Loren escribe

El último hombre Parte 3

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Primera ParteSegunda Parte

Tercera Parte

Los dos hombres avanzaron con rabia entre la nieve, caminaban como si en realidad estuviesen pateando el hielo. Como si pudieran darle una pelea al clima, con el cuerpo y con los puños. La caseta estaba a unos pocos pasos, tenía la puerta entreabierta y si el esquimal no estaba allí, Whitaker no estaba seguro de querer ir a buscarlo entre las montañas de nieve. Si el esquimal no estaba allí, el clima mismo sería su sepulturero, su ataúd y su réquiem.

Lonan vio la puerta cerrarse y como Elías, rápidamente, acomodaba la carpa a su alrededor. Pronto el fuego volvió a recuperar el calor que se había perdido y durante un momento solo se escuchaba la madera chisporroteando gracias al calor. Finalmente el joven rompió el silencio y le sonrió.

-No es tu culpa. No sabías nada y tal vez el viejo Whitaker está demasiado estresado-

-Yo lo vi caminar- Afirmó Cip, sin levantar la vista –Estoy segura, lo vi moverse-

El hombre muerto era ahora solamente una mancha, formando parte del paisaje.

-Él es de esas personas que se violentan cuando se estresan-

Elías rió, una risa algo forzada pero también un poco genuina.

-Una vez noqueó a un físico porque dijo algo que no le cayó bien. Estábamos acampando en el puerto Mawson y se peleó porque faltaba un plato. Resultó que el físico lo había utilizado para escribir sobre el cerámico porque se le habían acabado las páginas del libro-

Rieron, los dos solos, mientras Boaz apoyaba la cabeza contra la pared, con los labios pálidos y un leve temblor, Lonan seguía con la mirada baja.

-No te tomes nada de lo que te diga demasiado a pecho- Insistió.

-Hacía mucho frio adentro, por eso me fui afuera. La caldera se negaba a encender y pensé que el metal hacia el interior más helado. No sé porque pensé eso, no sé porque pensé eso-

El silencio cayó en el grupo tras esa última frase, el joven volvió a observar la leña en la caldera y Cip parecía contenta con su trabajo. Quería decirles que ya casi estaba listo y que si no podían aguantar podían empezar a hacer el viaje ahora. Cualquier cosa para aflojar los nervios. Lonan se acercó nuevamente a la ventana. La mancha había desaparecido.

-Tenía que salir. Tenía que escapar. Quise abrir la puerta pero mi compañero me lo impidió. Yo sabía que la tormenta no iba a irse-

-Hay alguien arriba- Murmuró Lonan. Elías levantó la mirada mientras se frotaba las piernas.

-¿Arriba? Deben ser los chicos, revisando la antena. Seguramente ya encontraron a Blodwen. Ahora viene la parte difícil, si es que tiene quemaduras de frío ahí abajo-

Las viejas lamparitas amarillentas se apagaron con un zumbido y los cuatro compañeros se miraron, alumbrados por la pálida luz de la interna.

 

Blodwen estaba en la caseta. Probablemente lo que el estoico esquimal había hecho fue abrir la puerta, verlo, encogerse de hombros, y pasar a sus asuntos. No tenía tiempo para compadecerse de él. Y lo que sucedió después no estaba realmente claro, salvo que se había subido los pantalones, se había sentado en la silla helada y se había quedado allí durante casi una hora hasta que los hombres abrieron la puerta.

El primer hombre colgaba del techo. El cuero de su cinturón en el cuello no se había roto en todos esos años y su cuerpo envuelto en capas de ropa había quedado a salvo de la inclemencia del clima. Era una momia helada. La piel, quemada por el frio, estaba blanca debido a la escarcha.

Fue lo primero que vio Digger al abrir la puerta, por lo que la cerró y dio un par de pasos torpes hasta caer de espaldas, aterrorizado. Whitaker lo vio tropezar y abrió la puerta. Blodwen, le clavaba una mirada opaca, ojos bien abiertos. Apoyaba las manos en las piernas, sentado con la espalda derecha, recta. Ya no respiraba, hacía tiempo que no respiraba.

Su rostro. Era extraño. Lucía como si tuviese quemaduras por el frío, algo que solía suceder en trabajos como ese, sobre todo cuando se trataban de quemaduras simples debido a la exposición inadecuada. Era cosa de todos los días y el equipo sabía ya como pelear contra ello.

Whitaker, en todos sus años de trabajo, en los que había perdido la mayoría de los dedos de los pies debido a malas decisiones, jamás había visto algo como eso. La piel lucía gangrenosa y oscura, todas aquellas zonas descubiertas. Blodwen se había sacado los guantes, y lo que quedaba de sus manos lucía como carbón.

Como si hubiese estado esperándolo durante días. Whitaker dio un paso atrás y cerró la puerta. Ayudó a Digger a incorporarse y retomó el camino de regreso al refugio.

 

Elías cerró la puerta con un golpe buscaron la escalera que les permitiese acceder al techo. Subió primero él y después Lonan y ambos observaron extrañados a la figura que atacaba a golpes el equipo electrónico.

-Hacía mucho frio, por eso los dejé aquí. Hacía demasiado frío para dejarlos adentro, y ellos estaban durmiendo-

-¿Whitaker? ¿Encontraste ya a Blodwen?-

Le preguntó Elías a gritos, cubriéndose la cara con los brazos. Pese a que estaba cubierto hasta la nariz, tenía antiparras y la gorra calzaba hasta debajo de sus cejas, el viento le hacía arder.

El hombre seguía metiendo las manos y tirando de los cables. La luz que marcaba el S.O.S. arriba de la antena se había apagado y todo se sumía en penumbras. Él se volteó para observarlos.

No era nadie que conocían. Vestía una pesaba chaqueta de cuero y piel, al igual que su gorra y los gruesos pantalones. Lucia completamente trastornado. Dando dos pasos redujo la distancia entre los dos y tomó a Elías de los hombros, sacudiéndolo.

-Hace mucho frío. Te quieres quedar, pero no podemos quedarnos. Esta será nuestra tumba. Hace demasiado frío, yo los dejé acá. Yo sé que lo dejé acá- Hablaba demasiado rápido, atropellándose con las palabras. Elías intentaba soltarse pero él le apretaba con firmeza los hombros.

No lograba entender por qué el hombre estaba arriba de techo y como había llegado allí siquiera. Lonan cargó el rifle y le apuntó a la cabeza.

-¿Qué?- Balbuceó Elías.

-Los dejé acá. Los necesito para arreglar la antena. Los dejé acá, ¿dónde están?-

-No sé de qué estás hablando-

El desconocido abrió los ojos en una señal de sorpresa. Finalmente lo soltó y dio un paso atrás mientras le apuntaba con un dedo.

-Te los llevaste. Te los llevaste y nos dejaste acá a morir con la tormenta- Gritó.

Elías negó con la cabeza sin entender de qué le hablaba, mientras él hombre se agachaba y se tomaba la cabeza entre las manos, soltando alaridos de furia. Luego se detuvo. Hablaba con la voz baja, como si estuviese sollozando.

-Hacía tanto frío. Hacía tanto frío que no podíamos respirar-

Lonan disparó al momento en el que el desconocido saltaba adelante, la bala silbó, rozando la cabeza del hombre y rebotando contra el suelo de metal.

Se lanzó sobre Elías, tomándolo del cuello y haciéndolo caer con fuerza. Lonan volvió a cargar el rifle, los dedos entumecidos, pero para cuando finalmente disparó y la cabeza del hombre se movió violentamente a un costado manchándolo todo de sangre, ya era tarde. Elías había caído con todo ese peso sobre su sien, sobre el borde de metal. Él líquido rojo había empezado a brotar y empapaba lentamente, cayendo sobre la pared helada, manchando el cartel de letras desconocidas.

