Una Casa llena de Esqueletos

I have the honour, today, to be guest in Jewel E. Leonard’s blog. She is an incredible person, and she will be posting this story, today, in her site. So, for the English version for A House full of Skeletons, go check it right here!

And while you are at it, check the rest of her amazing blog!

Thank you, gladly, for reading me.

 

Hoy tengo el honor de ser invitada en el blog de Jewel E. Leonard con esta historial. Es una persona increíble, y estará presentando esta misma historia, pero en inglés. Si te interesa leer la versión traducida de Una Casa llena de Esqueletos, ¡podes leerla acá!

Mientras tanto, por qué no, ¡también te invito a checkear el resto de su increíble blog!

Muchas gracias por leerme.

Primera Parte

De noche la casa de la niña se llenaba de esqueletos.

Kenya se despertaba, sola, en el medio de la noche y se quedaba acostada hasta que lograba distinguir el sonido apenas audible del carnaval, un sonido parecido al golpeteo de las maracas. Cuando escuchaba los golpecitos desde el interior de su armario, la niña saltaba de la cama, descalza y en piyamas, para abrir la puerta de par en par.

Como un carnaval de verdad, los esqueletos salían uno detrás de otro, a veces bailando, a veces saltando, otros simplemente arrastraban los pies. El último en salir era Banjo. En puntas de pie, el huesudo atravesaba el pasillo y cerraba la puerta de la habitación de los padres. Una vez cerrada, la casa se hacía de ella y los esqueletos.

A muchos les gustaba bailar. Bailaban entre ellos, un montón de canciones casi imperceptibles, mientras que los otros tocaban música con los dedos entre los huesos. A veces bailaban todos juntos, en círculos.

Banjo siempre bailaba con ella para cada noche enseñarle un paso nuevo. Cuando la niña se cansaba o le fallaba la respiración, ellos le ayudaban a recostarse en el sillón y otro esqueleto le contaba un cuento o le leía un libro.

Los corregía cada tanto, cuando decían que ella era solo una niña de ocho años.

-Tengo casi nueve. ¡No es justo!-

Estaba apenas empezando a crecer. No se cortaba el pelo desde hacía bastante, por lo que sus mechones se paraban despeinados, el cabello ensortijado, salvaje y libre. La piel tostada de la niña que contrastaba con el blanco de los huesos.

La diversión se acababa cuando Kenya empezaba a sentirse mal nuevamente. Desde hacía ya unos meses que se sentía cada vez más cansada y con menos energía. Cuando parecía que estaba a punto de caer dormida en el sillón, Banjo le tocaba el hombro y la ayudaba a levantarse. Uno a uno, los esqueletos volvían al armario.

Banjo se quedaba un poco más. Le contaba un chiste cuando la arropaba y la cubría bien con el acolchado para que no tuviese frío. Luego le hacía, como todas las noches, la misma pregunta.

-¿Quieres venir conmigo?-

-¿A dónde?-

Esta última pregunta, ambos sabían que no había que responderla. Kenya sabía la respuesta. A dónde, adentro del armario, con todos ellos. Ninguno de los dos respondía, él no le decía lo que sabía que ella sabía y ella nunca se decidía que no o que sí.

Tenía razones para quedarse. Su madre y su padre eran una de ellas. También tenía razones para irse. Sabía que a los esqueletos no le dolía nada, mientras que ella tomaba pastilla tras pastilla, pero el efecto duraba cada vez menos.

No podía decir que no porque temía que Banjo se ofendiera y no volviera a visitarla jamás. Si bien él jamás la había amenazado con tal cosa, Kenya no quería arriesgarse. Así que en vez de responder, cerraba los ojos y fingía que dormía hasta que escuchaba la puerta crujir y quedaba ella sola, con los ojos abiertos en clavados en el techo.

 

Algunas mañanas se quedaba dormida en clase. Los profesores ya sabían que el medicamento a veces la hacía sentir un poco cansada, aunque en verdad era solamente la falta de sueño. Como no quería que la sacaran de clase, la niña se acostumbró a sentarse al fondo y a tapar su escritorio con la carpeta cada vez que quería dormir.

Escuchó a su amiga mientras ella le contaba la película que había visto el día anterior, haciéndole, cada tanto, ademanes disimulados. Kenya empezó a reírse mientras dejaba caer la cabeza sobre la almohada que eran sus brazos. El pensamiento engañoso de que si cerraba los párpados iba a ser capaz de escucharla mejor por sobre la voz de la profesora se cruzó por su cabeza y sintió que se hundía cada vez más.

La despertó el campanazo que la hizo sobresaltar en su asiento. Le costó enfocar la vista mientras veía el suelo bailar y una punzada aguda cruzó su cabeza como si se la atravesaran de sien a sien con un punzón. Se aferró el estómago y recordó el desayuno. Recordó también el blíster de anti vomitivos que estaba en su mochila, pero cuando la buscó con la mano no encontró nada.

Se la habían robado.

