo conocían que él debía sufrir alguna condición mental.

Lo cual empeoraba el hecho de que nadie sabía cuál era su papel. Todo lo que sabían se reducían a tres cosas. Que había llegado a la estación mucho antes que la mayoría, que era invitado a casi todas las expediciones, caminando como el último hombre, y que siempre llevaba su fusil consigo. Nadie sabía de la pistola en su pecho.

-¡Bien!- La voz de Cip, que se encorvaba sobre el escritorio de madera, interrumpió la conversación –Esta es una buena noticia, chicos. Creo que puedo ajustar las piezas sueltas en esto. Sea lo que sea que intentó arrancarlo, no lo hizo con la suficiente fuerza, así que si la tormenta termina dentro de unas horas, digamos mañana, podríamos volver a la antena y repararla-

-Propongo dividir el grupo en dos- Manifestó Whitaker –La mitad irá contigo a reparar la antena, otros se quedarán aquí en caso de que la ayuda llegue al refugio antes-

Los integrantes del grupo, todos menos Lonan, asintieron en aprobación. Observaron la hora en los relojes, las cuales informaban que eran las cuatro de la tarde. En el medio de la noche antártica bien podrían ser las diez de la noche, las nueve de la mañana o las tres en la madrugada.

-Eso nos da un poco de esperanza, ¿verdad?- Insistió Elías con su positivismo característico –Nos da una razón segura para seguir avanzando-

Poco a poco decidieron ir a dormir. El estrés y el estruendo constante les había cansado el cuerpo, y aún bajo la potente luz de la lámpara que la joven utilizaba para alumbrarse, uno a uno fueron cayendo dormidos. El último en dejarse llevar, acostado sobre su campera, fue el viejo Whitaker, sin sacar su ojo azul de encima a Lonan, quién seguía inmóvil con la mirada perdida en la pared.

-Hacía mucho frío-

Lonan observó los cuerpos dormidos de sus compañeros y sintió un poco el cansancio acumulándose en sus huesos. La fuerza abandonando las rodillas

-Hacía mucho frío y mis compañeros creyeron que podían dormirlo, y aún siguen durmiendo a dónde los llevé-

Cip seguía encorvada. Tenía un pequeño generador de emergencia, cuya batería estaba completamente cargada y emitía un zumbido extraño. Soldaba los fusibles, preguntándose qué clase de fuerza terrible habría querido arriesgarse a electrocutarse para arrancar la pieza.

No parecía escuchar esos susurros.

El hombre se dirigió a la ventana que había en la esquina frente a él, un ventiluz pequeño al que también habían cubierto con una campera térmica. De alguna forma el vidrio, opaco y helado, no se había quebrado en todo ese tiempo. El exterior era puro blanco. Cip le tocó el brazo, sacándolo parcialmente de sus pensamientos. Sonrió.

-Podes ir a dormir, si queres. Yo me voy a quedar despierta, así que cualquier cosa que suceda, les avisaré-

El hombre se tomó unos segundos para responder, y cuando lo hizo aún miraba a través del sucio cristal, su voz sonó rasposa y gastada.

-No, está bien-

Se puso en puntas de pie para poder ver un poco mejor. Observó el baile violento de la nieve durante casi diez minutos hasta que logró ver la figura oscura que avanzaba hacia el refugio con paso cansado. Aun cuando fue capaz de distinguirla, se tomó su tiempo en informarlo en voz alta. Algo no estaba bien.

-Hay un hombre afuera-

En respuesta algunos de sus compañeros dormidos gruñeron y la chica levantó la cabeza, algo extrañada. Frunció un poco el ceño.

-¿Cómo que hay un hombre afuera?- Y negó con la cabeza -¿No serán ideas tuyas? Es imposible que haya un solo hombre afuera-

Si alguien había de ir al refugio, si realmente habían visto la luz de alarma titilando en la punta de la antena en desuso, utilizarían un equipo de nieve para moverse a través de la estepa. Lo que era más probable, esperarían a que pasara el temporal. Cip se levantó de su asiento y se asomó con dificultad por la ventana. Ahora se veía la figura claramente, se distinguían las extremidades como palillos, la cabeza envuelta en material térmico.