Aún en la oscuridad se veía el color rojo.

El cuerpo del atacante se escondía entre la nieve y Lonan se preguntó si el cadáver estaba allí de antes o si realmente había sido él quien le había dado el golpe de gracia. La piel del rostro helado estaba quemada por el frio y adherida al rostro. El cuerpo lucía seco e inexpresivo, las manos como garras. Las manchas de sangre solo eran pinceladas viejas debajo de una capa de hielo, casi imposible de notarlas. El agujero de bala estaba allí, justo arriba de la oreja, un punto negro y seco.

Lonan bajó por las escaleras y volvió hacia la puerta para encontrarse con el rostro inexpresivo de Whitaker. Entendió, rápidamente, que él no había visto al segundo hombre. Solo había escuchado el disparo y había visto la sangre brotando de Elías.

-Va adentro y no digas nada- Le ordenó a Digger, cuya expresión estaba helada.

Él obedeció, completamente aterrorizado, y desapareció tras la puerta. Sin decir nada más el hombre avanzó hacia la tormenta.

-Hacia demasiado frío-

La voz se repetía en el aire. Lonan lo siguió, con su paso tranquilo, cansado y el fusil ardiendo en sus manos. Podía sentir el calor aún a través de los guantes. Whitaker se detuvo cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos del refugio y sin pensarlo, le asestó un golpe en el medio de la cara. Lonan cayó de espaldas, con el viejo hombre sobre él, intentando arrebatarle el fusil.

-Yo sabía que había algo raro. Yo sabía que había algo raro-

Le gritaba con la garganta afónica y aun así era casi imposible escucharlo sobre el rugido del viento. Volvió a golpearle, pero Lonan no atacaba ni se defendía. Simplemente aferraba con todas sus fuerzas al arma de metal. Esperó al momento justo para patear a Whitaker y lanzarlo a un costado. Se arrastró entre la nieve, ambos aun forcejeando.

El segundo disparo cruzó el aire y fue ahogado por la tormenta. Whitaker se incorporó y retrocedió un par de pasos. Miró hacia abajo. Una mancha roja nació a la altura de su muslo y empezó a extenderse hacia abajo, manchando su pantalón. Lonan no le apuntaba. Simplemente estaba allí acostado entre la nieve.

Luego se incorporó, con dificultad, y caminó nuevamente hasta el refugio, dejando al hombre de barba cobriza atrás, la figura escondida en una cortina de hielo.

-Cobarde- Le gritó, y el sonido de su voz cansada atravesó el aire –Vos y tu fusil. Cobarde-

E intentó dar un paso pero la pierna le falló y cayó de rodillas ante la nieve. El joven de dio vuelta y él creyó que iba a terminar su trabajo pero en vez de eso clavó el fusil.

-Si queres hacerlo, hacelo- Le espetó y siguió su camino.

Whitaker recordaba aquellos veranos que había pasado cazando liebres o perdices, junto a sus amigos en su tierra natal. De cómo había entrenado para cazar su primer jabalí, y como en todo ese verano no habían visto ninguno. De golpe todos los recuerdos de como sostener el arma, la presión del disparo frente a su hombro, el ojo en la mirilla. Lonan caminaba en línea recta, con parsimonia. Él era su jabalí.

Lento. Tranquilo.

Se arrastró por la nieve helada, moviendo el hielo y agachando la cabeza frente a las ráfagas de viento. Tras varios minutos de andar desesperado llegó al arma de metal, la tomó y se incorporó como pudo. Respiró, controlando el temblor que atacaba los brazos cansados, apuntó a la figura que estaba tan solo a unos cuantos metros y apretó el gatillo.

El arma hizo el simulacro de disparar pero nada sucedió. Lonan seguía avanzando hacia el refugio y no quedaban balas.

 

-Hacía mucho frío-

La voz parecía venir de aquellas figuras entre la nieve, repitiendo lo mismo una y otra vez. No era la primera vez que las escuchaba, por eso le habían dado el fusil. Pero sabía que sería la última vez que lo haría.

-Hacía tanto frio, sabía que si nos quedábamos allí. Ellos estaban durmiendo cuando murieron-

Cerró la puerta detrás de él. Boaz dormía en uno de los rincones, como si el estrés lo hubiese atacado hasta dejar nada más que sueño. Digger era quien tenía la mirada en el suelo y no se atrevía a levantarla y Cip estaba completamente aislada, a punto de terminar el trabajo sobre el escritorio. Observó a cada uno de ellos con mirada cansada.

-Hacía demasiado frío-

La tormenta no iba a irse ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Se sacó el abrigo y con cuidado sacó el arma que estaba en su pecho. Contó las balas, una con cada uno de los nombres de sus compañeros. Una extra, la de él. Era para eso que siempre la llevaba consigo.

Los dos hombres avanzaron con rabia entre la nieve, caminaban como si en realidad estuviesen pateando el hielo. Como si pudieran darle una pelea al clima, con el cuerpo y con los puños. La caseta estaba a unos pocos pasos, tenía la puerta entreabierta y si el esquimal no estaba allí, Whitaker no estaba seguro de querer ir a buscarlo entre las montañas de nieve. Si el esquimal no estaba allí, el clima mismo sería su sepulturero, su ataúd y su réquiem.

Lonan vio la puerta cerrarse y como Elías, rápidamente, acomodaba la carpa a su alrededor. Pronto el fuego volvió a recuperar el calor que se había perdido y durante un momento solo se escuchaba la madera chisporroteando gracias al calor. Finalmente el joven rompió el silencio y le sonrió.

-No es tu culpa. No sabías nada y tal vez el viejo Whitaker está demasiado estresado-

-Yo lo vi caminar- Afirmó Cip, sin levantar la vista –Estoy segura, lo vi moverse-

El hombre muerto era ahora solamente una mancha, formando parte del paisaje.

-Él es de esas personas que se violentan cuando se estresan-

Elías rió, una risa algo forzada pero también un poco genuina.

-Una vez noqueó a un físico porque dijo algo que no le cayó bien. Estábamos acampando en el puerto Mawson y se peleó porque faltaba un plato. Resultó que el físico lo había utilizado para escribir sobre el cerámico porque se le habían acabado las páginas del libro-

Rieron, los dos solos, mientras Boaz apoyaba la cabeza contra la pared, con los labios pálidos y un leve temblor, Lonan seguía con la mirada baja.

-No te tomes nada de lo que te diga demasiado a pecho- Insistió.

-Hacía mucho frio adentro, por eso me fui afuera. La caldera se negaba a encender y pensé que el metal hacia el interior más helado. No sé porque pensé eso, no sé porque pensé eso-

El silencio cayó en el grupo tras esa última frase, el joven volvió a observar la leña en la caldera y Cip parecía contenta con su trabajo. Quería decirles que ya casi estaba listo y que si no podían aguantar podían empezar a hacer el viaje ahora. Cualquier cosa para aflojar los nervios. Lonan se acercó nuevamente a la ventana. La mancha había desaparecido.

-Tenía que salir. Tenía que escapar. Quise abrir la puerta pero mi compañero me lo impidió. Yo sabía que la tormenta no iba a irse-

-Hay alguien arriba- Murmuró Lonan. Elías levantó la mirada mientras se frotaba las piernas.

-¿Arriba? Deben ser los chicos, revisando la antena. Seguramente ya encontraron a Blodwen. Ahora viene la parte difícil, si es que tiene quemaduras de frío ahí abajo-

Las viejas lamparitas amarillentas se apagaron con un zumbido y los cuatro compañeros se miraron, alumbrados por la pálida luz de la interna.