Corrió al baño, tropezando en el camino y vomitó en uno de los inodoros. Lloró, porque no podía evitar llorar cada vez que sucedía, y se limpió la boca con un pañuelo que encontró en el bolsillo. Se mojó la cara con agua fría y tras unos minutos logró despejarse.

Al salir de vuelta al pasillo le pareció distinguir el brillo de la tela naranja de su bolso entre las cabezas de los alumnos que aún no se habían ido a jugar al patio. Se echó a correr. En cuanto la vieron, sus compañeros de clase lanzaron el bolso por sobre sus cabezas, hasta cruzar un ventiluz que daba a la calle. A Kenya le pareció escuchar el sonido que había hecho al caer desde ese piso.

-Le voy a decir a la profesora- Kenya se mordió los labios tras la amenaza.

-¿Por qué no le decís a tu amigo Banjo, que te venga a ayudar ya que tanto te quiere?- Se burló uno de los chicos, no el más alto, pero si el más robusto.

Kenya estaba a punto de girar sobre sus talones y marcharse cuando le pareció distinguir ese sonido, a baile, a huesos chocando entre sí. Miró a su alrededor y descubrió un viejo armario que funcionaba para colgar las camperas o los guardapolvos que se habían encontrado perdidos en la escuela y que hasta ese momento no habían sido reclamados. Apuntó al mueble con una expresión decisiva y le apostó.

-¿Cuánto a qué tenes miedo? ¿Cuánto a que no te animas a meterte en el armario y cerrar las puertas?-

El niño la ignoró e intentó pasar a su lado, pero ella le cortó el camino. Volvió a apuntar, la música del carnaval que se hacía más y más fuerte; y se preguntó cómo era que ella sola podía escucharlo.

-Ves que si tenes miedo-

-Cállate-

-Seguro que dormís con las luces prendidas-

El niño le sacó la lengua y saltó dentro del armario. Le hizo una expresión con la mano y ella cerró la puerta. Dio un paso atrás. Las puertas cerradas. Tras unos segundos el niño quiso salir, pero las puertas no se abrían. Empujó, pero era como empujar una pared de ladrillos.

-Dejá de trabar la puerta- Le ordenó, desde adentro. Su voz, pese a sonar enfadada, estaba temblando.

-No estoy trabando la puerta-

Kenya empezó a alejarse por el pasillo, a medida que el niño golpeaba y pateaba, sus amigos tirando de los pequeños pomos de madera, sin resultado alguno.

 

Kenya esperó sentada primero en dirección, luego en el pasillo afuera, mientras esperaba que su madre terminase de hablar con la directora. Observó las siluetas a través de la translúcida, pero borrosa, ventana. Miró a su alrededor; el lugar estaba desierto, la escuela luciría abandonada de no ser por el bajo y constante murmullo de los alumnos en sus aulas.

Se lo habían llevado en ambulancia. Se había quebrado el brazo, al destrabarse la puerta súbitamente y caer de bruces al suelo.

Kenya empezó a sentir culpa. Ese chico tendría que utilizar un yeso en su mano derecha. La odiaría de por vida. El resto de su clase la odiaría también.

Las voces detrás de la puerta se elevaron para luego volver al mismo incomprensible murmullo. ¿Qué estarían diciendo? Se acercó de puntillas y presionó la oreja contra la madera; las voces se volvieron más claras, pero no lo suficiente como para que ella pudiese entender.

-Kenya-

Reconoció a Banjo al instante, y pese a que podía escucharlo bailar en algún lugar de la escuela, no estaba a simple vista. Se escabulló, gateando debajo de ventana en la puerta y recorrió el pasillo vacío. La voz la guió hasta el baño de niñas.

El armario tenía la puerta apenas abierta, una rendija. Kenya la abrió para descubrir a Banjo, incómodo entre los rollos de papel y los productos de limpieza. El esqueleto tamborileó los huesudos dedos contra las costillas de la caja torácica. Sonreía, como siempre sonríen los esqueletos.

-¿Qué le hiciste a ese niño?-

Banjo negó con la cabeza.

-Nada. Solo sostuve la puerta-

La niña se cruzó de brazos y le dirigió un puchero enfadado. Caminó, en puntas de pie como solía hacerlo cuando estaba enojada. Pero en verdad, estaba sobre todo preocupada.

-No te sientas mal, de verdad. Se recuperará pronto y siquiera tendrá que usar el yeso demasiado tiempo. Créeme, yo sé de huesos-

-¿Y a mí?, ¿A mí qué me va a pasar?-

El esqueleto movió los brazos como bailando y la niña sonrió levemente.

-¿Quieres averiguarlo? Entra-

Kenya dudó al principio. ¿Era entrar, al armario, en ese momento, lo mismo que él le preguntaba todas las noches? Banjo la esperaba sin ningún rastro de nervios en su cuerpo.

-¿Puedo volver?-

-Claro que sí. Es solo por un rato-

El lugar era estrecho. Se acomodó en el estante de abajo, con la cabeza doblada entre las rodillas y aplastando una caja de jabones, y cerró la puerta con un poco de dificultad. Sintió un poco de claustrofobia, en el medio de la oscuridad y hecha un bollito, y quiso salir pero en cuanto estiró el brazo para empujar la puerta no la encontró.