-Chicos, hay alguien afuera- Los llamó, a lo que ellos se despertaron con un poco de dificultad, sin entender del todo lo que ella les decía –Hay un hombre afuera, está solo y caminando al refugio. No creo que sea la ayuda-

-¿Qué hace alguien afuera?, ¿en esta zona, en el medio del temporal?-

-No lo sé. Lonan lo descubrió. Tal vez se ha perdido, como nosotros- Replicó Cip, encogiéndose de hombros y volviendo a mirar por el ventiluz.

Whitaker se levantó de un salto y empezó a vestirse con el traje térmico.

-Salgo yo. Vamos a traerlo. Tal vez es de una base cercana, y puede que nos comunique con ella-

Boaz, inquieto, lo imitó, junto con Blodwen, el esquimal.

Aunque bien la excusa de Blodwen era, y sin cuidar mucho sus modales frente a la unidad femenina del grupo, que tenía que ir a mear y que no lo iba a hacer dentro de un tarro en el refugio.

Cuatro figuras abandonaron la casa de metal, una de ellas para separarse y dirigirse a la caseta que estaba a unos metros. Whitaker encabezaba el grupo y Lonan, como siempre, iba detrás. La figura que habrían jurado haber visto moverse permanecía estática en el medio del paisaje y no fue hasta que estuvieron demasiado cerca que se dieron cuenta.

La piel se había pegado al hueso de una forma extraña y le viento había erosionado la mayoría de su ropa, la chaqueta de piel y cuero, el metal de sus hebillas. Como una estatua natural, el hombre se había quedado allí, dando un paso, helado, observando al frente, huyendo de vaya a saber qué horror se había escondido en el frío.

Lonan observó lo que antes había sido una persona con la mirada impávida hasta que el golpe lo derrumbó y cayó. Rodó un poco por la colina, siendo arrastrado también por el viento. Whitaker estaba furioso. Detrás de él, Boaz se encorvaba sobre sí mismo, aferrándose el estómago como si estuviese a punto de vomitar su cena, pero sin poder dejar de observar lo que una vez había sido un rostro.

-Sos un enfermo. Vos sabías y nos trajiste hasta acá igual. Sos un enfermo de la cabeza-

Le pisó el costado al pasar sobre él, mientras arrancaba a Boaz de su lugar, tomándolo fuerte por el brazo. Lonan esperó unos segundos, hasta que sus dos compañeros estuvieron a una distancia precavida, para incorporarse y seguirlos con su andar lento.

Dentro de la base de metal había un silencio pesado. Le habían echado más leña al fuego para compensar la pérdida de calor. Les quedaba media cama, pero pronto no les quedaría nada. Nadie se animaba a comentar nada al respecto.

Lo único que se escuchaba era el soplido del generador y Cip que trabajaba aún más concentrada. Sentía que ella era la única que podía sacarlos de esa situación, pero la tormenta. La maldita tormenta no cesaba, no se debilitaba y cada segundo que pasaba era un vuelco helado en el corazón que latía a toda velocidad.

No fue hasta que Digger lo dijo que se miraron entre ellos y se percataron.

-Blodwen no volvió. Blodwen no volvió del baño-

Whitaker asintió con pesadez, mientras pensaba para sus adentros ‘ese maldito y borracho esquimal’. Señaló con la cabeza a Digger mientras volvía a ponerse su traje. Se acomodaron las botas y se paró frente a la puerta, desarmando un poco la carpa para así poder pasar. Entonces se volteó y apuntó con un dedo al hombre que sostenía el fusil.

-Solo Digger y yo. No quiero saber nada con el enfermo este-

Abrieron y cerraron rápidamente la puerta, pero aun así varios copos de nieve entraron, se mantuvieron suspendidos en el aire cálido y luego desaparecieron.

 

Tercera Parte (a venir)

Tercera Parte

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