 

Blodwen estaba en la caseta. Probablemente lo que el estoico esquimal había hecho fue abrir la puerta, verlo, encogerse de hombros, y pasar a sus asuntos. No tenía tiempo para compadecerse de él. Y lo que sucedió después no estaba realmente claro, salvo que se había subido los pantalones, se había sentado en la silla helada y se había quedado allí durante casi una hora hasta que los hombres abrieron la puerta.

El primer hombre colgaba del techo. El cuero de su cinturón en el cuello no se había roto en todos esos años y su cuerpo envuelto en capas de ropa había quedado a salvo de la inclemencia del clima. Era una momia helada. La piel, quemada por el frio, estaba blanca debido a la escarcha.

Fue lo primero que vio Digger al abrir la puerta, por lo que la cerró y dio un par de pasos torpes hasta caer de espaldas, aterrorizado. Whitaker lo vio tropezar y abrió la puerta. Blodwen, le clavaba una mirada opaca, ojos bien abiertos. Apoyaba las manos en las piernas, sentado con la espalda derecha, recta. Ya no respiraba, hacía tiempo que no respiraba.

Su rostro. Era extraño. Lucía como si tuviese quemaduras por el frío, algo que solía suceder en trabajos como ese, sobre todo cuando se trataban de quemaduras simples debido a la exposición inadecuada. Era cosa de todos los días y el equipo sabía ya como pelear contra ello.

Whitaker, en todos sus años de trabajo, en los que había perdido la mayoría de los dedos de los pies debido a malas decisiones, jamás había visto algo como eso. La piel lucía gangrenosa y oscura, todas aquellas zonas descubiertas. Blodwen se había sacado los guantes, y lo que quedaba de sus manos lucía como carbón.

Como si hubiese estado esperándolo durante días. Whitaker dio un paso atrás y cerró la puerta. Ayudó a Digger a incorporarse y retomó el camino de regreso al refugio.

 

Elías cerró la puerta con un golpe buscaron la escalera que les permitiese acceder al techo. Subió primero él y después Lonan y ambos observaron extrañados a la figura que atacaba a golpes el equipo electrónico.

-Hacía mucho frio, por eso los dejé aquí. Hacía demasiado frío para dejarlos adentro, y ellos estaban durmiendo-

-¿Whitaker? ¿Encontraste ya a Blodwen?-

Le preguntó Elías a gritos, cubriéndose la cara con los brazos. Pese a que estaba cubierto hasta la nariz, tenía antiparras y la gorra calzaba hasta debajo de sus cejas, el viento le hacía arder.

El hombre seguía metiendo las manos y tirando de los cables. La luz que marcaba el S.O.S. arriba de la antena se había apagado y todo se sumía en penumbras. Él se volteó para observarlos.

No era nadie que conocían. Vestía una pesaba chaqueta de cuero y piel, al igual que su gorra y los gruesos pantalones. Lucia completamente trastornado. Dando dos pasos redujo la distancia entre los dos y tomó a Elías de los hombros, sacudiéndolo.

-Hace mucho frío. Te quieres quedar, pero no podemos quedarnos. Esta será nuestra tumba. Hace demasiado frío, yo los dejé acá. Yo sé que lo dejé acá- Hablaba demasiado rápido, atropellándose con las palabras. Elías intentaba soltarse pero él le apretaba con firmeza los hombros.

No lograba entender por qué el hombre estaba arriba de techo y como había llegado allí siquiera. Lonan cargó el rifle y le apuntó a la cabeza.

-¿Qué?- Balbuceó Elías.

-Los dejé acá. Los necesito para arreglar la antena. Los dejé acá, ¿dónde están?-

-No sé de qué estás hablando-

El desconocido abrió los ojos en una señal de sorpresa. Finalmente lo soltó y dio un paso atrás mientras le apuntaba con un dedo.

-Te los llevaste. Te los llevaste y nos dejaste acá a morir con la tormenta- Gritó.

Elías negó con la cabeza sin entender de qué le hablaba, mientras él hombre se agachaba y se tomaba la cabeza entre las manos, soltando alaridos de furia. Luego se detuvo. Hablaba con la voz baja, como si estuviese sollozando.

-Hacía tanto frío. Hacía tanto frío que no podíamos respirar-

Lonan disparó al momento en el que el desconocido saltaba adelante, la bala silbó, rozando la cabeza del hombre y rebotando contra el suelo de metal.

Se lanzó sobre Elías, tomándolo del cuello y haciéndolo caer con fuerza. Lonan volvió a cargar el rifle, los dedos entumecidos, pero para cuando finalmente disparó y la cabeza del hombre se movió violentamente a un costado manchándolo todo de sangre, ya era tarde. Elías había caído con todo ese peso sobre su sien, sobre el borde de metal. Él líquido rojo había empezado a brotar y empapaba lentamente, cayendo sobre la pared helada, manchando el cartel de letras desconocidas.

Aún en la oscuridad se veía el color rojo.

El cuerpo del atacante se escondía entre la nieve y Lonan se preguntó si el cadáver estaba allí de antes o si realmente había sido él quien le había dado el golpe de gracia. La piel del rostro helado estaba quemada por el frio y adherida al rostro. El cuerpo lucía seco e inexpresivo, las manos como garras. Las manchas de sangre solo eran pinceladas viejas debajo de una capa de hielo, casi imposible de notarlas. El agujero de bala estaba allí, justo arriba de la oreja, un punto negro y seco.

Lonan bajó por las escaleras y volvió hacia la puerta para encontrarse con el rostro inexpresivo de Whitaker. Entendió, rápidamente, que él no había visto al segundo hombre. Solo había escuchado el disparo y había visto la sangre brotando de Elías.

-Va adentro y no digas nada- Le ordenó a Digger, cuya expresión estaba helada.

Él obedeció, completamente aterrorizado, y desapareció tras la puerta. Sin decir nada más el hombre avanzó hacia la tormenta.

-Hacia demasiado frío-

La voz se repetía en el aire. Lonan lo siguió, con su paso tranquilo, cansado y el fusil ardiendo en sus manos. Podía sentir el calor aún a través de los guantes. Whitaker se detuvo cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos del refugio y sin pensarlo, le asestó un golpe en el medio de la cara. Lonan cayó de espaldas, con el viejo hombre sobre él, intentando arrebatarle el fusil.

-Yo sabía que había algo raro. Yo sabía que había algo raro-

Le gritaba con la garganta afónica y aun así era casi imposible escucharlo sobre el rugido del viento. Volvió a golpearle, pero Lonan no atacaba ni se defendía. Simplemente aferraba con todas sus fuerzas al arma de metal. Esperó al momento justo para patear a Whitaker y lanzarlo a un costado. Se arrastró entre la nieve, ambos aun forcejeando.

El segundo disparo cruzó el aire y fue ahogado por la tormenta. Whitaker se incorporó y retrocedió un par de pasos. Miró hacia abajo. Una mancha roja nació a la altura de su muslo y empezó a extenderse hacia abajo, manchando su pantalón. Lonan no le apuntaba. Simplemente estaba allí acostado entre la nieve.

Luego se incorporó, con dificultad, y caminó nuevamente hasta el refugio, dejando al hombre de barba cobriza atrás, la figura escondida en una cortina de hielo.

-Cobarde- Le gritó, y el sonido de su voz cansada atravesó el aire –Vos y tu fusil. Cobarde-

E intentó dar un paso pero la pierna le falló y cayó de rodillas ante la nieve. El joven de dio vuelta y él creyó que iba a terminar su trabajo pero en vez de eso clavó el fusil.

-Si queres hacerlo, hacelo- Le espetó y siguió su camino.

Whitaker recordaba aquellos veranos que había pasado cazando liebres o perdices, junto a sus amigos en su tierra natal. De cómo había entrenado para cazar su primer jabalí, y como en todo ese verano no habían visto ninguno. De golpe todos los recuerdos de como sostener el arma, la presión del disparo frente a su hombro, el ojo en la mirilla. Lonan caminaba en línea recta, con parsimonia. Él era su jabalí.

