Una Casa llena de Esqueletos Parte 2

I have the honour, today, to be guest in Jewel E. Leonard’s blog. She is an incredible person, and she will be posting this story, today, in her site. So, for the English version for A House full of Skeletons, go check it right here!

And while you are at it, check the rest of her amazing blog!

Thank you, gladly, for reading me.

 

Hoy tengo el honor de ser invitada en el blog de Jewel E. Leonard con esta historial. Es una persona increíble, y estará presentando esta misma historia, pero en inglés. Si te interesa leer la versión traducida de Una Casa llena de Esqueletos, ¡podes leerla acá!

Mientras tanto, por qué no, ¡también te invito a checkear el resto de su increíble blog!

Muchas gracias por leerme.

Primera Parte

Segunda Parte

Cuando Kenya observaba la casa de la psicóloga, apareciendo al doblar en una de las esquinas, no podía evitar pensar que lucía como una casa de juguetes. Como una casita a lo Barbie, con las paredes pintadas de blanco, esas flores amarillas que olían dulce y atraían a las abejas, el techo de tejas rojas.

Jugaron cartas en la alfombra. Hacían eso cuando Kenya no tenía ganas de sentarse y simplemente charlar. Luego dibujaron juntas. La niña dibujó un gato en un árbol, con un pez entre las patas y lentes de sol.

-Es un gato de vacaciones- Mencionó y la mujer río.

-¡Qué creativa!-

Al cabo de una hora, su mamá pasó a buscarla y se quedó charlando con la médica. En otra ocasión Kenya hubiese gateado hasta debajo de la ventana, metiéndose entre las flores amarillas, pero últimamente no hacían más que hablar de papá y de la enfermedad.

En vez de eso caminó por el pasto y se sentó en el cordón de la calle. Había unas niñas en la vereda del frente que jugaban a la rayuela, a los gritos.

Kenya las conocía. Las había visto, varías veces cuando aún estaba sana e iba a jugar sola al parque y ellas ocupaban las hamacas o el tobogán. Nunca se había animado a hablarles. En ese momento, ella quería jugar también a la rayuela. Había jugado un par de veces sola y una o dos veces con los compañeros de la escuela. Ganaba siempre, no se tropezaba nunca, y la piedra caía siempre en el casillero correspondiente.

Llegaba siempre a Cielo. Se paraba en la nube y miraba orgullosa. Sus compañeros le sacaban la lengua, de forma traviesa, y ella reía.

Cruzaba y cruzaba miradas con las niñas, hasta que una de ellas le apuntó y dijo algo que Kenya no llegó a escuchar. Luego se echaron a correr y desaparecieron en el patio de una de las casas.

 

Se sentía frustrada esa noche. Bailó con Banjo, jugaron a la Rayuela Imaginaria, y resultó que él era tan buen jugador como ella. Abrazó a algunos de los esqueletos, largamente, y el esqueleto que le pedía que le llamara abuela le hizo notar lo grande y bonita que se estaba poniendo.

Estuvieron juntos bastante tiempo, hasta amanecer casi, y para cuando Kenya los acompaño de vuelta al armario, se sentía mucho mejor. Observó su guardarropa largamente y le preguntó a Banjo si era siempre así, oscuro y vacío con la sola excepción de las rendijas de luz.

-En realidad, cuando nos juntamos muchos de nosotros, el lugar brilla un poco más-

Sonreía, de oreja a oreja como sonreía siempre y Kenya se preguntó si podría adivinar cuando él no estuviese, en verdad, sonriendo.

-¿Quieres venir conmigo?-

Kenya tosió. Tiró la cabeza hacia atrás y sintió que la fiebre le volvía. Cerró los ojos y escuchó el sonido de los dedos de Banjo rascando las costillas. Luego él se levantó, bailó los últimos pasos y cerró la puerta del armario tras él.

Se arrepintió casi al momento. Se levantó de la cama y abrió la puerta del armario. Vacío. La cerró, y la volvió a abrir. Seguía estando vacía. Se metió dentro del armario y cerró la puerta tras ella. Estaba incómoda, sentada sobre sus zapatillas de deporte y el cabello enganchado en los botones de una de sus camisas. Esperaba, en cualquier momento, dejar de sentir los objetos a su alrededor hasta quedar suspendida en el medio de la oscuridad.

Pero nada de eso sucedió.