-Toma mi mano-

Banjo se paraba frente a ella en la oscuridad. En el medio de la negrura, era como si los huesos brillaran. Se percató que no sentía el estante de arriba presionándole la parte de atrás de la cabeza y se incorporó lentamente, estirándose.

-Bien. Ahora vamos por la pared-

Banjo movió las manos como los mimos cuando fingen chocarse contra una pared invisible. Kenya lo observó, extrañada, y atravesó con la mano el espacio vacío. Cuando quiso volver, chocó la pared con el dorso. Era como si estuviese hecha de aire sólido.

Empezaron a caminar de costado, y la niña sintió la presión angosta de la pared frente a ella y contra su espalda, como si estuviesen caminando en el interior de la misma.

Vio una rendija de luz a lo lejos, entrando en el páramo vacío iluminando la negrura. Al acercarse pudo escuchar las voces de los niños, siendo interrumpidas por la profesora. Podía observar el aula desde allí.

Sintió la necesidad de empujar la puerta, de asomar la cabeza y respirar un poco de aire puro, pero Banjo la detuvo.

-No creo que sea buena idea aparecer de golpe, de la nada misma, en el medio del aula- Susurró. Uno de los niños sentados en la primera fila clavó la vista en el armario y Kenya se preguntó si él era capaz de verla.

Se alejaron justo a tiempo. La puerta se abrió, como un rectángulo de luz suspendido en el espacio, y el niño asomó la cabeza dentro. Su expresión parecía decirle que no veía nada más que el interior del armario escolar.

Las voces se escuchaban lejanas, o bien como cuando una persona grita apretando el rostro contra la almohada. Cada tanto, cuando pasaban frente a otro armario cerrado, la niña lograba cazar una o dos palabras en el medio de un océano de susurros.

Al dejarlas atrás, durante unos minutos fueron solo Kenya y Banjo, caminando con dificultad entre la pared, en el medio del silencio.

-¿Es siempre así?-

La niña lo miró con los ojos enormes.

-No, solo cuando estamos dentro de la pared-

Kenya distinguió las dos voces casi al instante, que se hicieron cada vez más fuerte y más claras a medida que se acercaban a ellas. La luz de la puerta apenas abierta le dio en la cara. Desde allí pudo ver a su madre, sentada con los brazos cruzados alrededor de su bolso. Estaba tensa, pero cargaba una mirada que sería capaz de detener un auto a toda velocidad.

-Kenya no es mala niña, lo sé. Con todo esto que le está pasando, bueno, muchos niños reaccionan violentamente. Ella es un poco tímida y no tiene demasiados amigos-

-Solamente es introvertida. No es nada malo- Le interrumpió la madre, incorporándose un poco más.

-Aun así, nada de esto es excusa para poner otro alumno en riesgo. Los niños niegan que haber tomado su mochila, o siquiera haberla molestado. Yo tengo que poner la seguridad del alumnado primero-

-Por última vez. Ella no lo encerró. Si mi niña me dice que ella no lo encerró, yo le creo a ella. No tengo por qué creerle a nadie más-

La directora se movió un poco y Kenya pudo ver su espalda, su nuca. La mujer estaba nerviosa.

-¿Está la niña atendiendo a algún apoyo psicológico?-

-Desde hace unos meses, sí. Desde que el doctor nos lo dijo-

-¿Sigue viendo esqueletos?-

Kenya recordó el incidente a principio de año, cuando por alguna razón decidió dibujar a Banjo y los demás en la clase de arte.

-La psicóloga dice que es su forma de lidiar con todo lo que está pasando-

Las mujeres discutieron durante unos minutos más y finalmente la directora firmó una suspensión de tres días para la niña. Tres días por un brazo roto. Un brazo roto por una mochila.

-Espera aquí- Le ordenó Banjo.

Observaron, a través del cerrojo, como la madre miraba hacia todos lados y caminaba por el pasillo. Volvió y llamó a la directora, que, extrañada, fue tras ella.

Banjo empujó la puerta, que chirrió largamente. Las cosas dentro del armario aparecieron frente a ambos como si se tratase de una visión, una transparencia fantasmagórica,  que se volvía cada vez más y más real.

-Ahí hay un espacio-

A un costado, había un estante completamente vacío, probablemente previamente ocupado por las carpetas ahora en el escritorio. Kenya se acomodó y sintió la presión de las estanterías de metal en su cuerpo. La puerta se abrió del todo y Kenya, carne y hueso, más carne que nada, asomó una pierna, luego otra y salió con dificultad del recoveco. Caminó en puntas de pie y se pispió a través de la puerta de la dirección. Las dos mujeres le daban la espalda. Salió al pasillo, se puso la campera y se cargó la mochila, haciendo el ruido suficiente para que una de ellas la descubrieran.

-Kenya, ¿dónde estabas?-

Ella no respondió.

Segunda Parte

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Un comentario en “Una Casa llena de Esqueletos

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