Lento. Tranquilo.

Se arrastró por la nieve helada, moviendo el hielo y agachando la cabeza frente a las ráfagas de viento. Tras varios minutos de andar desesperado llegó al arma de metal, la tomó y se incorporó como pudo. Respiró, controlando el temblor que atacaba los brazos cansados, apuntó a la figura que estaba tan solo a unos cuantos metros y apretó el gatillo.

El arma hizo el simulacro de disparar pero nada sucedió. Lonan seguía avanzando hacia el refugio y no quedaban balas.

 

-Hacía mucho frío-

La voz parecía venir de aquellas figuras entre la nieve, repitiendo lo mismo una y otra vez. No era la primera vez que las escuchaba, por eso le habían dado el fusil. Pero sabía que sería la última vez que lo haría.

-Hacía tanto frio, sabía que si nos quedábamos allí. Ellos estaban durmiendo cuando murieron-

Cerró la puerta detrás de él. Boaz dormía en uno de los rincones, como si el estrés lo hubiese atacado hasta dejar nada más que sueño. Digger era quien tenía la mirada en el suelo y no se atrevía a levantarla y Cip estaba completamente aislada, a punto de terminar el trabajo sobre el escritorio. Observó a cada uno de ellos con mirada cansada.

-Hacía demasiado frío-

La tormenta no iba a irse ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Se sacó el abrigo y con cuidado sacó el arma que estaba en su pecho. Contó las balas, una con cada uno de los nombres de sus compañeros. Una extra, la de él. Era para eso que siempre la llevaba consigo.

Los dos hombres avanzaron con rabia entre la nieve, caminaban como si en realidad estuviesen pateando el hielo. Como si pudieran darle una pelea al clima, con el cuerpo y con los puños. La caseta estaba a unos pocos pasos, tenía la puerta entreabierta y si el esquimal no estaba allí, Whitaker no estaba seguro de querer ir a buscarlo entre las montañas de nieve. Si el esquimal no estaba allí, el clima mismo sería su sepulturero, su ataúd y su réquiem.

Lonan vio la puerta cerrarse y como Elías, rápidamente, acomodaba la carpa a su alrededor. Pronto el fuego volvió a recuperar el calor que se había perdido y durante un momento solo se escuchaba la madera chisporroteando gracias al calor. Finalmente el joven rompió el silencio y le sonrió.

-No es tu culpa. No sabías nada y tal vez el viejo Whitaker está demasiado estresado-

-Yo lo vi caminar- Afirmó Cip, sin levantar la vista –Estoy segura, lo vi moverse-

El hombre muerto era ahora solamente una mancha, formando parte del paisaje.

-Él es de esas personas que se violentan cuando se estresan-

Elías rió, una risa algo forzada pero también un poco genuina.

-Una vez noqueó a un físico porque dijo algo que no le cayó bien. Estábamos acampando en el puerto Mawson y se peleó porque faltaba un plato. Resultó que el físico lo había utilizado para escribir sobre el cerámico porque se le habían acabado las páginas del libro-

Rieron, los dos solos, mientras Boaz apoyaba la cabeza contra la pared, con los labios pálidos y un leve temblor, Lonan seguía con la mirada baja.

-No te tomes nada de lo que te diga demasiado a pecho- Insistió.

-Hacía mucho frio adentro, por eso me fui afuera. La caldera se negaba a encender y pensé que el metal hacia el interior más helado. No sé porque pensé eso, no sé porque pensé eso-

El silencio cayó en el grupo tras esa última frase, el joven volvió a observar la leña en la caldera y Cip parecía contenta con su trabajo. Quería decirles que ya casi estaba listo y que si no podían aguantar podían empezar a hacer el viaje ahora. Cualquier cosa para aflojar los nervios. Lonan se acercó nuevamente a la ventana. La mancha había desaparecido.

-Tenía que salir. Tenía que escapar. Quise abrir la puerta pero mi compañero me lo impidió. Yo sabía que la tormenta no iba a irse-

-Hay alguien arriba- Murmuró Lonan. Elías levantó la mirada mientras se frotaba las piernas.

-¿Arriba? Deben ser los chicos, revisando la antena. Seguramente ya encontraron a Blodwen. Ahora viene la parte difícil, si es que tiene quemaduras de frío ahí abajo-

Las viejas lamparitas amarillentas se apagaron con un zumbido y los cuatro compañeros se miraron, alumbrados por la pálida luz de la interna.

 

Blodwen estaba en la caseta. Probablemente lo que el estoico esquimal había hecho fue abrir la puerta, verlo, encogerse de hombros, y pasar a sus asuntos. No tenía tiempo para compadecerse de él. Y lo que sucedió después no estaba realmente claro, salvo que se había subido los pantalones, se había sentado en la silla helada y se había quedado allí durante casi una hora hasta que los hombres abrieron la puerta.

El primer hombre colgaba del techo. El cuero de su cinturón en el cuello no se había roto en todos esos años y su cuerpo envuelto en capas de ropa había quedado a salvo de la inclemencia del clima. Era una momia helada. La piel, quemada por el frio, estaba blanca debido a la escarcha.

Fue lo primero que vio Digger al abrir la puerta, por lo que la cerró y dio un par de pasos torpes hasta caer de espaldas, aterrorizado. Whitaker lo vio tropezar y abrió la puerta. Blodwen, le clavaba una mirada opaca, ojos bien abiertos. Apoyaba las manos en las piernas, sentado con la espalda derecha, recta. Ya no respiraba, hacía tiempo que no respiraba.

Su rostro. Era extraño. Lucía como si tuviese quemaduras por el frío, algo que solía suceder en trabajos como ese, sobre todo cuando se trataban de quemaduras simples debido a la exposición inadecuada. Era cosa de todos los días y el equipo sabía ya como pelear contra ello.

Whitaker, en todos sus años de trabajo, en los que había perdido la mayoría de los dedos de los pies debido a malas decisiones, jamás había visto algo como eso. La piel lucía gangrenosa y oscura, todas aquellas zonas descubiertas. Blodwen se había sacado los guantes, y lo que quedaba de sus manos lucía como carbón.

Como si hubiese estado esperándolo durante días. Whitaker dio un paso atrás y cerró la puerta. Ayudó a Digger a incorporarse y retomó el camino de regreso al refugio.

 

Elías cerró la puerta con un golpe buscaron la escalera que les permitiese acceder al techo. Subió primero él y después Lonan y ambos observaron extrañados a la figura que atacaba a golpes el equipo electrónico.

-Hacía mucho frio, por eso los dejé aquí. Hacía demasiado frío para dejarlos adentro, y ellos estaban durmiendo-

-¿Whitaker? ¿Encontraste ya a Blodwen?-

Le preguntó Elías a gritos, cubriéndose la cara con los brazos. Pese a que estaba cubierto hasta la nariz, tenía antiparras y la gorra calzaba hasta debajo de sus cejas, el viento le hacía arder.

El hombre seguía metiendo las manos y tirando de los cables. La luz que marcaba el S.O.S. arriba de la antena se había apagado y todo se sumía en penumbras. Él se volteó para observarlos.

No era nadie que conocían. Vestía una pesaba chaqueta de cuero y piel, al igual que su gorra y los gruesos pantalones. Lucia completamente trastornado. Dando dos pasos redujo la distancia entre los dos y tomó a Elías de los hombros, sacudiéndolo.

-Hace mucho frío. Te quieres quedar, pero no podemos quedarnos. Esta será nuestra tumba. Hace demasiado frío, yo los dejé acá. Yo sé que lo dejé acá- Hablaba demasiado rápido, atropellándose con las palabras. Elías intentaba soltarse pero él le apretaba con firmeza los hombros.