Cuando su madre la encontró seguía llorando dentro del armario. La mirada de preocupación cambió lentamente a una expresión de enfado, hasta luego recapacitar y levantar a su hija en brazos.

-Me iba a ir con Banjo- Le confesó Kenya, un poco llorando –Pero se fue y no volvió conmigo-

La madre le frotó la espalda y observó el armario vacío. En ese momento a Kenya le pareció escuchar el sonido de las maracas, un baile cantando cerca.

-Está acá. Está cerca-

-¿Los esqueletos?-

-Sí-

Insistió la niña. Cuando Kenya observó el rostro de su madre se percató de que ella no escuchaba nada. Miraba el armario, donde la ropa colgaba un poco arrugada y las zapatillas descansaban a un lado.

 

La hizo dormir en su cama esa noche. Entre su madre y su padrastro, Kenya se acostaba boca arriba mirando el techo oscuro. El silencio era denso y profundo hasta que se rompió. Escuchaba música. Escuchaba el baile. Entonces escuchó la puerta de su armario crujir en su habitación y las decenas de pasos huesudos, chaka-chaka-chick contra el suelo.

La puerta de la habitación se abrió y observó el rostro sonriente de Banjo asomándose tras ella. Esta vez Kenya sabía que él estaba realmente sonriéndole. Se deslizó a través de las sábanas lentamente. Primero sacó una pierna y se detuvo. Su madre a su lado se movió y la niña se quedó quieta, tan inmóvil como podía hasta que la escuchó suspirar y volver a respirar profundo. Sacó la otra pierna y gateó por el acolchado. Al intentar bajar al suelo algo le falló y estuvo a punto de caerse de bruces.

Banjo la sostuvo y la ayudó a recuperar el equilibrio. Aun en la oscuridad el mundo lucía como si diera vueltas y vueltas. Cerró los párpados e intentó no pensar en la cena.

Tras unos minutos finalmente fue capaz de avanzar. Banjo cerró la puerta tras sí y la casa fue de ellos.

Bailaron un rato, otro rato Kenya los miró bailar. La abuela le peinó el cabello tan difícil de peinar pero tan bonito, y le contó una historia de las viejas, de cuando no había ni televisor y la radio era un invento nuevo. Jugaron a la Rayuela Imaginaria y Kenya volvió a ganar. Se paró en la nube, con el mentón en alto, y los esqueletos le aplaudieron.

Cuando aplaudían sonaba a maracas, xilofones y tambores, todo al mismo tiempo.

Entonces escucharon un murmullo proveniente de la última habitación y los esqueletos apuraron sus pasos a la habitación. Kenya los siguió, ya no tan rápido y observó cómo se metían uno detrás del otro, dentro del armario, como si este no fuese más que un pasaje a otro lado. En la oscuridad el armario era solo un rectángulo apenas más oscuro.

Banjo la ayudó a sentarse en el borde de la cama y le preguntó lo mismo que le preguntaba todas las noches.

-¿Te gustaría venir con nosotros?-

La sonrisa brillaba claramente en el medio de la oscuridad.

-¿Voy a poder volver?-

-Vas a poder volver a visitar. Cuantas veces quieras, como yo cuando te visito a vos-

Kenya le tomó la mano y entraron juntos. La luz del pasillo se encendió y su madre se asomó por la puerta. La descubrió, parada sola, dentro del armario. Kenya ya no sentía la mano de Banjo en la de ella, ni el sonido al carnaval que se aleja. Solo sentía el silencio, la respiración entrecortada y a ella misma.

-¿Qué haces ahí?- Le preguntó su madre, entre extrañada y enfadada.

Kenya apenas la miró. Miraba la puerta, al alcance de su mano.

-Me voy mamá. Me voy con Banjo y los esqueletos-

Cerró la puerta del armario. La madre tomó el picaporte y volvió a abrir al instante, solamente para descubrirlo vacío. Kenya, observó, del otro lado, el rostro de su madre mirando vacíamente la oscuridad, translúcido como una aparición o un fantasma, y las lágrimas, como cristales que caían.

Luego se dio la vuelta y lo vio a Banjo, bailando con el resto de los esqueletos. Era verdad, cuando estaban todos juntos, la oscuridad lucía mucho más luminosa.

Cuando volvía, a visitar a su mamá por las noches en las que se sentía sola, la despertaba siempre con la sonrisa y el sonido a carnaval, que le salía cada vez mejor a medida que pasaba el tiempo.

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Un comentario en “Una Casa llena de Esqueletos Parte 2

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