No lograba entender por qué el hombre estaba arriba de techo y como había llegado allí siquiera. Lonan cargó el rifle y le apuntó a la cabeza.

-¿Qué?- Balbuceó Elías.

-Los dejé acá. Los necesito para arreglar la antena. Los dejé acá, ¿dónde están?-

-No sé de qué estás hablando-

El desconocido abrió los ojos en una señal de sorpresa. Finalmente lo soltó y dio un paso atrás mientras le apuntaba con un dedo.

-Te los llevaste. Te los llevaste y nos dejaste acá a morir con la tormenta- Gritó.

Elías negó con la cabeza sin entender de qué le hablaba, mientras él hombre se agachaba y se tomaba la cabeza entre las manos, soltando alaridos de furia. Luego se detuvo. Hablaba con la voz baja, como si estuviese sollozando.

-Hacía tanto frío. Hacía tanto frío que no podíamos respirar-

Lonan disparó al momento en el que el desconocido saltaba adelante, la bala silbó, rozando la cabeza del hombre y rebotando contra el suelo de metal.

Se lanzó sobre Elías, tomándolo del cuello y haciéndolo caer con fuerza. Lonan volvió a cargar el rifle, los dedos entumecidos, pero para cuando finalmente disparó y la cabeza del hombre se movió violentamente a un costado manchándolo todo de sangre, ya era tarde. Elías había caído con todo ese peso sobre su sien, sobre el borde de metal. Él líquido rojo había empezado a brotar y empapaba lentamente, cayendo sobre la pared helada, manchando el cartel de letras desconocidas.

Aún en la oscuridad se veía el color rojo.

El cuerpo del atacante se escondía entre la nieve y Lonan se preguntó si el cadáver estaba allí de antes o si realmente había sido él quien le había dado el golpe de gracia. La piel del rostro helado estaba quemada por el frio y adherida al rostro. El cuerpo lucía seco e inexpresivo, las manos como garras. Las manchas de sangre solo eran pinceladas viejas debajo de una capa de hielo, casi imposible de notarlas. El agujero de bala estaba allí, justo arriba de la oreja, un punto negro y seco.

Lonan bajó por las escaleras y volvió hacia la puerta para encontrarse con el rostro inexpresivo de Whitaker. Entendió, rápidamente, que él no había visto al segundo hombre. Solo había escuchado el disparo y había visto la sangre brotando de Elías.

-Va adentro y no digas nada- Le ordenó a Digger, cuya expresión estaba helada.

Él obedeció, completamente aterrorizado, y desapareció tras la puerta. Sin decir nada más el hombre avanzó hacia la tormenta.

-Hacia demasiado frío-

La voz se repetía en el aire. Lonan lo siguió, con su paso tranquilo, cansado y el fusil ardiendo en sus manos. Podía sentir el calor aún a través de los guantes. Whitaker se detuvo cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos del refugio y sin pensarlo, le asestó un golpe en el medio de la cara. Lonan cayó de espaldas, con el viejo hombre sobre él, intentando arrebatarle el fusil.

-Yo sabía que había algo raro. Yo sabía que había algo raro-

Le gritaba con la garganta afónica y aun así era casi imposible escucharlo sobre el rugido del viento. Volvió a golpearle, pero Lonan no atacaba ni se defendía. Simplemente aferraba con todas sus fuerzas al arma de metal. Esperó al momento justo para patear a Whitaker y lanzarlo a un costado. Se arrastró entre la nieve, ambos aun forcejeando.

El segundo disparo cruzó el aire y fue ahogado por la tormenta. Whitaker se incorporó y retrocedió un par de pasos. Miró hacia abajo. Una mancha roja nació a la altura de su muslo y empezó a extenderse hacia abajo, manchando su pantalón. Lonan no le apuntaba. Simplemente estaba allí acostado entre la nieve.

Luego se incorporó, con dificultad, y caminó nuevamente hasta el refugio, dejando al hombre de barba cobriza atrás, la figura escondida en una cortina de hielo.

-Cobarde- Le gritó, y el sonido de su voz cansada atravesó el aire –Vos y tu fusil. Cobarde-

E intentó dar un paso pero la pierna le falló y cayó de rodillas ante la nieve. El joven de dio vuelta y él creyó que iba a terminar su trabajo pero en vez de eso clavó el fusil.

-Si queres hacerlo, hacelo- Le espetó y siguió su camino.

Whitaker recordaba aquellos veranos que había pasado cazando liebres o perdices, junto a sus amigos en su tierra natal. De cómo había entrenado para cazar su primer jabalí, y como en todo ese verano no habían visto ninguno. De golpe todos los recuerdos de como sostener el arma, la presión del disparo frente a su hombro, el ojo en la mirilla. Lonan caminaba en línea recta, con parsimonia. Él era su jabalí.

Lento. Tranquilo.

Se arrastró por la nieve helada, moviendo el hielo y agachando la cabeza frente a las ráfagas de viento. Tras varios minutos de andar desesperado llegó al arma de metal, la tomó y se incorporó como pudo. Respiró, controlando el temblor que atacaba los brazos cansados, apuntó a la figura que estaba tan solo a unos cuantos metros y apretó el gatillo.

El arma hizo el simulacro de disparar pero nada sucedió. Lonan seguía avanzando hacia el refugio y no quedaban balas.

 

-Hacía mucho frío-

La voz parecía venir de aquellas figuras entre la nieve, repitiendo lo mismo una y otra vez. No era la primera vez que las escuchaba, por eso le habían dado el fusil. Pero sabía que sería la última vez que lo haría.

-Hacía tanto frio, sabía que si nos quedábamos allí. Ellos estaban durmiendo cuando murieron-

Cerró la puerta detrás de él. Boaz dormía en uno de los rincones, como si el estrés lo hubiese atacado hasta dejar nada más que sueño. Digger era quien tenía la mirada en el suelo y no se atrevía a levantarla y Cip estaba completamente aislada, a punto de terminar el trabajo sobre el escritorio. Observó a cada uno de ellos con mirada cansada.

-Hacía demasiado frío-

La tormenta no iba a irse ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Se sacó el abrigo y con cuidado sacó el arma que estaba en su pecho. Contó las balas, una con cada uno de los nombres de sus compañeros. Una extra, la de él. Era para eso que siempre la llevaba consigo.

Los dos hombres avanzaron con rabia entre la nieve, caminaban como si en realidad estuviesen pateando el hielo. Como si pudieran darle una pelea al clima, con el cuerpo y con los puños. La caseta estaba a unos pocos pasos, tenía la puerta entreabierta y si el esquimal no estaba allí, Whitaker no estaba seguro de querer ir a buscarlo entre las montañas de nieve. Si el esquimal no estaba allí, el clima mismo sería su sepulturero, su ataúd y su réquiem.

Lonan vio la puerta cerrarse y como Elías, rápidamente, acomodaba la carpa a su alrededor. Pronto el fuego volvió a recuperar el calor que se había perdido y durante un momento solo se escuchaba la madera chisporroteando gracias al calor. Finalmente el joven rompió el silencio y le sonrió.

-No es tu culpa. No sabías nada y tal vez el viejo Whitaker está demasiado estresado-

-Yo lo vi caminar- Afirmó Cip, sin levantar la vista –Estoy segura, lo vi moverse-

El hombre muerto era ahora solamente una mancha, formando parte del paisaje.

-Él es de esas personas que se violentan cuando se estresan-

Elías rió, una risa algo forzada pero también un poco genuina.

-Una vez noqueó a un físico porque dijo algo que no le cayó bien. Estábamos acampando en el puerto Mawson y se peleó porque faltaba un plato. Resultó que el físico lo había utilizado para escribir sobre el cerámico porque se le habían acabado las páginas del libro-

Rieron, los dos solos, mientras Boaz apoyaba la cabeza contra la pared, con los labios pálidos y un leve temblor, Lonan seguía con la mirada baja.

-No te tomes nada de lo que te diga demasiado a pecho- Insistió.

-Hacía mucho frio adentro, por eso me fui afuera. La caldera se negaba a encender y pensé que el metal hacia el interior más helado. No sé porque pensé eso, no sé porque pensé eso-

El silencio cayó en el grupo tras esa última frase, el joven volvió a observar la leña en la caldera y Cip parecía contenta con su trabajo. Quería decirles que ya casi estaba listo y que si no podían aguantar podían empezar a hacer el viaje ahora. Cualquier cosa para aflojar los nervios. Lonan se acercó nuevamente a la ventana. La mancha había desaparecido.

-Tenía que salir. Tenía que escapar. Quise abrir la puerta pero mi compañero me lo impidió. Yo sabía que la tormenta no iba a irse-

-Hay alguien arriba- Murmuró Lonan. Elías levantó la mirada mientras se frotaba las piernas.

-¿Arriba? Deben ser los chicos, revisando la antena. Seguramente ya encontraron a Blodwen. Ahora viene la parte difícil, si es que tiene quemaduras de frío ahí abajo-

Las viejas lamparitas amarillentas se apagaron con un zumbido y los cuatro compañeros se miraron, alumbrados por la pálida luz de la interna.

 

Blodwen estaba en la caseta. Probablemente lo que el estoico esquimal había hecho fue abrir la puerta, verlo, encogerse de hombros, y pasar a sus asuntos. No tenía tiempo para compadecerse de él. Y lo que sucedió después no estaba realmente claro, salvo que se había subido los pantalones, se había sentado en la silla helada y se había quedado allí durante casi una hora hasta que los hombres abrieron la puerta.

El primer hombre colgaba del techo. El cuero de su cinturón en el cuello no se había roto en todos esos años y su cuerpo envuelto en capas de ropa había quedado a salvo de la inclemencia del clima. Era una momia helada. La piel, quemada por el frio, estaba blanca debido a la escarcha.

Fue lo primero que vio Digger al abrir la puerta, por lo que la cerró y dio un par de pasos torpes hasta caer de espaldas, aterrorizado. Whitaker lo vio tropezar y abrió la puerta. Blodwen, le clavaba una mirada opaca, ojos bien abiertos. Apoyaba las manos en las piernas, sentado con la espalda derecha, recta. Ya no respiraba, hacía tiempo que no respiraba.

Su rostro. Era extraño. Lucía como si tuviese quemaduras por el frío, algo que solía suceder en trabajos como ese, sobre todo cuando se trataban de quemaduras simples debido a la exposición inadecuada. Era cosa de todos los días y el equipo sabía ya como pelear contra ello.

Whitaker, en todos sus años de trabajo, en los que había perdido la mayoría de los dedos de los pies debido a malas decisiones, jamás había visto algo como eso. La piel lucía gangrenosa y oscura, todas aquellas zonas descubiertas. Blodwen se había sacado los guantes, y lo que quedaba de sus manos lucía como carbón.

Como si hubiese estado esperándolo durante días. Whitaker dio un paso atrás y cerró la puerta. Ayudó a Digger a incorporarse y retomó el camino de regreso al refugio.

 

Elías cerró la puerta con un golpe buscaron la escalera que les permitiese acceder al techo. Subió primero él y después Lonan y ambos observaron extrañados a la figura que atacaba a golpes el equipo electrónico.

-Hacía mucho frio, por eso los dejé aquí. Hacía demasiado frío para dejarlos adentro, y ellos estaban durmiendo-

-¿Whitaker? ¿Encontraste ya a Blodwen?-

Le preguntó Elías a gritos, cubriéndose la cara con los brazos. Pese a que estaba cubierto hasta la nariz, tenía antiparras y la gorra calzaba hasta debajo de sus cejas, el viento le hacía arder.

El hombre seguía metiendo las manos y tirando de los cables. La luz que marcaba el S.O.S. arriba de la antena se había apagado y todo se sumía en penumbras. Él se volteó para observarlos.

No era nadie que conocían. Vestía una pesaba chaqueta de cuero y piel, al igual que su gorra y los gruesos pantalones. Lucia completamente trastornado. Dando dos pasos redujo la distancia entre los dos y tomó a Elías de los hombros, sacudiéndolo.

-Hace mucho frío. Te quieres quedar, pero no podemos quedarnos. Esta será nuestra tumba. Hace demasiado frío, yo los dejé acá. Yo sé que lo dejé acá- Hablaba demasiado rápido, atropellándose con las palabras. Elías intentaba soltarse pero él le apretaba con firmeza los hombros.

No lograba entender por qué el hombre estaba arriba de techo y como había llegado allí siquiera. Lonan cargó el rifle y le apuntó a la cabeza.

-¿Qué?- Balbuceó Elías.

-Los dejé acá. Los necesito para arreglar la antena. Los dejé acá, ¿dónde están?-

-No sé de qué estás hablando-

El desconocido abrió los ojos en una señal de sorpresa. Finalmente lo soltó y dio un paso atrás mientras le apuntaba con un dedo.

-Te los llevaste. Te los llevaste y nos dejaste acá a morir con la tormenta- Gritó.

Elías negó con la cabeza sin entender de qué le hablaba, mientras él hombre se agachaba y se tomaba la cabeza entre las manos, soltando alaridos de furia. Luego se detuvo. Hablaba con la voz baja, como si estuviese sollozando.

-Hacía tanto frío. Hacía tanto frío que no podíamos respirar-

Lonan disparó al momento en el que el desconocido saltaba adelante, la bala silbó, rozando la cabeza del hombre y rebotando contra el suelo de metal.

Se lanzó sobre Elías, tomándolo del cuello y haciéndolo caer con fuerza. Lonan volvió a cargar el rifle, los dedos entumecidos, pero para cuando finalmente disparó y la cabeza del hombre se movió violentamente a un costado manchándolo todo de sangre, ya era tarde. Elías había caído con todo ese peso sobre su sien, sobre el borde de metal. Él líquido rojo había empezado a brotar y empapaba lentamente, cayendo sobre la pared helada, manchando el cartel de letras desconocidas.

Aún en la oscuridad se veía el color rojo.

El cuerpo del atacante se escondía entre la nieve y Lonan se preguntó si el cadáver estaba allí de antes o si realmente había sido él quien le había dado el golpe de gracia. La piel del rostro helado estaba quemada por el frio y adherida al rostro. El cuerpo lucía seco e inexpresivo, las manos como garras. Las manchas de sangre solo eran pinceladas viejas debajo de una capa de hielo, casi imposible de notarlas. El agujero de bala estaba allí, justo arriba de la oreja, un punto negro y seco.

Lonan bajó por las escaleras y volvió hacia la puerta para encontrarse con el rostro inexpresivo de Whitaker. Entendió, rápidamente, que él no había visto al segundo hombre. Solo había escuchado el disparo y había visto la sangre brotando de Elías.

-Va adentro y no digas nada- Le ordenó a Digger, cuya expresión estaba helada.

Él obedeció, completamente aterrorizado, y desapareció tras la puerta. Sin decir nada más el hombre avanzó hacia la tormenta.

-Hacia demasiado frío-

La voz se repetía en el aire. Lonan lo siguió, con su paso tranquilo, cansado y el fusil ardiendo en sus manos. Podía sentir el calor aún a través de los guantes. Whitaker se detuvo cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos del refugio y sin pensarlo, le asestó un golpe en el medio de la cara. Lonan cayó de espaldas, con el viejo hombre sobre él, intentando arrebatarle el fusil.

-Yo sabía que había algo raro. Yo sabía que había algo raro-

Le gritaba con la garganta afónica y aun así era casi imposible escucharlo sobre el rugido del viento. Volvió a golpearle, pero Lonan no atacaba ni se defendía. Simplemente aferraba con todas sus fuerzas al arma de metal. Esperó al momento justo para patear a Whitaker y lanzarlo a un costado. Se arrastró entre la nieve, ambos aun forcejeando.

El segundo disparo cruzó el aire y fue ahogado por la tormenta. Whitaker se incorporó y retrocedió un par de pasos. Miró hacia abajo. Una mancha roja nació a la altura de su muslo y empezó a extenderse hacia abajo, manchando su pantalón. Lonan no le apuntaba. Simplemente estaba allí acostado entre la nieve.

Luego se incorporó, con dificultad, y caminó nuevamente hasta el refugio, dejando al hombre de barba cobriza atrás, la figura escondida en una cortina de hielo.

-Cobarde- Le gritó, y el sonido de su voz cansada atravesó el aire –Vos y tu fusil. Cobarde-

E intentó dar un paso pero la pierna le falló y cayó de rodillas ante la nieve. El joven de dio vuelta y él creyó que iba a terminar su trabajo pero en vez de eso clavó el fusil.

-Si queres hacerlo, hacelo- Le espetó y siguió su camino.

Whitaker recordaba aquellos veranos que había pasado cazando liebres o perdices, junto a sus amigos en su tierra natal. De cómo había entrenado para cazar su primer jabalí, y como en todo ese verano no habían visto ninguno. De golpe todos los recuerdos de como sostener el arma, la presión del disparo frente a su hombro, el ojo en la mirilla. Lonan caminaba en línea recta, con parsimonia. Él era su jabalí.

Lento. Tranquilo.

Se arrastró por la nieve helada, moviendo el hielo y agachando la cabeza frente a las ráfagas de viento. Tras varios minutos de andar desesperado llegó al arma de metal, la tomó y se incorporó como pudo. Respiró, controlando el temblor que atacaba los brazos cansados, apuntó a la figura que estaba tan solo a unos cuantos metros y apretó el gatillo.

El arma hizo el simulacro de disparar pero nada sucedió. Lonan seguía avanzando hacia el refugio y no quedaban balas.

 

-Hacía mucho frío-

La voz parecía venir de aquellas figuras entre la nieve, repitiendo lo mismo una y otra vez. No era la primera vez que las escuchaba, por eso le habían dado el fusil. Pero sabía que sería la última vez que lo haría.

-Hacía tanto frio, sabía que si nos quedábamos allí. Ellos estaban durmiendo cuando murieron-

Cerró la puerta detrás de él. Boaz dormía en uno de los rincones, como si el estrés lo hubiese atacado hasta dejar nada más que sueño. Digger era quien tenía la mirada en el suelo y no se atrevía a levantarla y Cip estaba completamente aislada, a punto de terminar el trabajo sobre el escritorio. Observó a cada uno de ellos con mirada cansada.

-Hacía demasiado frío-

La tormenta no iba a irse ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Se sacó el abrigo y con cuidado sacó el arma que estaba en su pecho. Contó las balas, una con cada uno de los nombres de sus compañeros. Una extra, la de él. Era para eso que siempre la llevaba consigo.

Los dos hombres avanzaron con rabia entre la nieve, caminaban como si en realidad estuviesen pateando el hielo. Como si pudieran darle una pelea al clima, con el cuerpo y con los puños. La caseta estaba a unos pocos pasos, tenía la puerta entreabierta y si el esquimal no estaba allí, Whitaker no estaba seguro de querer ir a buscarlo entre las montañas de nieve. Si el esquimal no estaba allí, el clima mismo sería su sepulturero, su ataúd y su réquiem.

Lonan vio la puerta cerrarse y como Elías, rápidamente, acomodaba la carpa a su alrededor. Pronto el fuego volvió a recuperar el calor que se había perdido y durante un momento solo se escuchaba la madera chisporroteando gracias al calor. Finalmente el joven rompió el silencio y le sonrió.

-No es tu culpa. No sabías nada y tal vez el viejo Whitaker está demasiado estresado-

-Yo lo vi caminar- Afirmó Cip, sin levantar la vista –Estoy segura, lo vi moverse-

El hombre muerto era ahora solamente una mancha, formando parte del paisaje.

-Él es de esas personas que se violentan cuando se estresan-

Elías rió, una risa algo forzada pero también un poco genuina.

-Una vez noqueó a un físico porque dijo algo que no le cayó bien. Estábamos acampando en el puerto Mawson y se peleó porque faltaba un plato. Resultó que el físico lo había utilizado para escribir sobre el cerámico porque se le habían acabado las páginas del libro-

Rieron, los dos solos, mientras Boaz apoyaba la cabeza contra la pared, con los labios pálidos y un leve temblor, Lonan seguía con la mirada baja.

-No te tomes nada de lo que te diga demasiado a pecho- Insistió.

-Hacía mucho frio adentro, por eso me fui afuera. La caldera se negaba a encender y pensé que el metal hacia el interior más helado. No sé porque pensé eso, no sé porque pensé eso-

El silencio cayó en el grupo tras esa última frase, el joven volvió a observar la leña en la caldera y Cip parecía contenta con su trabajo. Quería decirles que ya casi estaba listo y que si no podían aguantar podían empezar a hacer el viaje ahora. Cualquier cosa para aflojar los nervios. Lonan se acercó nuevamente a la ventana. La mancha había desaparecido.

-Tenía que salir. Tenía que escapar. Quise abrir la puerta pero mi compañero me lo impidió. Yo sabía que la tormenta no iba a irse-

-Hay alguien arriba- Murmuró Lonan. Elías levantó la mirada mientras se frotaba las piernas.

-¿Arriba? Deben ser los chicos, revisando la antena. Seguramente ya encontraron a Blodwen. Ahora viene la parte difícil, si es que tiene quemaduras de frío ahí abajo-

Las viejas lamparitas amarillentas se apagaron con un zumbido y los cuatro compañeros se miraron, alumbrados por la pálida luz de la interna.

 

Blodwen estaba en la caseta. Probablemente lo que el estoico esquimal había hecho fue abrir la puerta, verlo, encogerse de hombros, y pasar a sus asuntos. No tenía tiempo para compadecerse de él. Y lo que sucedió después no estaba realmente claro, salvo que se había subido los pantalones, se había sentado en la silla helada y se había quedado allí durante casi una hora hasta que los hombres abrieron la puerta.

El primer hombre colgaba del techo. El cuero de su cinturón en el cuello no se había roto en todos esos años y su cuerpo envuelto en capas de ropa había quedado a salvo de la inclemencia del clima. Era una momia helada. La piel, quemada por el frio, estaba blanca debido a la escarcha.

Fue lo primero que vio Digger al abrir la puerta, por lo que la cerró y dio un par de pasos torpes hasta caer de espaldas, aterrorizado. Whitaker lo vio tropezar y abrió la puerta. Blodwen, le clavaba una mirada opaca, ojos bien abiertos. Apoyaba las manos en las piernas, sentado con la espalda derecha, recta. Ya no respiraba, hacía tiempo que no respiraba.

Su rostro. Era extraño. Lucía como si tuviese quemaduras por el frío, algo que solía suceder en trabajos como ese, sobre todo cuando se trataban de quemaduras simples debido a la exposición inadecuada. Era cosa de todos los días y el equipo sabía ya como pelear contra ello.

Whitaker, en todos sus años de trabajo, en los que había perdido la mayoría de los dedos de los pies debido a malas decisiones, jamás había visto algo como eso. La piel lucía gangrenosa y oscura, todas aquellas zonas descubiertas. Blodwen se había sacado los guantes, y lo que quedaba de sus manos lucía como carbón.

Como si hubiese estado esperándolo durante días. Whitaker dio un paso atrás y cerró la puerta. Ayudó a Digger a incorporarse y retomó el camino de regreso al refugio.

 

Elías cerró la puerta con un golpe buscaron la escalera que les permitiese acceder al techo. Subió primero él y después Lonan y ambos observaron extrañados a la figura que atacaba a golpes el equipo electrónico.

-Hacía mucho frio, por eso los dejé aquí. Hacía demasiado frío para dejarlos adentro, y ellos estaban durmiendo-

-¿Whitaker? ¿Encontraste ya a Blodwen?-

Le preguntó Elías a gritos, cubriéndose la cara con los brazos. Pese a que estaba cubierto hasta la nariz, tenía antiparras y la gorra calzaba hasta debajo de sus cejas, el viento le hacía arder.

El hombre seguía metiendo las manos y tirando de los cables. La luz que marcaba el S.O.S. arriba de la antena se había apagado y todo se sumía en penumbras. Él se volteó para observarlos.

No era nadie que conocían. Vestía una pesaba chaqueta de cuero y piel, al igual que su gorra y los gruesos pantalones. Lucia completamente trastornado. Dando dos pasos redujo la distancia entre los dos y tomó a Elías de los hombros, sacudiéndolo.

-Hace mucho frío. Te quieres quedar, pero no podemos quedarnos. Esta será nuestra tumba. Hace demasiado frío, yo los dejé acá. Yo sé que lo dejé acá- Hablaba demasiado rápido, atropellándose con las palabras. Elías intentaba soltarse pero él le apretaba con firmeza los hombros.

No lograba entender por qué el hombre estaba arriba de techo y como había llegado allí siquiera. Lonan cargó el rifle y le apuntó a la cabeza.

-¿Qué?- Balbuceó Elías.

-Los dejé acá. Los necesito para arreglar la antena. Los dejé acá, ¿dónde están?-

-No sé de qué estás hablando-

El desconocido abrió los ojos en una señal de sorpresa. Finalmente lo soltó y dio un paso atrás mientras le apuntaba con un dedo.

-Te los llevaste. Te los llevaste y nos dejaste acá a morir con la tormenta- Gritó.

Elías negó con la cabeza sin entender de qué le hablaba, mientras él hombre se agachaba y se tomaba la cabeza entre las manos, soltando alaridos de furia. Luego se detuvo. Hablaba con la voz baja, como si estuviese sollozando.

-Hacía tanto frío. Hacía tanto frío que no podíamos respirar-

Lonan disparó al momento en el que el desconocido saltaba adelante, la bala silbó, rozando la cabeza del hombre y rebotando contra el suelo de metal.

Se lanzó sobre Elías, tomándolo del cuello y haciéndolo caer con fuerza. Lonan volvió a cargar el rifle, los dedos entumecidos, pero para cuando finalmente disparó y la cabeza del hombre se movió violentamente a un costado manchándolo todo de sangre, ya era tarde. Elías había caído con todo ese peso sobre su sien, sobre el borde de metal. Él líquido rojo había empezado a brotar y empapaba lentamente, cayendo sobre la pared helada, manchando el cartel de letras desconocidas.

Aún en la oscuridad se veía el color rojo.

El cuerpo del atacante se escondía entre la nieve y Lonan se preguntó si el cadáver estaba allí de antes o si realmente había sido él quien le había dado el golpe de gracia. La piel del rostro helado estaba quemada por el frio y adherida al rostro. El cuerpo lucía seco e inexpresivo, las manos como garras. Las manchas de sangre solo eran pinceladas viejas debajo de una capa de hielo, casi imposible de notarlas. El agujero de bala estaba allí, justo arriba de la oreja, un punto negro y seco.

Lonan bajó por las escaleras y volvió hacia la puerta para encontrarse con el rostro inexpresivo de Whitaker. Entendió, rápidamente, que él no había visto al segundo hombre. Solo había escuchado el disparo y había visto la sangre brotando de Elías.

-Va adentro y no digas nada- Le ordenó a Digger, cuya expresión estaba helada.

Él obedeció, completamente aterrorizado, y desapareció tras la puerta. Sin decir nada más el hombre avanzó hacia la tormenta.

-Hacia demasiado frío-

La voz se repetía en el aire. Lonan lo siguió, con su paso tranquilo, cansado y el fusil ardiendo en sus manos. Podía sentir el calor aún a través de los guantes. Whitaker se detuvo cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos del refugio y sin pensarlo, le asestó un golpe en el medio de la cara. Lonan cayó de espaldas, con el viejo hombre sobre él, intentando arrebatarle el fusil.

-Yo sabía que había algo raro. Yo sabía que había algo raro-

Le gritaba con la garganta afónica y aun así era casi imposible escucharlo sobre el rugido del viento. Volvió a golpearle, pero Lonan no atacaba ni se defendía. Simplemente aferraba con todas sus fuerzas al arma de metal. Esperó al momento justo para patear a Whitaker y lanzarlo a un costado. Se arrastró entre la nieve, ambos aun forcejeando.

El segundo disparo cruzó el aire y fue ahogado por la tormenta. Whitaker se incorporó y retrocedió un par de pasos. Miró hacia abajo. Una mancha roja nació a la altura de su muslo y empezó a extenderse hacia abajo, manchando su pantalón. Lonan no le apuntaba. Simplemente estaba allí acostado entre la nieve.

Luego se incorporó, con dificultad, y caminó nuevamente hasta el refugio, dejando al hombre de barba cobriza atrás, la figura escondida en una cortina de hielo.

-Cobarde- Le gritó, y el sonido de su voz cansada atravesó el aire –Vos y tu fusil. Cobarde-

E intentó dar un paso pero la pierna le falló y cayó de rodillas ante la nieve. El joven de dio vuelta y él creyó que iba a terminar su trabajo pero en vez de eso clavó el fusil.

-Si queres hacerlo, hacelo- Le espetó y siguió su camino.

Whitaker recordaba aquellos veranos que había pasado cazando liebres o perdices, junto a sus amigos en su tierra natal. De cómo había entrenado para cazar su primer jabalí, y como en todo ese verano no habían visto ninguno. De golpe todos los recuerdos de como sostener el arma, la presión del disparo frente a su hombro, el ojo en la mirilla. Lonan caminaba en línea recta, con parsimonia. Él era su jabalí.

Lento. Tranquilo.

Se arrastró por la nieve helada, moviendo el hielo y agachando la cabeza frente a las ráfagas de viento. Tras varios minutos de andar desesperado llegó al arma de metal, la tomó y se incorporó como pudo. Respiró, controlando el temblor que atacaba los brazos cansados, apuntó a la figura que estaba tan solo a unos cuantos metros y apretó el gatillo.

El arma hizo el simulacro de disparar pero nada sucedió. Lonan seguía avanzando hacia el refugio y no quedaban balas.

 

-Hacía mucho frío-

La voz parecía venir de aquellas figuras entre la nieve, repitiendo lo mismo una y otra vez. No era la primera vez que las escuchaba, por eso le habían dado el fusil. Pero sabía que sería la última vez que lo haría.

-Hacía tanto frio, sabía que si nos quedábamos allí. Ellos estaban durmiendo cuando murieron-

Cerró la puerta detrás de él. Boaz dormía en uno de los rincones, como si el estrés lo hubiese atacado hasta dejar nada más que sueño. Digger era quien tenía la mirada en el suelo y no se atrevía a levantarla y Cip estaba completamente aislada, a punto de terminar el trabajo sobre el escritorio. Observó a cada uno de ellos con mirada cansada.

-Hacía demasiado frío-

La tormenta no iba a irse ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Se sacó el abrigo y con cuidado sacó el arma que estaba en su pecho. Contó las balas, una con cada uno de los nombres de sus compañeros. Una extra, la de él. Era para eso que siempre la llevaba consigo.

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